Jaime Rojas. jaimearojasb@gmail.com
¿Por qué algunas personas cambian
profundamente después de escuchar una sola idea, mientras otras asisten a
innumerables cursos sin modificar una sola conducta relevante?
Existe una de las
grandes utopías del desarrollo profesional que durante años acepté sin
cuestionar: la idea de que el cerebro humano está naturalmente dispuesto al
aprendizaje permanente. Bajo esta lógica, bastaría con exponer a las personas a
nuevas ideas, conocimientos o metodologías para que estas las incorporaran
automáticamente a su forma de actuar. Sin embargo, una de las lecciones más
significativas que hasta el momento me ha dejado mi actual formación en
psicología, fue comprender que la realidad es bastante más compleja.
Resultó impactante
descubrir que el cerebro no está diseñado prioritariamente para aprender, sino
para sobrevivir. Su función principal no es buscar permanentemente nuevas
formas de pensar o actuar, sino protegernos, mantenernos seguros y optimizar el
uso de la energía disponible. Desde esta perspectiva, todo aquello que
representa incertidumbre, cambio o la necesidad de desarrollar nuevas
habilidades supone un esfuerzo adicional que el cerebro, de manera natural,
intenta evitar.
Por esta razón
tendemos a repetir patrones conocidos, conservar hábitos familiares y
aferrarnos a formas de actuar que nos han resultado útiles en el pasado. Lo
habitual genera seguridad. Aprender, en cambio, implica exponerse a la
posibilidad de equivocarse, reconocer que no sabemos algo y aventurarnos por
caminos que todavía no dominamos. En términos simples, aprender supone
abandonar temporalmente la comodidad de nuestras certezas.
Esta constatación
desafía profundamente la creencia de que basta con entregar conocimientos para
generar transformación. Si el cerebro estuviera naturalmente orientado al
aprendizaje, las organizaciones no tendrían dificultades para implementar
cambios, los cursos producirían resultados inmediatos y las nuevas metodologías
serían adoptadas con facilidad. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra
exactamente lo contrario.
Cuando hablamos de
aprendizaje profesional solemos encontrarnos con afirmaciones ampliamente
aceptadas como: “Estamos a un pensamiento de cambiar nuestra vida” o “Mientras
más conocimientos adquiramos, mayores serán nuestras posibilidades de alcanzar
el éxito”. Aunque estas ideas resultan atractivas e inspiradoras, la
experiencia demuestra que el aprendizaje humano es bastante más complejo que la
simple acumulación de conocimientos.
A lo largo de mi
trayectoria profesional he constatado, en coincidencia con diversos autores, que
aprender no depende exclusivamente de asistir a capacitaciones, participar en
seminarios o acumular certificaciones. Estas experiencias pueden aportar
información valiosa, pero con frecuencia se centran en transmitir contenidos,
asumiendo que el conocimiento por sí solo generará cambios significativos.
La realidad parece
indicar algo diferente. Podemos asistir a excelentes cursos, leer los mejores
libros o escuchar a destacados expertos y, aun así, regresar a nuestras
organizaciones sin modificar una sola conducta relevante. Esto ocurre porque el
aprendizaje auténtico no comienza en la mente. Antes de que una idea sea
comprendida, debe existir una disposición interna que permita recibirla,
valorarla y convertirla en acción.
Tuve la oportunidad
de reflexionar profundamente sobre esta idea durante una conferencia de
liderazgo realizada en Concepción, en mayo de este año 2026. En aquella
ocasión, el doctor mexicano Santiago Rincón de Gallardo,
compartió una afirmación que sintetiza de manera extraordinaria el proceso de
transformación humana: “La disposición al cambio y al aprendizaje nace en el
corazón; del corazón va a la mente y de la mente va a las manos”.
Esta secuencia
contiene una poderosa lección para quienes intentamos liderar personas y
organizaciones. El corazón representa aquello que nos moviliza: nuestros
valores, convicciones, motivaciones y propósitos más profundos. Es el espacio
donde las cosas adquieren significado. Cuando algo nos importa genuinamente, se
genera la energía necesaria para abrirnos al aprendizaje.
Solo entonces
interviene la mente. El cerebro, a través de la razón organiza, interpreta y da
forma a aquello que previamente ha sido movilizado por el sentido y el
propósito. La comprensión y la claridad conceptual emergen cuando existe una
disposición emocional que las sostiene.
