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miércoles, 1 de julio de 2026

La especie fabuladora por Nancy Huston

 


Me gustó mucho el libro de Nancy Huston. No solo por lo que dice de la literatura, sino porque me volvió a dejar pensando en un tema que en este blog aparece una y otra vez: los seres humanos vivimos en medio de relatos. No solo contamos historias cuando escribimos una novela, vemos una película o recordamos algo de la infancia. Contamos historias todo el tiempo, incluso cuando creemos que estamos siendo perfectamente objetivos.

Esto conecta bien con lo que ya había comentado a propósito de La Fábrica de Historias, de Jerome Bruner; con Sapiens, de Yuval Noah Harari; y también con El poder de las palabras, de Mariano Sigman. Bruner ayuda a mirar cómo construimos sentido narrando. Harari lleva la idea a escala colectiva: cooperamos en grandes grupos porque somos capaces de creer en ficciones compartidas, como estados, dinero, religiones, empresas, leyes, banderas, marcas o instituciones. Sigman, por su parte, muestra cómo las palabras no solo describen lo que nos pasa, sino que también lo ordenan, lo vuelven visible y, a veces, lo transforman. Huston se instala en esa misma conversación, pero con una afirmación todavía más radical: somos una especie fabuladora.

La realidad también se cuenta

Una de las intuiciones centrales de Huston es que no somos únicamente animales racionales, sociales o lingüísticos. Somos animales que fabulamos. Necesitamos tomar hechos dispersos, emociones, recuerdos, accidentes, pérdidas, encuentros, decisiones, y convertir todo eso en una trama mínimamente inteligible.

Esto es importante porque solemos usar la palabra ficción como si fuera sinónimo de mentira. Decimos "eso es pura ficción" para descalificar algo. Huston no va por ahí. La ficción, en este sentido, no es simplemente lo falso. Es una construcción de significado, el modo en que ponemos orden donde, de otro modo, habría solo una sucesión de acontecimientos.

Nacemos, nos pasan cosas, envejecemos, perdemos personas, hacemos elecciones, acertamos, nos equivocamos. Todo eso podría quedar como una secuencia desordenada de eventos, pero no vivimos así. Necesitamos decir: esto me marcó, esto me cambió, esto explica por qué soy como soy. A veces esas historias ayudan a vivir. Otras veces terminan encerrando a la persona en ellas, y ahí es donde, muchas veces, empieza el trabajo de un coach.

El yo como cuento

Me parece muy sugerente la idea de que el yo también tiene estructura narrativa. Uno dice "yo soy así" como si estuviera describiendo algo objetivo, casi como informar la estatura o el grupo sanguíneo. Pero muchas veces lo que hace es repetir una historia que se fue sedimentando con los años. Soy responsable, soy el que sostiene a todos, soy el que nunca falla, soy el que siempre tiene que demostrar algo: me ha tocado escuchar esas frases, o variaciones de ellas, en más de una sesión de coaching, dichas con la misma seguridad con que alguien diría su fecha de nacimiento.

Ahí está el problema, porque cada una de esas frases selecciona unos hechos, deja otros afuera, interpreta lo ocurrido y anticipa lo que creemos posible. Por eso las historias personales no son inocentes: no solo explican lo que nos pasa, también orientan lo que hacemos después.

En coaching esto aparece todo el tiempo. La persona llega con un problema, pero muy pronto aparece también el relato desde el cual vive ese problema. A veces el trabajo no consiste en negar los hechos ni en inventar una versión optimista y liviana. Consiste en mirar si el cuento disponible todavía sirve, si es justo, si abre posibilidades o si ya se convirtió en una cárcel.

Las organizaciones también fabulan

Lo mismo ocurre en las organizaciones con las que trabajo. Una organización no está hecha solo de cargos, procesos, organigramas, reglamentos e indicadores. También está hecha de cuentos. Algunos son oficiales: la misión, la visión, los valores, la historia institucional, la promesa de marca. Otros circulan por debajo, en pasillos, reuniones chicas, conversaciones de confianza.

