(Imagen elaborada por chatgpt)
Muchas veces me ocurre que
comienzo procesos de coaching ejecutivo y el gran tema es que mi coachee es un
gerente competente y capaz, pero algo ha ocurrido que lo saca de esa trayectoria:
una denuncia o investigación en el marco de la Ley Karin, dificultades de clima
con el equipo, una situación donde se desbordó emocionalmente u otros sucesos
similares.
Investigando sobre el tema
descubrí el concepto de “descarriladores del liderazgo” propuesto por Robert
Hogan. Me pareció una idea especialmente poderosa, ya que permite mirar
algo que ocurre con mucha frecuencia en las organizaciones: personas
talentosas, inteligentes, técnicamente competentes, que en algún momento de su
carrera comienzan a perder efectividad porque ciertos comportamientos
deterioran sus relaciones, su reputación o su liderazgo.
Hogan describe estos
descarriladores como comportamientos que aparecen especialmente bajo presión,
estrés, incertidumbre o conflicto, y que pueden degradar o incluso neutralizar
las competencias que una persona tiene. No estamos hablando necesariamente de
incompetencia. Al contrario, muchas veces se trata de personas con muchas
capacidades, con alta energía, ambición, orientación al logro y competencia
técnica, pero que tienen ciertos puntos ciegos que, si no son trabajados,
terminan transformándose en obstáculos importantes para su desarrollo de
carrera.
Por eso, los descarriladores
no son sólo un problema de personalidad ni de estilo interpersonal. Son también
un problema de carrera, porque afectan la confianza, la reputación y la
posibilidad de asumir responsabilidades mayores.
Fortalezas que se desbordan
Una de las ideas que más me
interesa de este tema es que muchos descarriladores no son simplemente
“defectos”. A veces son fortalezas que se han desbordado.
Una persona muy segura de sí
misma puede ser vista, en ciertos contextos, como alguien confiable, decidido y
capaz de tomar decisiones difíciles. Pero si esa seguridad se desborda, puede
transformarse en arrogancia, incapacidad de escuchar o dificultad para
reconocer errores.
Una persona muy cuidadosa
puede ser rigurosa, responsable y atenta a los detalles. Pero si ese cuidado se
desborda, puede transformarse en temor excesivo al error, lentitud para decidir
o evitación del riesgo.
Una persona muy orientada al
logro puede empujar resultados, movilizar energía y desafiar la mediocridad.
Pero si esa orientación se desborda, puede atropellar personas, descuidar
relaciones o construir equipos agotados.
Por eso, cuando hablamos de
desarrollo de carrera, no basta con preguntarse cuáles son los talentos.
También hay que preguntarse: ¿cuál es el lado oscuro de esos talentos?, ¿qué
precio pagan otros por esas fortalezas?, ¿qué me pasa cuando la persona está
bajo presión?, ¿qué conductas aparecen cuando siente miedo, amenaza, crítica o
pérdida de control?
Cuidado con tus virtudes
A propósito de las
fortalezas que se desbordan, hay dos enfoques que me parecen especialmente
útiles para entender este fenómeno. Uno es el de Robert
Kaplan y Robert Kaiser en Cuidado con tus virtudes. El otro es el de
Meredith
Belbin, en su trabajo sobre roles de equipo. Ambos, desde lugares
distintos, apuntan a una misma idea: nuestras fortalezas no son siempre
inocentes. Pueden ser una gran fuente de contribución, pero también pueden
transformarse en problema cuando se usan en exceso, fuera de contexto o sin
conciencia de su impacto.
Kaplan y Kaiser plantean que
muchas veces pensamos el desarrollo profesional sólo como superación de
debilidades, dejando nuestras fortalezas fuera de revisión. Sin embargo, las
fortalezas también tienen dos caras. Bien usadas, en el momento adecuado y con
la intensidad adecuada, pueden impulsar una carrera profesional. Pero usadas de
manera rígida, exagerada o fuera de contexto, pueden convertirse en una
limitación.