Finalmente, el
aprendizaje llega a las manos. Es allí donde las ideas abandonan el territorio
de las intenciones para convertirse en acciones concretas. Las manos simbolizan
la práctica, la conducta y la ejecución. Solo cuando una convicción se
transforma en acción podemos hablar de aprendizaje real.
Esta idea encuentra
un interesante complemento en los planteamientos atribuidos al pedagogo Edgar
Dale. Más allá de las cifras específicas que suelen difundirse sobre su
trabajo, existe una enseñanza que continúa siendo plenamente vigente:
aprendemos mucho más cuando participamos activamente de una experiencia que
cuando nos limitamos a recibir información de manera pasiva. Leer, escuchar u
observar son actividades valiosas, pero su verdadero potencial aparece cuando
somos capaces de llevar aquello aprendido a la práctica e incorporarlo a
nuestra realidad cotidiana, en nuestra manera de adaptarnos al entorno.
Por esta razón, el
propósito de esta reflexión no es desacreditar la lectura, la formación
académica o el perfeccionamiento profesional. Todo lo contrario. La
lectura transforma vidas, los estudios amplían horizontes y la formación
especializada abre nuevas posibilidades. Sin embargo, el conocimiento solo
despliega todo su potencial cuando primero toca el corazón, luego encuentra
claridad en la mente y finalmente se expresa a través de las manos.
He observado que
muchas personas acumulan conocimientos durante años, sin lograr modificaciones
sustanciales en su desempeño profesional. Otras, en cambio, leen una sola idea,
escuchan una frase o participan en una conversación significativa y esa
experiencia modifica profundamente su manera de actuar. La diferencia no radica
en la cantidad de información recibida, sino en el significado que dicha
información adquiere para quien la recibe.
El aprendizaje
alcanza su máxima expresión cuando somos capaces de explicar una idea, ponerla
en práctica y enseñarla a otros. En ese momento dejamos de repetir conceptos y
comenzamos a construir conocimiento propio. Lo aprendido deja de ser
información externa para convertirse en parte de nuestra identidad profesional.
Esta reflexión
tiene una implicancia especialmente relevante para quienes buscan fórmulas,
metodologías o modelos de gestión que prometen resolver automáticamente los
desafíos del liderazgo o la jefatura. Ningún método funciona por sí solo.
Ninguna herramienta posee la capacidad mágica de transformar una organización.
Son las personas quienes hacen funcionar los métodos, no los métodos quienes
hacen funcionar a las personas.
Por ello, una misma
estrategia puede producir resultados extraordinarios en una organización y
fracasar completamente en otra. Lo que marca la diferencia no es la herramienta
en sí misma, sino la capacidad de quienes la implementan para encontrarle sentido,
adaptarla a su realidad y sostenerla mediante acciones consistentes en el
tiempo.
A esta tendencia
natural a permanecer en nuestras zonas conocidas se suma otro fenómeno
psicológico particularmente relevante: el sesgo de confirmación.
Este sesgo nos lleva a buscar, interpretar y valorar principalmente aquella
información que confirma nuestras creencias previas, mientras tendemos a
ignorar o cuestionar aquello que las contradice.
En la práctica,
esto significa que muchas veces no aprendemos porque estamos demasiado ocupados
intentando demostrar que ya tenemos la razón. Escuchamos a quienes piensan como
nosotros, leemos autores que refuerzan nuestras convicciones y buscamos experiencias
que validen nuestra manera habitual de interpretar la realidad. Sin darnos
cuenta, construimos entornos que fortalecen nuestras certezas, pero limitan
nuestras posibilidades de crecimiento.
Quizás por esta
razón el aprendizaje genuino exige algo más que adquirir información. Exige
humildad intelectual. Exige reconocer que nuestras interpretaciones pueden ser
incompletas y que existen otras perspectivas capaces de ampliar nuestra
comprensión de los problemas y desafíos que enfrentamos.
Esta idea encuentra
eco en los planteamientos de Carl Gustav Jung. Al describir las tipologías
psicológicas, Jung sostenía que una de las primeras grandes diferencias
entre las personas se relaciona con la introversión y la extroversión. Mientras
algunas encuentran energía principalmente en el mundo exterior, otras la
encuentran en sus procesos internos, reflexiones y convicciones personales.
Ambas formas de
relacionarse con la realidad son legítimas y necesarias. El problema surge
cuando creemos que nuestra manera habitual de interpretar el mundo es la única
posible. Tendemos a resolver los problemas utilizando aquellas herramientas que
mejor se ajustan a nuestras preferencias personales.
