Cuando pienso en lo que me gustaba de niño, destaco la literatura.
Recuerdo haber tenido algo así como once años y haber leído, en unas vacaciones
de invierno, El Corsario Negro de Emilio Salgari. Qué manera de
trasladarme hacia los mundos del Caribe, tomar sopa de tortuga, pelear con
caimanes, navegar en medio de la tormenta, conquistar el corazón de Honorata de
Wan Guld y sufrir por el juramento que hace el corsario contra su peor enemigo,
el holandés.
Hay algo misterioso en el hecho de que un libro leído hace décadas siga
vivo en la memoria. No necesariamente por sus
argumentos, sino por sus imágenes, sus personajes, sus escenas y las emociones
que experimenté con su lectura
Por eso, cuando leo sobre storytelling y empiezo a reconocer la
estructura de los cuentos, de las películas, de las marcas y también de la vida
cotidiana, me sorprende la conexión que existe entre la literatura y la
experiencia humana. Contamos historias para entretenernos, claro, pero no solo
para eso. Contamos historias para ordenar lo que nos pasa, para darle forma al
desorden, para explicar quiénes somos, para justificar decisiones, para
imaginar futuros posibles.
Somos seres narrativos
Hace algún tiempo escribí en este blog sobre La fábrica de historias de Jerome Bruner, donde se reflexiona sobre una idea que me
parece fundamental: los seres humanos no vivimos simplemente en medio de
hechos, sino en medio de relatos. Algo ocurre, sí, pero luego necesitamos
interpretarlo, insertarlo en una secuencia, encontrar causas, intenciones,
responsabilidades, consecuencias. No nos basta con los hechos desnudos,
queremos saber qué significan.
En cierto modo, somos animales narrativos. Vivimos contándonos cuentos
acerca de nosotros mismos, de los demás, de nuestras organizaciones, de nuestro
país, de nuestro pasado y de nuestro futuro. Algunos cuentos nos abren
posibilidades y otros nos las quitan.
Yuval Noah
Harari, en Sapiens, lleva esta idea a otra escala. Su tesis es que los seres humanos
pudimos cooperar en grandes grupos porque aprendimos a creer en historias
compartidas. No solo historias personales, sino relatos colectivos: dioses,
naciones, dinero, leyes, empresas, derechos, marcas, instituciones. Muchas de
esas cosas no existen como una piedra o un árbol, pero existen porque creemos
en ellas y actuamos en consecuencia. Desde esa perspectiva, una organización
también puede entenderse como una narración compartida: un conjunto de personas
que acepta ciertos nombres, cargos, promesas, reglas, propósitos y símbolos.
Cuando ese relato se sostiene, la cooperación se vuelve posible. Cuando se
rompe, quedan los contratos y los organigramas, pero se debilita algo más
profundo.
También he comentado ideas cercanas a propósito de Mariano Sigman y El poder de las palabras. Si Harari muestra el
poder colectivo de los relatos, Sigman permite mirar algo más cotidiano: la
manera en que las palabras moldean nuestra experiencia inmediata. Con ellas describimos la realidad, pero también
la empujamos en alguna dirección. Una persona que se dice “yo no sirvo para
liderar”, un equipo que repite “aquí nadie se compromete”, una organización que
se convence de que “siempre hemos sido así”, no está haciendo solo una
descripción objetiva, está viviendo dentro de una historia.
Desde ahí me interesó leer Storytelling como estrategia de
comunicación, de Guillaume Lamarre. El libro se presenta como un manual
práctico. Habla del poder de las historias, de las marcas, de las
características de una buena narración, de su anatomía interna y de algunas
herramientas para escribir mejor. Es un libro aplicado, pensado para comunicar,
pero debajo de esa capa práctica hay una intuición más profunda.
Lamarre sostiene que contar historias es una capacidad humana antigua.
Hemos sobrevivido, entre otras cosas, porque aprendimos a narrar: a compartir
experiencias que otros no habían vivido, a advertir peligros, a transmitir
aprendizajes, a imaginar posibilidades. Las pinturas rupestres, vistas así, no
eran mera decoración. También podían ser memoria, advertencia, enseñanza,
escena compartida.
Esa idea —que el storytelling forma parte de nuestra manera humana de
estar en el mundo— tiene consecuencias prácticas. Si las historias funcionan,
no es porque sean un truco retórico, sino porque responden a algo profundo en
quien escucha. Por eso también se nota tanto cuando están mal usadas. Una
historia impostada, vacía, demasiado diseñada para emocionar o convencer,
produce rechazo. El lector, el espectador, el cliente, el colaborador o el
alumno suelen detectar con bastante rapidez cuándo les están vendiendo una
épica falsa.