Tal vez sea una cuestión de
dosis. Una virtud, usada en su medida justa, agrega valor. Pero esa misma
virtud, cuando no se modula, puede transformarse en un problema. Una persona
persuasiva puede movilizar a otros, pero si se queda atrapada en esa virtud
puede dejar de escuchar. Una persona estratégica puede mirar lejos, pero si
exagera esa virtud puede descuidar la operación cotidiana. Una persona creativa
puede innovar, pero también puede terminar despreciando rutinas y acuerdos que
permiten que una organización funcione.
Kaplan y Kaiser plantean que
las virtudes muchas veces se organizan en pares complementarios, como lo
estratégico y lo operativo, o lo directivo y lo facilitador. El problema
aparece cuando el líder entiende estos pares como opuestos irreconciliables, en
vez de verlos como tensiones que necesita aprender a integrar. El liderazgo
efectivo no consiste en elegir siempre un lado, sino en desarrollar
versatilidad: saber cuándo tomar el mando y cuándo facilitar, cuándo mirar el
largo plazo y cuándo bajar a la operación, cuándo empujar y cuándo contener.
Belbin llega a una idea
parecida desde el trabajo en equipo. Su concepto de rol de equipo se refiere a
la manera en que una persona contribuye, se comporta y se relaciona con otros
en el trabajo. Lo interesante es que cada rol tiene una fortaleza, pero también
una posible debilidad asociada. Una persona puede ser muy creativa, muy
analítica, muy cohesionadora o muy orientada a la acción, pero cada una de esas
contribuciones tiene también un posible costo para el equipo.
Aquí aparece una distinción
especialmente valiosa: Belbin habla de “debilidades permitidas” y “debilidades
no permitidas”. Una debilidad permitida es el costo razonable de una fortaleza.
Por ejemplo, una persona muy creativa puede ser menos ordenada; una persona muy
orientada a terminar puede ser algo impaciente; una persona muy analítica puede
demorarse más en decidir. En esos casos, la debilidad puede ser tolerable si la
contribución principal agrega valor al equipo.
Pero también existen
debilidades no permitidas. Son aquellas que se desbordan y dejan de ser el
precio razonable de una fortaleza para convertirse en un problema real. La
creatividad deja de ser aporte cuando se transforma en desprecio por toda
regla. La orientación a resultados deja de ser aporte cuando atropella
sistemáticamente a otros. La capacidad analítica deja de ser aporte cuando
paraliza toda decisión. La preocupación por la armonía deja de ser aporte
cuando evita conversaciones difíciles.
Esta idea conversa muy bien
con los descarriladores del liderazgo. Muchas veces el problema no es que la
persona no tenga fortalezas, sino que no reconoce cuándo esas fortalezas
empiezan a producir daño. Lo que al comienzo era una contribución valiosa puede
transformarse en rigidez, exceso, ceguera o descuido de otras dimensiones
igualmente importantes.
Y aquí aparece una paradoja
dolorosa: la persona insiste en usar aquello que antes le dio resultado, pero
mientras más lo usa, menos le sirve. Como le va peor, lo usa con más fuerza.
Así entra en un círculo vicioso donde su virtud deja de ser virtud y se
transforma en descarrilador.
Por eso, desarrollar carrera
no implica sólo fortalecer lo que ya hacemos bien. También implica aprender a
modular nuestras virtudes, reconocer las debilidades permitidas asociadas a
nuestras fortalezas, evitar que se transformen en debilidades no permitidas y
desarrollar habilidades complementarias.
Debilidades fatales
Zenger
y Folkman aportan una mirada complementaria cuando hablan de “debilidades
fatales” del liderazgo. Su planteamiento es interesante porque, aunque valoran
mucho el desarrollo de fortalezas, advierten que hay ciertas debilidades que no
pueden ser ignoradas, ya que deterioran gravemente la percepción de efectividad
de un líder.
Entre estas debilidades
mencionan patrones como la incapacidad para aprender de los errores, la falta
de habilidades interpersonales esenciales, la falta de apertura a ideas nuevas,
la dificultad para asumir responsabilidad y la falta de iniciativa. Para estos
autores, poseer uno o más de estos patrones hace muy difícil que una persona
sea percibida como un líder efectivo.
