Hola. Acá les dejo la introducción al libro No hay palacio sin intrigas. Cómo reconocer y responder a los juegos de poder en las organizaciones. El libro completo está en www.amazon.com en formato electrónico y papel.
Durante quince años trabajé como profesor de
psicología organizacional y del trabajo en la Universidad de La Serena. Al
mismo tiempo, desarrollaba mi trabajo como consultor en gestión de personas,
acompañando a empresas e instituciones públicas y privadas en temas de
liderazgo, equipos, clima organizacional y cambio.
En 2009 recibí una llamada que cambió mi
trayectoria profesional. Me invitaban a integrarme a una institución pública
como consultor interno, a tiempo completo. Mi tarea sería apoyar a equipos
directivos regionales en habilidades directivas, cambio organizacional, clima
interno y relación con los gremios. Hasta entonces yo había mirado las
organizaciones principalmente desde la academia y la consultoría. Ahora tendría
que formar parte de una institución, integrarme a su cultura y ayudar a
transformarla desde dentro.
La institución tenía una estructura matricial.
En la práctica, yo respondía ante tres figuras: el subdirector de Gestión de
Personas, mi superior jerárquico en Santiago, y dos directores regionales que
actuaban como mis clientes internos.
Durante varios años todo funcionó muy bien. Mi
jefe en Santiago destacó más de una vez mi desempeño frente a otros colegas.
Los directores regionales también valoraban mi trabajo y me describían como un
consultor inteligente, estratégico y prudente. Yo estaba muy satisfecho:
aprendía de manera continua, podía utilizar lo que sabía y sentía que hacía una
contribución valiosa para la institución.
Tres o cuatro años después cambiaron dos
personas clave. El subdirector salió de la institución y uno de los directores
regionales fue promovido a Santiago. A una de las regiones donde yo trabajaba
llegó entonces un nuevo director. Desde el comienzo sentí que algo se volvía
extraño. Pese a mis solicitudes, demoró varias semanas en recibirme para
conversar sobre mi rol.
Un día me presenté a una reunión del equipo
ejecutivo en la que participaba habitualmente. Delante de varias jefaturas, el
director me dijo en tono áspero que yo no debía estar ahí, porque esa instancia
era solo para directivos.
Una de las primeras señales de que algo no
andaba bien apareció, paradójicamente, cuando falté. Después de la experiencia
anterior dejé de concurrir a una reunión posterior. Durante esa reunión, el
director regional pidió expresamente que fueran a buscarme, solo para llamarme
la atención por no haberme presentado. El mensaje era contradictorio: me
reprochaba no estar en el mismo espacio del que antes me había expulsado.
Después vinieron otros episodios. En una
ocasión intentó convencerme durante largo rato de que debía dejar la oficina
que ocupaba. Cuando expresé mi desacuerdo, respondió que aquello era una orden,
no una conversación. En otra oportunidad me reprochó no haber elaborado un
proyecto sobre una materia ajena a mi trabajo, solo porque me había reenviado
un correo con el asunto «FYI».
Con el tiempo dejó de asignarme tareas, dejó de
hablarme y dio instrucciones para que las jefaturas limitaran al mínimo la
conversación conmigo. Una vez me citó, a través de su secretaria, a primera
hora en su oficina. Cuando llegué, ella me informó que el director no iría a
trabajar ese día porque se había tomado un permiso administrativo.
Informé al nuevo subdirector en Santiago de lo
que estaba ocurriendo y le pedí apoyo para mediar. Su respuesta fue que tuviera
paciencia y no complicara las cosas. Las personas de la región con las que
antes trabajaba comenzaron a evitarme en público, aunque en privado me
expresaban apoyo. Me decían que era un buen profesional, que mantuviera la
calma y que a muchos les había ocurrido algo parecido en esa institución.
Uno de los episodios más reveladores ocurrió en
marzo, durante la preparación del Día de la Mujer. Los varones de la dirección
regional habíamos acordado organizar una actividad para nuestras colegas. Días
antes, el gremio envió una invitación a todas las mujeres en nombre propio,
presentando la iniciativa como suya y adelantándose a la invitación oficial.
El director se indignó y convocó a una reunión
del equipo ejecutivo, incluyéndome como consultor. Dijo que suspendería la
actividad. Preguntó molesto: «¿Qué se creen los gremios?», y luego pidió mi
opinión. Le dije que suspenderla me parecía una mala decisión. Seríamos la
única región que suspendería la actividad, y eso podía interpretarse como una
mala gestión de nuestra parte. Propuse conversar con el presidente gremial y
enviar, al mismo tiempo, una nueva invitación institucional que recuperara la
conducción de la actividad. El director consideró inadecuada mi sugerencia y
suspendió la celebración.
Todo ese tiempo lo pasé muy mal. Estacionaba el
auto y, antes de bajarme para entrar a la oficina, sentía un dolor fuerte de
estómago. Me quedaba largo rato dentro, reuniendo fuerzas para caminar hacia la
oficina. Tenía miedo de perder el trabajo. También me sentía culpable por no
haber visto antes lo que estaba ocurriendo. Y, por más que pedía ayuda, no la
recibía: ni de mis colegas consultores de otras regiones, ni de mi jefe, el
subdirector de Gestión de Personas, ni de mis compañeros de trabajo.