Sin embargo, las
personas más efectivas que he conocido comparten una característica común:
reconocen claramente sus tendencias naturales, pero no se convierten en
prisioneras de ellas. Comprenden que existen desafíos que exigen salir de la
zona de comodidad y desarrollar capacidades que no forman parte de sus
preferencias habituales.
Aprender significa
ampliar nuestro repertorio de posibilidades. Significa incorporar nuevas
maneras de observar, interpretar y actuar frente a los desafíos. Significa
reconocer que nuestras respuestas habituales pueden resultar insuficientes para
enfrentar realidades cada vez más complejas.
Quizás por eso el
aprendizaje constituye una de las competencias centrales del liderazgo. No
porque nos convierta automáticamente en mejores profesionales, sino porque nos
permite trascender los límites de nuestras propias certezas. Aprender es abrir
espacio para nuevas conversaciones, nuevas interpretaciones y nuevas acciones.
Una
experiencia de aprendizaje
Hace
aproximadamente un año participé en un programa de coaching y liderazgo
facilitado por Paty Wilensky en Buenos Aires, Argentina. Durante
una de las actividades nos ubicaron frente a otro participante y nos entregaron
un dado. La consigna era simple: alcanzar 27 puntos alternando turnos. Después
de cada lanzamiento podíamos decidir si seguíamos acumulando puntaje o
entregábamos el dado a nuestro compañero. Sin embargo, existía una regla que
hacía el juego particularmente desafiante: si aparecía un uno o un seis, se
perdía todo el puntaje acumulado y el turno pasaba inmediatamente al otro
jugador.
A medida que
avanzaba la actividad comenzaron a evidenciarse dos formas distintas de
enfrentar el desafío. Algunas personas preferían asegurar los puntos obtenidos
y evitar riesgos innecesarios, mientras que otras estaban dispuestas a
arriesgar más para acercarse rápidamente a la meta.
Lo verdaderamente
interesante ocurrió una vez finalizado el juego. Recibimos una nueva consigna:
quienes habíamos jugado de manera más cautelosa debíamos hacerlo ahora de forma
arriesgada, mientras que quienes habían asumido mayores riesgos debían actuar
con más prudencia.
La reacción fue
inmediata. Aparecieron la incomodidad, la frustración e incluso cierta
resistencia. Muchos sentimos que estábamos actuando de una manera que no nos
resultaba natural. Sin embargo, precisamente allí se encontraba el valor de la
experiencia.
El ejercicio nos
permitió observar cómo solemos enfrentar los desafíos desde patrones de
conducta que nos resultan familiares, seguros y efectivos. Sin darnos cuenta,
terminamos desarrollando preferencias que, con el tiempo, se transforman en
respuestas automáticas. El problema no es tener esas preferencias; el problema
surge cuando creemos que son las únicas formas posibles de actuar.
La nueva consigna
nos obligó a salir de ese espacio conocido. Nos invitó a experimentar conductas
diferentes, a desarrollar recursos que normalmente utilizábamos menos y a
descubrir que existían alternativas que no habíamos considerado. En otras
palabras, nos permitió ampliar nuestro repertorio de posibilidades.
Quizás esa fue la
principal enseñanza del ejercicio. El aprendizaje no consiste únicamente en
perfeccionar aquello que ya hacemos bien, aun cuando aquello tenga un gran
valor, pues te especializa, sin embargo, la efectividad se nutre también en
desarrollar otras capacidades que amplían nuestras posibilidades de acción y
que pueden complementar los estilos personales, para ser utilizados con
individuos o situaciones específicas o particulares.
Lo que hizo
memorable aquella experiencia fue que nos permitió encontrar valor en formas de
actuar distintas a las propias. Nos ayudó a comprender que las diferencias no
representan limitaciones, sino oportunidades para enriquecer nuestra manera de
observar, decidir y liderar.
He comprobado que
las transformaciones más profundas en las organizaciones no ocurren cuando las
personas aprenden algo nuevo, sino cuando encuentran una razón suficientemente
poderosa para actuar de una manera diferente. Cuando aquello que aprenden conecta
con sus valores, con su propósito y con la forma en que desean contribuir, el
aprendizaje deja de ser conocimiento almacenado y se convierte en acción. Y es
precisamente allí donde comienza la verdadera transformación, el verdadero
aprendizaje.