Esta idea se parece mucho a
la noción de descarriladores de Hogan. No se trata sólo de no tener una
competencia técnica, sino de sostener patrones de comportamiento que dañan la
confianza, la colaboración, la credibilidad y la reputación. Un líder puede ser
inteligente, trabajador y técnicamente capaz, pero si no aprende de sus
errores, si no escucha, si no asume responsabilidad o si no muestra apertura a
ideas nuevas, su liderazgo se empobrece.
Esta mirada también permite
equilibrar el argumento anterior. Por una parte, es cierto que una fortaleza
puede desbordarse y transformarse en problema. Pero, por otra parte, también es
cierto que hay ciertas debilidades que no pueden simplemente relativizarse como
“estilos personales”. Algunas conductas producen daño, bloquean el aprendizaje
y erosionan la confianza. En esos casos, el desarrollo no consiste sólo en
ampliar fortalezas, sino también en hacerse cargo de aquello que está
deteriorando el propio liderazgo.
De experto a jefe: una
transición difícil
Muchas personas llegan a
cargos de jefatura porque han sido buenos profesionales, buenos técnicos o
buenos expertos. Han cumplido, han resuelto problemas, han sido responsables,
han mostrado criterio y compromiso. Entonces la organización les ofrece una jefatura:
a veces porque lo desean, a veces porque es la única vía visible de desarrollo,
y otras veces porque no hay nadie más disponible.
Pero convertirse en jefe no
es simplemente hacer más de lo mismo con más autoridad. Linda
Hill, en su trabajo sobre convertirse en jefe, plantea que la persona debe
desaprender hábitos y creencias que le sirvieron en una etapa anterior de su
carrera, para construir una nueva identidad profesional: la identidad
gerencial.
Esta idea es muy valiosa
porque muestra que asumir una jefatura no es sólo un cambio de cargo. Es
también un cambio de mirada sobre uno mismo, sobre el trabajo y sobre los
demás.
Aquí muchos profesionales se
encuentran con una dificultad importante: fueron promovidos por su competencia
técnica, pero ahora son evaluados por su capacidad de coordinar, influir,
conversar, retroalimentar, contener, negociar, resolver conflictos y desarrollar
a otros. Y si no aprenden esta transición, aparecen los descarriladores.
El experto que se transforma
en jefe puede volverse impaciente con quienes no saben lo que él sabe. Puede
hacer microgestión porque piensa que nadie lo hará tan bien como él. Puede
despreciar las conversaciones emocionales porque le parecen una pérdida de
tiempo. Puede evitar conflictos difíciles porque nunca necesitó enfrentarlos. O
puede usar el poder formal como si fuera suficiente para obtener compromiso.
Ser nombrado jefe otorga
atribuciones, pero no asegura liderazgo. El liderazgo requiere construir
confianza, desarrollar relaciones, aprender a influir y aceptar que aquello que
antes nos hizo exitosos puede necesitar ser revisado para seguir creciendo.
Autoliderazgo: la base de la
carrera
Ken
Blanchard distingue cuatro ámbitos del liderazgo: autoliderazgo, liderazgo
uno a uno, liderazgo de equipos y liderazgo organizacional. Me parece una
distinción útil porque permite mirar el liderazgo no como una cosa única, sino
como un fenómeno que se va complejizando.
El primer nivel es el
autoliderazgo. Y aquí aparece una idea simple, pero muy exigente: si una
persona no puede liderarse a sí misma, difícilmente podrá liderar bien a otras
personas.
El autoliderazgo está
fuertemente relacionado con el autoconocimiento. Implica mirar la propia
historia, las emociones, las fortalezas, los miedos, las motivaciones, los
valores y también las cegueras. En términos de la ventana de Johari, lo más
delicado suele estar precisamente en aquello que los demás ven de mí, pero que
yo no alcanzo a ver.
Los descarriladores viven
muchas veces en ese territorio. Los demás ven que una jefatura es agresiva,
distante, impulsiva, desconfiada, complaciente, arrogante o evasiva, pero la
persona no lo ve. O, si lo ve, lo justifica: “yo soy directo”, “yo soy exigente”,
“yo digo las cosas de frente”, “yo soy así”, “la gente es muy sensible”, “en
esta organización nadie quiere trabajar”.
Puede haber algo de verdad
en esas frases. Pero también pueden ser narrativas defensivas para no mirar el
propio impacto. Y aquí el desarrollo de carrera se vuelve algo mucho más
profundo que asistir a cursos o formarse profesionalmente. Se vuelve la capacidad
de aprender sobre uno mismo.
