(Imagen creada por chatgpt)
Uno de los modelos de
comunicación que más me gustan y que más efectivo encuentro es el modelo
llamado “coordinación de acción”. Tiene una larga historia, señalado como acto
de habla por los teóricos Austin y Searle, y llevado al ámbito organizacional
por Fernando
Flores y sus discípulos, así como por otros autores como Rafael
Echeverría, Luis
Sota, Jim
Selman, Fredy
Kofman, César
Grinstein, entre otros y otras.
Como decía, a mí este modelo me
gusta y me sirve mucho, porque es simple y poderoso al mismo tiempo. Para que
las cosas sucedan, se necesita que quienes participan de una conversación —dos
personas, un equipo de trabajo o una organización— sigan ciertos pasos:
Paso 1: Pedir u ofrecer.
Paso 2: Negociar los estándares
de satisfacción y el tiempo en que se realizará la acción, teniendo especial
cuidado de gestionar las obviedades que siempre están presentes.
Paso 3: Responder con un sí, un
no o un negociemos.
Paso 4: Ejecutar la acción y
solicitar la conformidad, en cuyo caso se cierra el ciclo, o efectuar un
reclamo, con lo cual se puede recoordinar la acción.
Hoy mismo me ocurrió que un
alumno que participó de un curso sobre “herramientas de liderazgo” en octubre
me envió un WhatsApp indicando que no había recibido su certificado y
solicitándome si le podía hacer llegar una copia. Le respondí que sí, que durante
el día se lo enviaría en formato PDF a su correo electrónico. Lo envié hace
poco y me respondió señalando que lo había recibido conforme y dándome las
gracias. Ciclo completo, correctamente efectuado.
Pero muchas veces, cuando me toca
trabajar con equipos de trabajo u organizaciones, descubro que este ciclo no
funciona tan fácilmente. Alguien que tiene que pedir no lo hace, o lo hace de
manera poco clara; los tiempos de ejecución no están definidos o son
excesivamente laxos; los estándares de satisfacción no existen o se consideran
“obvios” y quedan sujetos a interpretación; personas dicen que sí queriendo
decir que no, o responden de maneras ambiguas que no pueden ser leídas como un
sí o un no. O bien, cuando hay acuerdos claros, quien debe ejecutar la acción
no lo hace, o hace algo distinto y luego alega malos entendidos.
El consultor ingenuo que soy,
muchas veces piensa que esto es solo falta de entrenamiento y que bastaría con
enseñar a pedir mejor, a negociar estándares explícitos, a decir sí o no con
claridad y a cerrar los ciclos. Y en algunos contextos, eso es cierto. Hay
equipos que mejoran notablemente solo con aprender este modelo y practicarlo
con disciplina. De hecho, he tenido experiencias de trabajo donde he enseñado
esto y, meses después, alguien se me acerca y me dice que lo mejor que le ha
ocurrido es aprender a pedir, a decir que no o a negociar.
Pero hoy descubro que, en el
ámbito organizacional, muchas veces hay algo más. Algo que no se resuelve con
más técnica ni con más buena voluntad. Ese algo más son los juegos de poder.
Cuando hablo de juegos de poder no
me refiero únicamente a maniobras maquiavélicas ni a personas manipuladoras
(que las hay), sino a acciones relacionales indirectas mediante las cuales
alguien busca influir, protegerse, imponer criterios o sostener una posición
sin hacerlo de manera explícita. Son juegos porque no se juegan en el plano
abierto de las decisiones formales, sino en un nivel relacional e
interpretativo, donde lo que importa no es solo lo que se dice, sino lo que se
sugiere, se omite o se da por entendido.
En ese nivel aparecen con fuerza
las peticiones implícitas: pedidos que no se formulan como tales, pero que
todos saben que están ahí. Expectativas que no se negocian, estándares que no
se acuerdan, mandatos que no se declaran, pero que operan con la misma fuerza
—o más— que un pedido explícito. En estos contextos, la coordinación deja de
ser solo un asunto de conversaciones visibles y pasa a depender de la capacidad
de leer correctamente qué se espera de uno, aun cuando nadie lo haya dicho.
