Este es el cuarto libro que escogí para leer en el grupo de lecturas de
gestión de personas con el que nos reunimos una vez al mes. Me pareció
interesante porque Catmull cuenta en primera persona su experiencia en Pixar,
desde la fundación de la empresa. Esa primera persona le da al libro un tono
especialmente valioso: no se trata de una teoría general sobre creatividad,
sino de una narración sobre descubrimientos, aprendizajes, aciertos y
equivocaciones.
Me gustó también el modo en que aborda la creatividad: no como una
inspiración vaga ni como atributo romántico de personas geniales, sino en
relación con algo muy concreto: hacer películas entretenidas, originales e
inolvidables. Es decir, Catmull piensa la creatividad como una capacidad
organizacional que debe producir resultados de calidad bajo presión, con
plazos, equipos, restricciones y expectativas.
En los distintos pasajes del libro, Catmull avanza desde su propia
trayectoria: la historia con George Lucas, la compra de la empresa por parte de
Steve Jobs, la relación posterior con Disney y, sobre todo, sus reflexiones
sobre liderazgo, creatividad, retroalimentación, trabajo en equipo, cultura y
aprendizaje organizacional.
Un punto de
partida incómodo
Creatividad,
Inc. parte de una constatación que me parece especialmente relevante para
cualquier organización que quiera innovar: la creatividad no se administra del
mismo modo que se administra una operación rutinaria. No basta con definir
objetivos, asignar recursos, controlar avances y esperar resultados. La
creatividad requiere condiciones organizacionales más delicadas: confianza,
conversación franca, tolerancia al error, apertura al aprendizaje y una
disposición permanente a revisar aquello que parecía funcionar.
Esto es incómodo
porque muchas organizaciones declaran valorar la creatividad, pero al mismo
tiempo construyen culturas que la inhiben. Se pide innovación, pero se castiga
el error. Se habla de colaboración, pero se premia el lucimiento individual. Se
invita a decir la verdad, pero se sanciona socialmente a quien incomoda. Se
quiere pensamiento original, pero se exige obediencia rápida a las decisiones
ya tomadas.
Catmull muestra
que el problema de la creatividad no es solamente tener buenas ideas. De hecho,
una de las tesis más fuertes del libro es que las ideas iniciales suelen ser
frágiles, incompletas y muchas veces malas. Lo importante no es proteger la
idea como si fuera perfecta desde el comienzo, sino construir una organización
capaz de mejorarla.
La
creatividad como sistema organizacional
Más allá de la
anécdota, Catmull escribe sobre cómo se construye una organización donde
personas talentosas pueden hacer buen trabajo juntas. Como ocurre en el deporte,
muchas organizaciones creen que el talento individual basta: contratan personas
competentes, reúnen equipos técnicos, incorporan profesionales con buenas
credenciales y luego se sorprenden cuando los resultados no aparecen. Catmull
insiste en que el talento importa, pero que necesita un sistema que lo potencie
y no uno que lo desperdicie.
En ese sentido,
Creatividad, Inc. es un libro sobre cultura organizacional, entendida como el
modo concreto en que una organización conversa, decide, aprende, corrige,
enfrenta sus errores y protege aquello que todavía está en desarrollo.
Una de las
formulaciones más interesantes del libro es que las personas son más
importantes que las ideas. Esto puede sonar extraño en un libro sobre
creatividad, porque solemos imaginar que la clave está en encontrar una gran
idea inicial. Pero para Catmull una buena idea en manos de un equipo mediocre
probablemente se deteriorará; una idea débil en manos de un buen equipo puede
transformarse en algo valioso.
Esto desplaza el
foco desde la genialidad individual hacia la calidad del sistema humano que
trabaja sobre una idea. La pregunta no es solo si tenemos buenas ideas, sino si
tenemos equipos capaces de hacerlas crecer, discutirlas, corregirlas y
sostenerlas cuando todavía son imperfectas.
Ver lo que
está a plena vista
Una idea que me
pareció especialmente sugerente es que muchas veces los obstáculos culturales
no están escondidos en grandes conflictos, sino en prácticas cotidianas que
todos han naturalizado. Catmull cuenta cómo ciertos espacios, reuniones o
disposiciones físicas podían reforzar jerarquías sin que nadie lo advirtiera
del todo, por ejemplo el tipo de mesa en la que el equipo se reúne.
Esto me parece
muy relevante para mirar cualquier organización. A veces la cultura no está en
los discursos ni en los valores declarados, sino en la forma en que se sientan
las personas, quién habla primero, quién interrumpe, qué temas se evitan, qué
reuniones son realmente decisivas y cuáles son solo ceremoniales.
La creatividad
requiere aprender a mirar aquello que está a plena vista, pero que por
costumbre dejamos de ver. En muchas organizaciones existe una “mesa larga”: una
práctica, un rito o una forma de reunión que parece inocente, pero que en
realidad organiza el poder, distribuye la palabra y condiciona qué información
llega a quienes toman decisiones.