Había una dificultad especialmente incómoda. Yo
era, al mismo tiempo, la persona afectada por una situación que no lograba
nombrar y un supuesto experto en esa clase de problemas. Era profesor
universitario de psicología organizacional, coach y consultor en gestión de
personas. Y, para completar la paradoja, era el profesional encargado de
monitorear el clima interno de esa misma institución en la región.
No podía denunciar aquello que todavía no sabía
nombrar. No podía pedir ayuda sin sentir que exponía mi propia incompetencia.
No podía aliarme con los gremios sin traicionar mi rol. Y tampoco podía
admitir, ni ante los demás ni ante mí mismo, que el consultor de clima
organizacional estaba viviendo una de las peores experiencias laborales de su
vida por la relación con uno de los directores regionales ante quienes debía
responder. Esa ironía me pesaba más que cualquier otra cosa.
Me preguntaba una y otra vez qué había hecho
mal para que me trataran así: si había dicho algo impropio, si había sido
desleal o si había cruzado algún límite sin darme cuenta. Nunca encontré una
respuesta clara. Tampoco supe si detrás de su conducta había inseguridades,
desconfianzas o dinámicas organizacionales que yo no alcanzaba a comprender. Lo
cierto es que no comprendía qué estaba ocurriendo. Y esa falta de comprensión
era, por sí misma, otra forma de malestar.
Después de un tiempo reuní valor y renuncié a
la institución. Reinventarme fue duro, pero volví a trabajar como profesor en
programas de magíster, consultor y coach ejecutivo. Hoy, más de una década
después, me gustaría poder conversar con ese yo de entonces desde lo que he
aprendido. Cuando escucho historias parecidas en procesos de coaching, puedo
ofrecer lecturas más cuidadosas y abrir posibilidades de respuesta que yo no
veía en aquella época.
Fuera de la institución fui encontrando
palabras para lo que había vivido. Algunas aparecieron en autores que estudian
el poder, la política organizacional y el liderazgo. Otras surgieron en los
relatos de personas con quienes he trabajado en procesos de coaching:
profesionales competentes, responsables y comprometidos que, de pronto, se
descubrían atrapados en situaciones confusas, dolorosas y difíciles de
explicar.
Podría contar muchas de esas vivencias:
personas que asumieron más responsabilidades de las que les correspondían,
esperando que alguien reconociera su esfuerzo, y terminaron siendo explotadas;
jefaturas acusadas de maltrato justo cuando comenzaron a exigir resultados;
profesionales reconocidos en público y descalificados en privado; o integrantes
de equipos excluidos de reuniones y conversaciones clave mientras recibían
explicaciones aparentemente razonables.
Todas estas historias comparten algo. Sus
protagonistas creían que bastaba con ser competentes, responsables y bien
intencionados para ser reconocidos, valorados o considerados. Creían que hacer
bien el trabajo y relacionarse correctamente con los demás debía ser
suficiente.
Escribo este libro por dos grandes razones. La
primera es volver sobre mi propia experiencia para comprenderla mejor y hacer
justicia a quien fui en ese momento: alguien que lo pasó mal, pero logró salir
adelante y aprender de lo vivido. La segunda es ordenar lo que he ido
aprendiendo sobre los juegos de poder y ponerlo a disposición de quienes pueden
encontrarse en situaciones parecidas.
Pienso sobre todo en tres tipos de lectores:
personas que trabajan en organizaciones y viven una situación confusa con el
poder, por lo que necesitan un lenguaje para entender qué está ocurriendo;
jefaturas que quieren fortalecer su liderazgo y conducir mejor a sus equipos
sin recurrir a juegos de poder; y consultores, coaches y profesionales de la
gestión de personas que necesitan más recursos para intervenir en este campo.
El libro combina experiencia y desarrollo
conceptual. En los primeros capítulos propongo un lenguaje para comprender la
vida política de las organizaciones y sus asimetrías de poder. Después presento
un mapa para reconocer los juegos, leer sus señales y comprender sus efectos.
La parte final explora formas de responder e intervenir y termina con una
reflexión sobre conducción y autoridad.
Al final incluyo cinco escenas organizacionales
para ejercitar esta forma de mirar. Son situaciones abiertas, sin una respuesta
única, que permiten distinguir hechos, interpretaciones, asimetrías, patrones y
explicaciones alternativas. Me interesa que pongan a prueba el lenguaje
desarrollado en los capítulos y muestren que reconocer un juego de poder exige
algo más que identificar una conducta incómoda.
Un gran amigo dice que no hay palacio sin
intrigas. Creo que tiene razón, siempre que entendamos la frase como una
advertencia y no como una condena.
El poder existe en todas las organizaciones y
puede ejercerse de manera transparente, responsable y orientada a la tarea
común. También puede adoptar formas opacas, arbitrarias o abusivas. El título
no afirma que toda relación organizacional sea una intriga; recuerda que, donde
existe poder, también existe la posibilidad de utilizarlo de manera desleal e
instrumental.
Este libro propone reconocer cuándo una
asimetría comienza a estrechar el margen de otros bajo criterios y costos
difíciles de examinar, para cuidarnos mejor y responder con más criterio cuando
alguien nos invita al juego.