Aquí me viene a la mente una
conversación que tuve ayer con un coacheé, quien está muy complicado por esta
situación. Su jefe le pide ayuda con la realización de ciertas tareas que no
son propias de su cargo como ir a algunas reuniones, prepararle presentaciones
y hacer más trabajo para subvencionar a otros integrantes del equipo de bajo
rendimiento. A él le gustaría decir que no o hablar abiertamente con su jefe de
esta situación para acordar la “descripción de cargo” y pedir aumento de
sueldo, apoyo a su desarrollo. Pero no se atreve ya que “huele” que es peligroso
abrir la conversación. Está muy resentido y confuso, porque además descubre que
todos saben cómo funciona el jefe menos él, que ahora lo está descubriendo,
porque es el nuevo.
Estos juegos, aunque puedan
resultar funcionales para el sistema o para ciertos actores, tienen costos
humanos reales. No siempre se expresan en conflictos abiertos o quiebres
visibles, sino en formas más silenciosas: confusión respecto de las
expectativas, resentimiento acumulado, desgaste emocional, cinismo, pérdida de
sentido del trabajo o aprendizaje de conductas defensivas. Con el tiempo, las
personas dejan de intentar coordinar bien y aprenden, más bien, a protegerse.
El problema no es solo que la coordinación falla, sino que el vínculo con el
trabajo y con la organización se empobrece.
Frente a estas dinámicas, una
recomendación habitual es “metacomunicar”: hacer explícito lo que está
ocurriendo en el plano relacional. Decir, por ejemplo, “no me queda claro el
pedido”, “usted no está pidiendo de manera directa”, o “me está solicitando algo
que no corresponde a mi rol”. En teoría, metacomunicar permitiría despejar
ambigüedades y volver al plano de la coordinación abierta. En la práctica, sin
embargo, metacomunicar puede ser un acto altamente riesgoso.
En contextos donde los juegos de
poder están activos, la metacomunicación puede ser fácilmente negada,
reinterpretada o incluso sancionada. El jefe puede responder que “eso no es
así”, que “estás exagerando”, que “te lo estás tomando personal”, o simplemente
desplazar la conversación hacia la forma y no hacia el fondo. El intento de
clarificar termina entonces convertido en un nuevo problema: el problema ya no
es la coordinación, sino la persona que se atrevió a nombrar lo implícito.
Por eso, muchas personas aprenden
rápidamente que no todo lo que se ve puede decirse, y que no toda ambigüedad
conviene ser explicitada. La lectura del poder incluye también saber cuándo
metacomunicar aumenta la claridad… y cuándo, por el contrario, expone, debilita
o deja en una posición vulnerable a quien habla.
Conviene aclarar algo importante.
Leer un juego de poder no implica necesariamente denunciarlo, confrontarlo o
intentar desactivarlo. Muchas veces, metacomunicar o confrontar solo produce un
desplazamiento del problema o expone aún más a quien habla. Leer bien el juego
es, antes que nada, una forma de comprensión estratégica: permite no tomar lo
que ocurre como algo personal, anticipar consecuencias y decidir con mayor
conciencia cuándo hablar, cuándo callar y cuándo simplemente no entrar en el
juego. No se trata de valentía ni de cobardía, sino de lucidez en contextos
donde el poder está en juego.
Dicho esto, tampoco sería honesto
recomendar simplemente “no jugar”. En muchas organizaciones, los juegos de
poder no se eligen: se heredan o se imponen. Como en el caso de mi coachee, uno
puede verse involucrado en dinámicas que no buscó, pero de las que tampoco
puede abstraerse ingenuamente. En esos contextos, no tener estrategia no es
neutral: es quedar a merced del juego de otros.
Tener una estrategia no significa
volverse manipulador ni reproducir las mismas prácticas. Significa, más bien, dejar
de actuar como si el problema fuera solo de coordinación, comprender qué está
en juego, qué riesgos existen y qué márgenes reales de acción hay. A veces la
estrategia será esperar; otras, redefinir límites de manera gradual; otras,
buscar aliados; y en algunos casos, decidir que el costo de permanecer es demasiado
alto. Lo que resulta peligroso no es jugar, sino jugar sin saber que se está jugando.