Liderazgo uno a uno, de
equipos y organizacional
El segundo ámbito del
liderazgo es el liderazgo uno a uno. Aquí los descarriladores tienen un efecto
muy visible, porque deterioran la confianza. La confianza se construye en la
historia de interacciones: cumplir promesas, pedir disculpas cuando corresponde,
escuchar, sostener conversaciones difíciles, ser justo, ser claro, no usar la
información en contra de las personas y no cambiar de criterio arbitrariamente.
Kouzes
y Posner han trabajado largamente la idea de credibilidad, destacando que
las personas buscan en sus líderes cualidades como honestidad, responsabilidad,
escucha, justicia, respeto, claridad de dirección y coherencia entre palabras y
actos. También subrayan que la credibilidad se evalúa en la conducta, no sólo
en el discurso.
Una jefatura técnicamente
competente, pero emocionalmente impredecible, puede generar temor. Una jefatura
inteligente, pero arrogante, puede generar distancia. Una jefatura muy
orientada a resultados, pero incapaz de reconocer a otros, puede generar resentimiento.
Una jefatura amable, pero evasiva frente a los conflictos, puede generar
desorden.
En todos estos casos, el
problema no es sólo “de estilo”, sino de carrera, porque esta se sostiene no
sólo en los logros individuales, sino también en relaciones, redes, confianza y
reputación. Por ello, en las organizaciones no basta con preguntarse “qué he
conseguido”, sino también “cómo es trabajar conmigo”.
El tercer ámbito es el
liderazgo de equipos. Liderar un equipo no es sostener muchas relaciones uno a
uno por separado. Es construir un sistema de trabajo compartido. Esto implica
conversar sobre propósito, roles, reglas, coordinación, conflictos, compromisos
y resultados. También implica entender que las personas no se comportan igual
individualmente que cuando forman parte de un grupo.
Los descarriladores pueden
afectar gravemente este nivel. El líder arrogante inhibe la participación. El
líder volátil vuelve inseguro el clima emocional. El líder evitativo deja que
los conflictos se pudran. El líder controlador reduce la autonomía. El líder
desconfiado instala una cultura defensiva. En estos casos, el equipo puede
seguir funcionando, pero con alto costo: menos franqueza, menos aprendizaje,
menos iniciativa, menos compromiso.
El cuarto ámbito es el
liderazgo organizacional. Aquí el desafío es aún mayor, porque se trata de
conducir una organización o una parte relevante de ella, mirando estrategia,
cultura, procesos, estructura, entorno y cambio. En este nivel, los descarriladores
se vuelven más peligrosos porque su impacto es sistémico. Un líder arrogante
puede construir una cultura donde nadie se atreve a decir la verdad. Un líder
desconfiado puede llenar la organización de controles innecesarios. Un líder
impulsivo puede empujar cambios sin suficiente reflexión. Un líder complaciente
puede evitar decisiones duras hasta que los problemas se vuelven inmanejables.
Mientras más alto se llega
en la carrera, más importante se vuelve la capacidad de mirar las consecuencias
indirectas del propio comportamiento. A nivel organizacional, los líderes no
sólo toman decisiones: también dan señales. Lo que miran, lo que premian, lo
que toleran, lo que callan y lo que castigan va configurando cultura.
Por eso el desarrollo de
carrera hacia niveles superiores no puede ser entendido sólo como acumulación
de experiencia. Requiere pensamiento estratégico, pensamiento sistémico,
sensibilidad política, capacidad conversacional y trabajo permanente sobre el propio
carácter.
Desarrollo de carrera:
avanzar sin descarrilar
Creo que una buena carrera
no es necesariamente la que llega más alto en la jerarquía. Tampoco es
necesariamente la que acumula más títulos, más cargos o más reconocimientos.
Una buena carrera es aquella donde una persona logra hacer una contribución valiosa,
desarrollar sus talentos, construir relaciones significativas y seguir
aprendiendo sin quedar atrapada en sus propias cegueras.