"Aquí nadie escucha". "Siempre ganan los mismos". "Mejor no decir nada". "Los directivos no entienden". "Los antiguos se creen dueños del lugar". Frases que he escuchado más de una vez en procesos de consultoría, casi siempre dichas al pasar, como si fueran un dato más y no una interpretación. Y no son adornos ni simples quejas: producen realidad, disponen a las personas de cierta manera, aumentan o reducen la confianza, facilitan o dificultan la colaboración. Antes de que alguien entre a una reunión, muchas veces ya entra acompañado de una historia sobre lo que va a pasar allí.

Por eso este libro conversa también con el post sobre Storytelling como estrategia de comunicación de Guillaume Lamarre, publicado hace poco en este blog, donde aparecía la idea de que una organización puede entenderse como una narración compartida. Harari le da todavía más fuerza a esa intuición: una organización funciona porque muchas personas aceptan ciertos nombres, cargos, promesas, reglas y símbolos. Cuando ese relato se sostiene, la cooperación se vuelve más probable. Cuando se rompe, pueden seguir existiendo contratos y estructuras, pero algo más profundo queda debilitado.

En una organización, una misma frase puede ser recibida como ayuda, control, crítica o amenaza dependiendo del relato previo donde cae. Por eso tantos problemas de convivencia no se resuelven solamente "aclarando los hechos". A veces los hechos están ahí, pero cada grupo los mira desde una historia distinta.

Cuando el miedo achica la historia

Huston muestra también el lado peligroso de nuestra condición fabuladora. Cuando las personas o los grupos se sienten amenazados, la historia suele hacerse más simple, más dura y más cerrada. Aparece rápido una estructura conocida: nosotros y ellos, buenos y malos, víctimas y culpables.

Esa simplificación tiene una utilidad emocional. Calma, ordena, reduce la incertidumbre, permite saber de qué lado está cada uno. Pero su costo es alto: empobrece la inteligencia colectiva y vuelve mucho más difícil conversar.

Esto se ve con nitidez en organizaciones bajo presión. Cuando hay crisis, sobrecarga, cambios mal explicados o desconfianza acumulada, las interpretaciones se endurecen rápido, y uno lo nota en el lenguaje mismo de las reuniones: ya no se habla de un problema de coordinación, sino de que "ellos no quieren colaborar"; ya no se dice que los roles están poco claros, sino que "nadie se hace cargo". Me ha tocado estar en salas donde se puede ver ese giro ocurriendo casi en tiempo real, frase por frase.

Relatos pobres y relatos más ricos

No se trata, entonces, de dejar de fabular. Eso sería imposible, no hay vida humana sin relatos. La pregunta es más bien qué calidad tienen las historias que estamos usando para entendernos.

Hay relatos pobres: reducen todo a una sola explicación, buscan culpables antes que procesos, repiten siempre la misma lectura, no toleran matices. Sirven para tranquilizarnos, pero al precio de volvernos menos lúcidos.

También hay relatos más ricos, que no niegan el conflicto ni el daño, pero miran más capas: reconocen que hubo negligencia y también falta de claridad, que hubo rabia y también una historia acumulada detrás, que hubo responsabilidad individual y también condiciones organizacionales que empujaron a actuar de cierto modo. Un relato más rico no es un relato blando. Al contrario, suele ser más exigente, porque impide refugiarse tan rápido en la comodidad de una sola causa y un solo culpable.

Conversar es construir sentido

Este punto me lleva a otra línea muy trabajada en este blog: las conversaciones. En Conversaciones cruciales aparecía la idea de que vivimos en mundos interpretativos. En Conversaciones difíciles se mostraba que los conflictos importantes no son solo técnicos, sino que están cargados de emociones, identidad y relación. Huston permite agregar algo más: conversar no es solo intercambiar información, es revisar las historias desde las cuales estamos viviendo una situación.