La franqueza
como condición de aprendizaje
Uno de los
conceptos más conocidos del libro es el Braintrust, el grupo de revisión que
Pixar utiliza para mirar críticamente sus películas en desarrollo. Lo
interesante del Braintrust es la calidad de la conversación que se intenta
producir: una conversación franca, exigente, directa, pero no destructiva.
Este punto me
parece central y dialoga muy bien con el trabajo de Kim
Scott en Franqueza Radical que hemos comentado antes en el blog. En muchas
organizaciones la retroalimentación está dañada por dos extremos. En un extremo
está la cortesía superficial, donde todos evitan decir lo que realmente piensan
para no incomodar. En el otro extremo está la crítica agresiva, donde la
franqueza se confunde con dureza innecesaria o con ejercicio de poder. Catmull
propone algo más difícil: una franqueza al servicio del trabajo.
La diferencia es
relevante. No se trata de decir cualquier cosa en nombre de la honestidad. Se
trata de construir una conversación donde el objeto central no sea defender
egos, jerarquías o territorios, sino mejorar el producto, la decisión o el
proyecto. Para eso se necesita confianza, pero también disciplina. La confianza
sin exigencia puede transformarse en complacencia. La exigencia sin confianza
puede transformarse en miedo.
Además, el
Braintrust tiene una característica importante: diagnostica problemas, pero no
reemplaza la responsabilidad creativa de quien está a cargo. Esto evita
transformar la retroalimentación en una intervención jerárquica encubierta. El
grupo ayuda a ver mejor, pero no le quita al equipo responsable la tarea de
decidir cómo resolver.
Proteger al
niño feo
Una de las
imágenes más interesantes del libro es la tensión entre la “Bestia Hambrienta”
y el “Niño Feo”. La Bestia representa la maquinaria productiva de una
organización exitosa: la necesidad permanente de generar nuevos productos,
responder a plazos, alimentar equipos, sostener resultados y cumplir
expectativas. El Niño Feo, en cambio, representa las ideas nuevas en su estado
inicial: torpes, incompletas, poco elegantes, todavía difíciles de defender.
El problema es
que las organizaciones exitosas suelen volverse muy buenas en alimentar a la
Bestia y muy malas en proteger al Niño Feo. La presión por producir puede
llevar a evaluar demasiado temprano aquello que todavía necesita tiempo,
aliados y cuidado. Muchas ideas valiosas mueren no porque sean malas, sino
porque fueron juzgadas con criterios de eficiencia cuando todavía estaban en
etapa de incubación.
Esta distinción
me parece fundamental para cualquier organización que diga querer innovar. No
se puede pedir creatividad y al mismo tiempo someter toda idea nueva, desde el
primer minuto, a los mismos criterios con que se evalúa una operación madura. A
veces una organización necesita filtros; pero otras veces necesita amigos de la
idea, personas capaces de proteger algo que todavía no demuestra todo su valor.
El error como
información
Otra idea
potente del libro es que el error no debe ser tratado únicamente como una falla
moral o como una señal de incompetencia. Por supuesto que hay errores por
descuido, por negligencia o por falta de rigor, pero en procesos creativos e
innovadores hay errores que son parte inevitable del descubrimiento.
Esto es muy
difícil de aceptar para organizaciones acostumbradas al control. El control
busca reducir la variabilidad, anticipar los riesgos y evitar desviaciones. En
muchos ámbitos —una central nuclear, un portaviones o un hospital, por ejemplo—
ese control es indispensable. Pero cuando se trabaja con problemas nuevos,
complejos o ambiguos, una parte importante del aprendizaje ocurre precisamente
porque algo no resulta como se esperaba.
Catmull plantea
que ocultar los errores es mucho más peligroso que cometerlos. Una organización
que castiga excesivamente el error termina produciendo silencio. Y el silencio
es uno de los grandes enemigos del aprendizaje organizacional: los problemas siguen
existiendo, pero dejan de ser visibles para quienes tienen la responsabilidad
de enfrentarlos.
La pregunta
directiva, entonces, no debería ser solo “¿cómo evitamos que la gente se
equivoque?”, sino también “¿cómo hacemos para que los errores aparezcan
temprano, se conversen con honestidad y se transformen en aprendizaje antes de
producir daño mayor?”.
El éxito
también produce puntos ciegos
Otro aspecto
valioso del libro es que Catmull no mira solamente los problemas del fracaso.
También se pregunta por los riesgos del éxito. Esto me parece muy importante,
porque solemos pensar que las organizaciones aprenden cuando las cosas salen
mal. Pero también deberían aprender cuando las cosas salen bien.
El éxito puede
ocultar problemas internos, justificar malas prácticas o producir una confianza
excesiva en fórmulas que funcionaron en el pasado. Cuando el resultado final es
bueno, es más fácil dejar pasar tensiones, costos humanos, conversaciones pendientes
o procesos mal diseñados.
En ese sentido,
una cultura creativa no es solo aquella que aprende del fracaso. Es también
aquella que se atreve a examinar críticamente sus éxitos. Quizás una de las
preguntas más difíciles para un equipo exitoso es esta: ¿qué problemas estamos
tolerando simplemente porque el resultado final todavía nos da la razón?