Empiezo a notar que en muchas organizaciones el problema no es que el ciclo de coordinación no se conozca, sino que no siempre conviene que funcione bien. A esto se suma algo que suele quedar fuera del análisis: en muchas organizaciones pedir, negociar o decir que no no son actos neutros, sino actos potencialmente peligrosos. Pedir con claridad puede leerse como desafiar una jerarquía implícita. Negociar estándares puede interpretarse como poner en cuestión la autoridad de quien “define”. Y decir que no, incluso de manera respetuosa, puede ser vivido como insubordinación. En esos contextos, aprender a coordinar bien no es solo una competencia técnica, sino un riesgo político que no todos están dispuestos a asumir.
Así, los juegos de poder no
aparecen en lugar del modelo de coordinación de acción, sino que se montan
sobre él. El pedido existe, pero es ambiguo. El estándar existe, pero queda
implícito. La respuesta no es un sí ni un no, sino un “veamos”, un “déjamelo
ver”, un “ok, pero…”. La acción se ejecuta, pero parcialmente. Y cuando llega
el momento de evaluar, alguien conserva la facultad de decir: “esto no era lo
que yo esperaba”.
En este punto aparece una figura
incómoda pero frecuente: jefaturas que no solo toleran la ambigüedad, sino que
medran en ella. Jefes que no piden claramente, que no fijan estándares
explícitos y que evitan cerrar ciclos porque esa indefinición les permite
evaluar a posteriori, corregir sin comprometerse, y mantener una posición de
superioridad difícil de cuestionar. No siempre es una estrategia deliberada,
pero sí una forma de ejercer poder: quien controla la interpretación final
controla el juego.
Desde fuera, todo parece un
problema de comunicación. Desde dentro, muchas veces es una estrategia
relacional aprendida. No necesariamente consciente ni malintencionada, pero sí
funcional. Funcional para no quedar expuesto, para no comprometerse del todo,
para mantener control evaluativo, para desplazar responsabilidades o para
proteger jerarquías frágiles.
Empiezo a pensar entonces que hay
una diferencia clave entre problemas de coordinación y problemas de poder. En
los primeros, la falla es técnica: no sabemos pedir, no sabemos acordar, no
sabemos cerrar. En los segundos, la falla es solo aparente: el ciclo no se
rompe por error, sino porque a alguien le sirve que no se cierre, que otro
quede mal evaluado o que una parte de la organización cargue con la etiqueta de
ineficiente.
Quizás por eso, quienes
trabajamos como consultores cometemos a veces un error recurrente: subestimamos
el poder. Llegamos con modelos, herramientas y buena intención, suponiendo que
el problema es de método o de habilidades. Pero mientras nosotros vemos fallas
de coordinación, la gente dentro de la organización suele leer con mucha más
precisión lo que está en juego. Saben a quién no conviene pedirle, cuándo es
mejor no decir que no, qué acuerdos no se pueden cerrar y qué ambigüedades
conviene no despejar. El poder, aunque no se nombre, se percibe y se aprende
rápidamente.
Importante aclararlo: estos
juegos no ocurren solo “arriba”, ni son patrimonio exclusivo de las jefaturas.
Los juegos de poder se producen en todos los niveles de la organización: entre
gerentes y otros gerentes, entre gerentes y supervisores, entre supervisores y
equipos de trabajo, y también entre compañeros y compañeras. Allí donde hay
interdependencia, evaluación mutua, acceso desigual a recursos o necesidad de
validación, el poder aparece y, con él, la posibilidad de jugar.
Cambian las formas, cambian los
riesgos y cambian las consecuencias, pero la lógica es la misma: influir sin
exponerse del todo, coordinar sin comprometerse plenamente, mantener márgenes
de maniobra en contextos donde la claridad podría resultar costosa.
Tal vez por eso tantos esfuerzos
bien intencionados por “mejorar la comunicación” fracasan. Porque intentan
corregir con herramientas técnicas dinámicas que, en realidad, son de
naturaleza política.
Tal vez el desafío no sea elegir
entre coordinar bien o leer el poder, sino comprender que en las organizaciones
reales ambas cosas conviven en tensión permanente. La coordinación de acción
sigue siendo una herramienta valiosa, pero no opera en el vacío: se despliega
siempre dentro de tramas de poder que la habilitan, la distorsionan o la
castigan. Leer esos juegos no es para jugarlos mejor ni para denunciarlos
heroicamente, sino para no ser ingenuos frente a ellos. Porque allí donde
coordinar bien tiene costos, la lucidez no consiste en hablar más claro, sino
en entender qué está en juego antes de hablar.