Cuando una organización conversa bien, no solo ordena datos. También examina interpretaciones. Distingue hechos, juicios, emociones y expectativas. Permite que una historia que operaba como rumor pueda ser mirada como hipótesis, que una etiqueta se vuelva discutible, que una versión demasiado cerrada se abra un poco.

Donde no hay conversación, las ficciones no desaparecen. Se vuelven subterráneas, y una historia que baja al subsuelo suele volver más rígida y más difícil de modificar. Hay aquí también un puente con Comunicación y Poder, de Manuel Castells: si el poder no se juega solo en la orden o en la sanción, sino también en la construcción de significado, entonces narrar, encuadrar, nombrar y conversar son prácticas profundamente organizacionales. A veces, incluso, prácticas políticas.

La literatura como entrenamiento moral

Huston defiende la literatura porque nos entrena en una capacidad cada vez más necesaria: entrar, aunque sea parcialmente, en la interioridad de otros. Una buena novela no obliga a estar de acuerdo con todos sus personajes, pero sí muestra que cada uno vive desde una trama propia. Desea algo, teme algo, justifica algo, oculta algo.

Esa capacidad tiene mucha importancia en la vida organizacional. El profesor que parece resistente, el directivo que parece distante, el administrativo que parece defensivo, el estudiante que parece indiferente: todos actúan desde algún relato de sí mismos, de los otros y de la situación. Comprender eso no significa justificar cualquier conducta. Significa juzgar mejor. Y en convivencia, liderazgo y coaching, juzgar mejor importa mucho.

Contarnos de nuevo

Quizás una de las preguntas más importantes para cualquier equipo sea esta: ¿qué historia estamos contando sobre nosotros mismos? A veces una organización se cuenta como víctima permanente, a veces como familia idealizada, a veces como institución excepcional que no necesita aprender. Cada una de esas historias produce efectos: algunas dan orgullo y continuidad, otras bloquean el aprendizaje, algunas protegen de la angustia, otras impiden asumir responsabilidad.

La tarea no es vivir sin relatos. La tarea es construir relatos más verdaderos en sentido humano: más amplios, más honestos, más matizados, más capaces de incluir la experiencia de otros y más abiertos a la posibilidad de cambio.

Nancy Huston nos recuerda que somos una especie fabuladora. No sé si la pregunta es tan elegante como "cuáles historias estamos dispuestos a creer". Creo que es más simple y más incómoda: qué historia estoy contando yo mismo hoy —en mi trabajo, en mi equipo—, y si esa historia todavía me sirve o ya tengo que revisarla.

domingo, 18 de abril de 2021

La Fábrica de Historias. Jerome Bruner

 


Hace unos días atrás terminé de ver una serie en netflix llamada Seven seconds. La historia es que un joven policía, Peter Jablonsky, recientemente asignado al equipo de narcóticos de, ¿cómo se dirá en EEUU?, la comisaría del Sur de Nueva York, va en auto, solo, camino a acompañar a su mujer embarazada al hospital hablando por teléfono mientras conduce y zaz choca con algo. Es un día frío, blanco, lleno de nieve, el lugar es solitario, un parque desde donde se puede ver la estatua de la libertad. El policía se baja del auto, hay una bicicleta bajo los neumáticos y sangre, no se ve nada más. Paralizado llama a su jefe, quien llega rápidamente con dos compañeros más y en cosa de segundos le dice que se vaya, que ellos se harán cargo. Hacerse cargo es que le sacan el tapabarro al auto de Peter, se llevan la bicicleta y dejan al adolescente atropellado tirado en medio de la nieve, asumiendo que está muerto.