Algunos construirán esa
carrera como jefes o jefas. Otros como expertos o expertas. Otros combinarán
ambas trayectorias en distintos momentos. Lo importante es no confundir el
camino ni creer que una competencia sirve automáticamente para todos los contextos.
Si quiero ser jefe, necesito
desarrollar competencias de liderazgo, no sólo competencia técnica. Si quiero
ser experto, necesito profundizar mi saber, pero también cuidar mi reputación,
mi capacidad de colaboración y mi vigencia. Si quiero llegar a niveles
importantes en la organización, necesito aprender a pensar más allá de mi
tarea, de mi equipo y de mi propia agenda.
Y cualquiera sea el camino,
necesito mirar mis descarriladores para hacerme responsable de mi desarrollo.
No para culparme ni para avergonzarme, sino para entender qué patrones pueden
estar limitando mi crecimiento profesional.
A veces avanzar en la
carrera no consiste sólo en empujar más fuerte. A veces consiste en aprender a
soltar un estilo, una identidad, una forma de relacionarse o una manera de
ejercer el poder que alguna vez sirvió, pero que hoy ya no permite crecer.
Coaching y psicoterapia para
trabajar los descarriladores
Llegados a este punto, cabe
preguntarse: ¿cómo se trabajan los descarriladores? Porque no basta con saber
que existen. Tampoco basta con que alguien nos diga “tienes que escuchar más”,
“tienes que controlar tu carácter” o “tienes que ser menos controlador”. Ese
tipo de consejos puede ser cierto, pero muchas veces es insuficiente.
Los descarriladores suelen
estar asociados a patrones más profundos: modos habituales de defenderse,
formas aprendidas de relacionarse, miedos, heridas, creencias sobre uno mismo,
experiencias tempranas con la autoridad, necesidades de reconocimiento o maneras
de manejar la ansiedad. Por eso, trabajar un descarrilador no es simplemente
cambiar una conducta visible. Es aprender a mirar qué función cumple esa
conducta en la vida de la persona.
Un proceso de coaching
ejecutivo puede ser muy útil cuando el foco está puesto en el desempeño
laboral, el ejercicio de un rol, la relación con el equipo, la toma de
decisiones, la comunicación, la gestión de conflictos o el desarrollo de
carrera. El coaching ejecutivo puede ayudar a una persona a observar su
impacto, recibir retroalimentación, identificar patrones, ensayar nuevas
conversaciones, modular sus fortalezas y construir prácticas más efectivas en
el trabajo.
Zenger
y Stinnett, en El coach extraordinario, plantean que el coaching
ayuda a ampliar conciencia, descubrir mejores soluciones y tomar e implementar
mejores decisiones. También subrayan que un coach no se limita a dar consejos.
Esto me parece clave, porque los descarriladores rara vez se resuelven con
consejos. Se trabajan mediante conversaciones que permiten mirar la situación
actual, explorar una situación deseada y diseñar acciones concretas.
La psicoterapia, por su
parte, puede ser especialmente valiosa cuando los descarriladores están
vinculados a sufrimiento emocional, ansiedad, historia personal, vínculos
dañados, autoestima, impulsividad, rabia, dependencia, miedo al abandono,
necesidad excesiva de control u otros aspectos que exceden el ámbito
estrictamente laboral. En esos casos, trabajar sólo desde el rol puede quedarse
corto. La persona necesita mirar dimensiones más profundas de su experiencia.
Coaching y psicoterapia no
son lo mismo, aunque pueden ser complementarios. El coaching suele trabajar
desde el rol, los objetivos, las prácticas y el desempeño en un contexto
organizacional. La psicoterapia trabaja con mayor profundidad la historia personal,
el mundo emocional, los síntomas, los vínculos y los patrones subjetivos que
pueden estar afectando distintas áreas de la vida.
Lo importante es no
trivializar los descarriladores. No son simplemente “mañas”, ni “estilos”, ni
“formas de ser” imposibles de cambiar. Son patrones que pueden observarse,
comprenderse y trabajarse. Pero requieren disposición, humildad y práctica
sostenida.
Tal vez una pregunta
importante en el desarrollo de carrera no sea sólo: ¿hasta dónde quiero
llegar?, sino ¿qué tengo que aprender de mí mismo para no sabotear el lugar al
que podría llegar?