Y aquí aparece una conexión que me interesa especialmente con el
liderazgo y el coaching. Un líder no solo administra recursos, coordina tareas
o revisa indicadores. También propone una lectura de lo que está ocurriendo.
Ayuda a interpretar el presente, recuerda una historia compartida, nombra los
desafíos, anticipa un futuro posible y convoca a otros a moverse hacia allá.
Liderar, en parte, es narrar.
Por supuesto, esto puede usarse mal. Se puede envolver cualquier
decisión en una historia emotiva para hacerla pasar por propósito. Se puede
disfrazar la manipulación de relato inspirador. Pero ese es justamente el mal
storytelling. La buena narración no reemplaza la verdad; la necesita. No sirve
para tapar la realidad, sino para hacerla más comprensible.
La información ayuda, por supuesto. Pero rara vez basta. Para moverse,
las personas necesitan entender en qué historia están participando.
Las características de una buena historia
Lamarre se apoya en Chip y Dan Heath, autores de Ideas que
pegan, para identificar algunas cualidades que hacen que una historia
quede dando vueltas en la memoria. Esta parte del libro me pareció útil porque
ordena algo que uno intuye como lector, profesor, consultor o coach: hay
historias que pasan y desaparecen, y otras que permanecen durante años.
La primera cualidad es la simplicidad. Una buena historia tiene
un centro. No intenta decirlo todo. Lamarre recuerda la campaña de Bill Clinton
de 1992, cuando uno de sus estrategas escribió en una pizarra: “Es la economía,
estúpido”. La frase funcionaba como una brújula. Cada vez que la campaña se
dispersaba, permitía volver al punto.
Eso también pasa en las organizaciones. Muchos equipos directivos creen
que comunican mejor cuando agregan más elementos: propósito, visión, misión,
valores, pilares, prioridades, focos estratégicos, proyectos, indicadores. Todo
junto, todo importante, todo urgente. El resultado suele ser una especie de
niebla. Cuando se dicen diez cosas al mismo tiempo, muchas veces no se dice
ninguna. Una historia necesita foco. Necesita que algo quede claro.
La segunda cualidad es la sorpresa. El peor pecado de quien
cuenta una historia es decir algo que el público ya sabe exactamente como ya lo
sabe. Lamarre usa el ejemplo de Hitchcock promoviendo Psicosis con
carteles que prohibían la entrada a quienes llegaran tarde. Con eso transformó
la propia campaña en una experiencia narrativa. El público no solo iba a ver
una película; entraba en una regla, en una tensión, en una expectativa.
La sorpresa no tiene que ser un efecto especial. A veces basta con
desplazar la mirada. En coaching ocurre mucho. Una persona dice: “mi equipo no
se compromete”. Podríamos seguir esa línea y hablar del equipo, de sus
defectos, de sus resistencias. Pero una pregunta puede mover la escena: “¿qué
haces tú que podría estar contribuyendo a esa falta de compromiso?”. La
pregunta incomoda un poco, pero abre otro relato. Ya no estamos mirando solo al
equipo. También aparece el modo de liderar.
La tercera cualidad es la concreción. Los detalles específicos
son los que fijan una historia en la memoria. No basta con decir que alguien
era muy alto; hay que decir que no podía cruzar una puerta sin agacharse. No
basta con decir que un equipo estaba desmotivado; hay que mostrar la reunión
donde nadie prende la cámara, nadie pregunta nada y todos parecen esperar que
termine luego. La abstracción explica. La escena se queda.
El lenguaje organizacional suele perderse precisamente ahí. Hablamos de
alineamiento, compromiso, accountability, cultura, innovación, colaboración.
Son palabras importantes, pero también pueden volverse humo. ¿Cómo se ve la
colaboración cuando ocurre? ¿Qué hace una persona comprometida un lunes a las
nueve de la mañana? ¿Qué conversación está evitando un jefe cuando dice que
tiene un problema de accountability? Las historias aterrizan las palabras
grandes en escenas pequeñas.
La cuarta cualidad es la verosimilitud. Toda historia establece
un pacto con su público. No importa si aparecen extraterrestres, autos que
hablan o superhéroes. Lo que importa es que el relato sea coherente con el
mundo que ha creado. Cuando esa coherencia se rompe, la historia pierde fuerza
de inmediato.
En las organizaciones pasa lo mismo. Una empresa puede declarar que las
personas están al centro, que la confianza es fundamental, que se valora la
innovación o que el error es una fuente de aprendizaje. Pero si después castiga
cualquier desviación, si no escucha, si humilla a quien se equivoca, el relato
se cae. La gente deja de creer no necesariamente por cinismo, sino porque
percibe la distancia entre la historia declarada y la historia vivida.