Sigo con el cuento. Para mala suerte de ellos, le asignan el caso a una joven asistente de fiscal, K.J.Harper, una mujer buena para el trago y la juerga, adolorida de alma a más no poder, perdida, errática, la mejor candidata para enterrar el caso y acusar a un alcohólico ante el juez, alcohólico descubierto curiosamente cerca del lugar por el mismo equipo antidrogas. Y, cómo digo, para mala suerte de ellos, esta fiscal se asocia con un policía poco querido, pero de corazón grande, Joe Rinaldi, y empiezan a atar cabos hasta llegar a Jablonsky y sus compañeros.

Y, este es el punto al que quiero llegar. Una vez ante el juez y el jurado, la abogada defensora de los policías le dice a K.J. Harper, algo así como ¿qué cuento van a creer los jurados?, ¿el de la policía corrupta (toda la policía, ni siquiera unos policías) acusada injustamente por una abogada o el de un niño negro, gangster, vendedor de droga, muerto, quizás por sus propios compañeros de banda?

No cuento el final para que vean la serie, que me pareció muy bien hecha y con una participación brillante de Regina King que se ganó un premio por interpretar a la madre del niño.

Por eso que me ha parecido muy entretenido el trabajo de Jerome Bruner sobre la “Fabrica de Historias”, donde precisamente en el capítulo 2 expone los usos del relato en el ámbito del Derecho y la literatura. Similar a lo que cuento de la película, dice”un relato judicial es un relato contado ante un tribunal. Refiere alguna acción que, según una parte en litigio fue cometida por la otra, acción que ha perjudicado al acusado y ha violado una ley que prohíbe actos de esa índole. El relato de la parte contraria intenta rechazar la acusación presentando otra versión de lo sucedido, o bien afirmando que el hecho en cuestión no perjudicó al acusado ni violó la ley escrita”.

Por supuesto que esto de contar historias no es único ni exclusivo del ámbito judicial. Los propios hijos hacen lo mismo cuando vienen con el cuento que uno molestó al otro o lo ofendió de alguna manera y el otro, narra a su vez que no fue así como sucedió sino que el otro hermano hizo algo primero y el sólo respondió, buscando cada cual que la mamá o el papá le dé la razón. Se me ocurre que lo mismo pasa ante un juez, a quien suponemos neutro y por sobre las historias particulares capaz de dar un veredicto y, alejar la violencia y la justicia de propia mano, lo que también es una historia que nos contamos acerca de los jueces, el sistema judicial, lo correcto, lo legal y muchas otras cosas más.

Todas las historias tienen al menos dos versiones (pueden tener muchas más dependiendo de los directamente involucrados o incluso de los no directamente involucrados), lo que me hace recordar la historia de caperucita y el lobo contada por el lobo, lo que me hace pensar también que siempre tenemos el legítimo derecho al escuchar una historia de creerla por venir de quien viene y de dudar de ella precisamente por venir de alguien que tiene emociones, sesgos e intereses en contar lo que cuenta.

Hace unos días atrás vi una charla Ted de Mónica Lewinsky, donde cuenta “su historia” y me emocioné muchísimo escuchándola, ya que hasta ahora solo había leído la historia simplista de la practicante que “se metió” con el Presidente Bill Clinton, una historia machista, vergonzosa y parcial. Me sorprendió como Mónica Lewinsky, valientemente, narra los hechos desde otra perspectiva, cuenta su dolor, pero, por sobre todo, hace un llamado a combatir el ciberbullyng.

Por supuesto que no hay una historia verdadera, siempre una historia tiene hechos e interpretaciones. A veces incluso lo que para alguien es un hecho para el otro puede no serlo. Basta ver lo que ocurrió en Chile hace un tiempo atrás cuando en una manifestación en la plaza Baquedano un policía “empuja” a un joven al río o “choca con él mientras ambos corren” y este cae al río. ¿Cuál es el hecho?, ni siquiera cual es la interpretación. Bueno, depende de quien observa y de qué historias tiene sobre Chile, la política, los eventos de octubre de 2019, si es afín o contrario al gobierno, si votó por Piñera, Guillier o por Sánchez y muchísimas cosas más.