Lo que me
parece más potente
De todo el
libro, la idea que encuentro más valiosa es que el rol principal de quienes
lideran no es tener todas las respuestas, sino construir las condiciones para
que los problemas aparezcan antes de que sea demasiado tarde.
Esto cambia
bastante la imagen tradicional del liderazgo. El líder no es solamente quien
define una visión, inspira al equipo y toma decisiones difíciles. También es
quien diseña conversaciones, protege espacios de aprendizaje, reduce el miedo,
detecta bloqueos y permite que la información incómoda circule.
En muchas
organizaciones los problemas se conocen mucho antes de que estallen, pero se
conocen en los pasillos, en conversaciones informales o en pequeños grupos que
ya dejaron de creer que decir algo sirva de mucho. Catmull propone entonces que
una buena cultura creativa no es aquella donde no hay problemas, sino aquella
donde los problemas pueden ser dichos, examinados y trabajados a tiempo.
Esa es una idea
profundamente organizacional. La calidad de una institución no depende solo de
la inteligencia de sus líderes, sino de la calidad de sus mecanismos para
aprender la verdad sobre sí misma.
La
organización pensando sobre sí misma
Hacia el final
del libro aparece una práctica que me parece muy ilustrativa: el Día de las
Notas. Más allá del formato específico, lo interesante es la intención de crear
una instancia en que la organización completa pudiera detenerse, pensar sobre
su propio funcionamiento, identificar problemas y proponer mejoras.
Esto me parece
relevante porque muchas organizaciones funcionan durante años sin generar
espacios reales para observarse a sí mismas. Se reúnen para revisar metas,
presupuestos, indicadores o contingencias, pero pocas veces para preguntarse
con seriedad: ¿cómo estamos trabajando?, ¿qué nos está dificultando hacer mejor
las cosas?, ¿qué problemas todos conocen, pero nadie ha tomado?, ¿qué
deberíamos cambiar en nuestra manera de colaborar?
La cultura no
mejora solo porque alguien la diagnostique desde arriba. Mejora cuando las
personas que la viven pueden participar en nombrarla, discutirla y
transformarla. Naturalmente, escuchar no basta. Si las conversaciones no se
traducen luego en decisiones, seguimiento y cambios observables, la
participación puede transformarse en otra fuente de frustración. Pero bien
conducida, una instancia de este tipo puede ayudar a que la organización piense
sobre sí misma y asuma mayor responsabilidad por su futuro.
Algunas
conexiones
El libro dialoga
muy bien con varias ideas que he comentado antes en este blog.
Conecta, en
primer lugar, con Peter
Senge y la noción de organizaciones que aprenden. Catmull muestra, desde
una experiencia concreta, que aprender no consiste simplemente en capacitar
personas, sino en construir sistemas donde la reflexión sobre la práctica sea
parte del trabajo cotidiano.
También se
relaciona con Amy
Edmondson y su concepto de seguridad psicológica. Aunque Catmull usa otro
lenguaje, buena parte del libro trata precisamente sobre la necesidad de crear
ambientes donde las personas puedan hablar con honestidad, reconocer errores y
desafiar ideas sin temor a represalias.
Su mirada
también se vincula con Ronald
Heifetz, especialmente en la idea de que los problemas importantes no se
resuelven solo con autoridad formal. Muchas veces requieren conversaciones
difíciles, pérdidas, adaptación y trabajo colectivo. La creatividad, entendida
seriamente, tiene bastante de liderazgo adaptativo.
También conversa
con Connors
y Smith, especialmente en la idea de que la cultura organizacional no se
juega en declaraciones abstractas, sino en prácticas observables,
conversaciones recurrentes y formas concretas de hacerse cargo de los
resultados. La cultura se juega en cómo se toman decisiones, cómo se conversa
sobre los errores, cómo se distribuye el poder y cómo se trata a quien trae
malas noticias.
Para terminar
Creatividad,
Inc. es un libro valioso porque evita una trampa frecuente: hablar de
creatividad como si fuera inspiración individual, genialidad espontánea o
talento excepcional. Catmull nos recuerda que la creatividad también depende de
condiciones organizacionales. Depende de cómo se lidera, cómo se conversa, cómo
se aprende y cómo se enfrenta aquello que no está funcionando.
Por eso el libro
resulta útil más allá de Pixar y más allá del cine. Sirve para pensar escuelas,
universidades, empresas, equipos directivos y organizaciones de distinto tipo.
En todas ellas existe la misma pregunta de fondo: si queremos mejores resultados,
mejores ideas y mejores formas de trabajar, ¿estamos construyendo una cultura
que permita decir la verdad, aprender del error y mejorar colectivamente?
Creo que, además de las anécdotas sobre la historia de Pixar, la mejor
contribución del libro es recordarnos que la creatividad no se protege con
discursos sobre innovación, sino con prácticas concretas que hacen posible
conversar mejor, observar mejor y aprender más rápido.
Esa es, quizás, la pregunta que el libro deja abierta para cualquier
organización: no si declara valorar la creatividad, sino si está construyendo
las condiciones para que las ideas puedan aparecer, madurar, ser discutidas y
transformarse en trabajo de calidad.