Esta naturaleza narrativa tan propia del ser humano lleva Bruner a proponer como construimos el Yo, a partir de los relatos que contamos de nosotros mismos, acerca de quien somos y qué somos, qué sucedió y por qué hacemos lo que hacemos. El Yo no es una esencia que exista en alguna parte de nuestro cerebro sino que es producto de nuestros relatos, los que dependen de la cultura, de la familia, nuestra historia personal, nuestros recuerdos, sentimientos, creencias, etc y que además son dinámicos, van cambiando en el transcurso del tiempo.

Por eso que creo que el liderazgo, la comunicación de todo tipo, la psicoterapia y el coaching serán cada vez más importantes, ya que en una época turbulenta, de cambios acelerados, de cambio tecnológico, de conflicto social, desarrollar la capacidad de revisar nuestros cuentos es fundamental, no para cambiarlos por cambiarlos sino que para contar con historias que nos permitan abrir posibilidades y sentirnos más felices.

Por eso que también nos duele perder la memoria y que nuestros seres queridos comiencen a perderla como cuando alguien tiene alzhéimer, pues se empieza a apagar aquello propiamente humano que es contar historias y contar historias sobre nosotros mismos, nuestra identidad.

Por eso que también las grandes guerras del pasado, presente y futuro no son solo de espadas, cañones o misiles, son competencias por relatos alternativos, que hagan comprensible la vida humana, los sistemas políticos, económicos, la organización familiar y tantas otras cosas.

Por eso que también en una sociedad compleja debemos admitir la posibilidad de narraciones diversas y distintas, aceptando, en mi opinión que ello es así no más, con una sola condición, excluir la violencia entre los seres humanos, pues me parece que si bien es una narrativa posible, entender al que tiene un cuento distinto como enemigo, no humano o cualquier otra cosa parecida debiera estar excluido. Creo que para nuestro país es cada vez más necesario contarnos una historia distinta de la que venimos contándonos hace 50 o más años, los buenos y los malos, los patriotas y los traidores, los dueños de la verdad y los mentirosos, los amigos y los enemigos del pueblo, los idealistas y los amarillos. Necesitamos una historia más grande donde quepamos todos y donde podamos resolver las diferencias de un modo no violento.

Encontré una presentación preezy muy bien hecha donde se presenta un resumen del libro de Jerome Bruner. En https://prezi.com/1wcc80lneezk/la-fabrica-de-historias/


miércoles, 27 de mayo de 2020

Sapiens de animales a dioses. Yuval Harari




Estoy trabajando en un libro sobre trabajo colaborativo para equipos de trabajo y buscando fuentes que me permitieran fundamentar la importancia de la colaboración me acordé de este hermoso libro de Yuval Harari. He citado antes a este autor en este blog con sus trabajos sobre Homo Deus y sobre 21 lecciones para el siglo XXI.

Harari narra en los primeros capítulos la evolución de la especie humana destacando varios hitos evolutivos y extendiéndose sobre el largo periodo en que los humanos fuimos cazadores recolectores para quedarse otro largo rato en lo que llama la revolución agrícola. A continuación de aquello avanza hacia el presente siguiendo lo que llama la flecha de la historia para llegar a hablar de la singularidad.

Por supuesto que otros libros de historia narran con muchísima mayor profundidad muchos de los eventos que cuenta Harari, incluyendo la narración de acontecimientos históricos que él pasa por alto, sobre todo de lugares no occidentales. Creo que el valor de su trabajo no está en dicha narración únicamente sino que en el marco interpretativo que agrega a la historia, el que me parece destacable y en mi ingenuidad histórica novedoso.

¿Por qué el chimpancé humano, que era una especie menor, sin ninguna cualidad especial, que probablemente comía carroña o lo que dejaban botado otros predadores mayores en la sabana se ha convertido en el dueño del mundo?, ¿por qué el ser humano pesa tanto, de manera simbólica y de manera real, en el planeta respecto de otros animales?.

Y la respuesta que da me parece súper interesante de considerar. Porqué los sapiens desarrollamos capacidad de colaboración flexible a gran escala (dado el lenguaje y las capacidades cognitivas que ello conlleva)

Muchas otras especies colaboran, está lleno de ejemplos de aquello, como las hormigas, las abejas, los elefantes, los chimpancés y muchas más. Sin embargo o colaboran a baja escala, solo con conocidos y miembros de la misma colonia o colaboran de manera inflexible, siguiendo siempre las mismas pautas, razón por la que tienen dificultades adaptativas si cambia el entorno o las condiciones.

Los seres humanos somos capaces de colaborar en grandes cantidades, incluso con personas completamente desconocidas, con las que no tenemos un vínculo de ninguna naturaleza más allá de ser miembros de la misma especie. Y, además somos capaces de colaborar flexiblemente, adaptando la colaboración a circunstancias climáticas, geográficas, políticas, etc.

¿Cómo fue posible esto? Según su opinión esto se debió al desarrollo del lenguaje y la revolución cognitiva, que permitió distanciarse del aquí y del ahora y crear “mundos imaginarios”, discursos, mitos, narrativas, en definitiva, espacios de interpretación que salen de la realidad física circundante inmediata y hacen posible la cooperación. Estos mundos imaginarios no son “mundos falsos”, sino que son construcciones de sentido.

Un ejemplo de esto sería pedirle a un chimpancé que nos de sus frutas ahora y le entreguemos un “vale” que recibirá “en la otra vida” el doble de las frutas que nos dio. Posiblemente, si entendiera el lenguaje, nos miraría con sorpresa y difícilmente haría lo solicitado. En cambio los seres humanos hacemos muchas acciones similares por la patria, dios, el partido político, el club de futbol, la familia y otras más.

En este sentido la perspectiva de Harari es que los seres humanos creamos mundos de sentido, como patria, dios, partido político, club de futbol, familia, etc y luego usamos este sentido para coordinar nuestras acciones, alejándonos de la inmediatez del mundo físico.

Uno de los ejemplos que da son los estados modernos. Un estado es un cuento, una narración. Han sido inventados a partir de algunas condiciones geográficas como el territorio, alguna condición como el idioma común, y están llenos de mitos: banderas, canciones, héroes. A partir del cuento del estado, las personas colaboran, respetan sus leyes, pagan sus impuestos, educan a sus hijos, realizan el servicio militar, pueden hasta pelear en guerras contra gente de otros estados igual de imaginarios.

El dinero es otro ejemplo. El dinero es un papel o moneda con timbres, sellos, figuras a la que le asignamos valor y nos permite coordinar la acción. De hecho, el dinero tiene valor porque todos creemos en él y como creemos en él, trabajamos días, semanas o meses para recibir un papel, que confiamos le podremos entregar a alguien a cambio de alimentos. El dinero genera colaboración porque todos creemos en él incluyendo a quienes desprecian el capitalismo.

¿Han cambiado los cuentos que nos contamos a través del tiempo?. Sí, y seguramente lo seguirán haciendo. El futuro es un libro abierto a nuevas interpretaciones. Es posible por ejemplo que en el futuro hayan nuevos estados o un estado mundial. Es posible que emerjan nuevas religiones que crean en quizás que. Es posible que nuestras ideas científicas cambien. Lo que no cambiará es nuestra capacidad de contarnos cuentos y generar a partir de ellos nuevos espacios de colaboración.

A nivel organizacional creo que las ideas de Harari tienen muchísimos alcances. Las organizaciones también cuentan historias acerca de cuál es su misión o propósito y gracias a ello generan el alineamiento de personas que coordinan su conducta para trabajar por ese propósito.

Los invito a leer este libro de Harari, interesante descubrimiento más allá de las puras lecciones de historia.