La quinta cualidad es la emoción. Lamarre la trata con cuidado, y
creo que hace bien. Las historias pueden emocionar, pero la emoción no se
fabrica de manera directa. Cuando alguien intenta emocionar demasiado, suele
sonar falso. La emoción aparece como consecuencia de haber construido bien una
escena, de haber mostrado un conflicto verdadero, de haber tratado a los
personajes con honestidad.
Esto vale para una clase, una presentación, una conversación de
retroalimentación o una sesión de coaching. Si alguien intenta emocionar, se
nota. En cambio, cuando habla desde una experiencia real, cuando muestra una
dificultad, cuando reconoce una duda, cuando se atreve a decir algo verdadero,
la emoción suele aparecer sola. No porque haya sido manipulada, sino porque
había algo humano en lo contado.
La anatomía de una historia
La parte que más me interesó del libro es aquella donde Lamarre desarma
la estructura interna de una historia. Habla del tema, la trama, las escenas
obligatorias y los personajes.
El tema es el mensaje de fondo. Aquello que la historia demuestra
sin decirlo explícitamente. En E.T., por ejemplo, el tema tiene que ver
con aprender a ponerse en el lugar del otro. En Breaking Bad, con la
manera en que las circunstancias, las decisiones y las relaciones pueden
transformar radicalmente a una persona.
Pensé en cuántas presentaciones organizacionales fracasan porque tienen
datos, pero no tienen tema. Tienen gráficos, indicadores, diagnósticos, planes
de acción, pero no una pregunta de fondo. No se sabe qué quieren mostrar
realmente. Uno escucha, entiende partes, pero no alcanza a ver la historia.
Falta una línea que ordene el conjunto.
La trama es lo que
mantiene unido todo lo demás. Lamarre propone cinco arquetipos que aparecen una
y otra vez en la literatura, el cine, la publicidad y la comunicación de
marcas.
“Vencer al dragón” —Star Wars, James Bond, el anuncio
“1984” de Apple— es probablemente la más reconocible: alguien debe enfrentar
una amenaza que pone en peligro el equilibrio del mundo. “El renacimiento”
—Blancanieves, el anuncio del avestruz de Samsung— narra la caída de un
personaje bajo un hechizo o una ilusión, y su posterior despertar. “La
búsqueda” —El señor de los anillos, Indiana Jones— pone al
protagonista en camino hacia una meta. “El viaje” —La Odisea, Robinson
Crusoe, Náufrago— muestra el descubrimiento de uno mismo a través
del desplazamiento. Y “de la miseria a la riqueza” —Cenicienta, Rocky—
narra el ascenso del personaje improbable.
Pero ninguna trama funciona en abstracto. Siempre necesita un personaje.
Alguien que quiere algo, que teme algo, que no sabe del todo lo que le pasa o
que debe atravesar una transformación. Lamarre recuerda que una historia no
avanza porque ocurran muchas cosas, sino porque esas cosas le ocurren a
alguien. Y ese alguien nos importa cuando reconocemos en él una tensión humana:
deseo y miedo, ambición y culpa, valentía y fragilidad, lucidez y autoengaño.
En ese sentido, el personaje no es simplemente quien aparece en la historia. Es
el lugar donde la historia se vuelve humana.
Lo interesante es que estas tramas y estos personajes no viven solo en
las películas. También circulan por las organizaciones. Una transformación
digital puede contarse como “vencer al dragón”, donde el enemigo es la
obsolescencia, la burocracia o la pérdida de competitividad. Pero también
necesita personajes: directivos que dudan, equipos que resisten, personas que
temen quedar atrás, líderes que tienen que aprender a conducir algo que no
controlan del todo. Un cambio cultural puede parecerse a un renacimiento: una
organización necesita despertar de una forma antigua de funcionar. Una carrera
profesional puede vivirse como búsqueda: alguien intenta encontrar un lugar más
coherente con sus talentos y valores. Un proceso de coaching muchas veces tiene
la forma de un viaje: la persona parte creyendo que el problema está afuera y
termina descubriendo algo sobre sí misma.
Lamarre agrega una idea que me pareció muy buena: cada trama trae escenas
obligatorias. Hay pasajes que el público espera, aunque no los formule. En
“vencer al dragón”, por ejemplo, hay que mostrar al monstruo, luego la llamada
al héroe, el entrenamiento, un primer combate que casi se gana, otro que se
pierde y finalmente el enfrentamiento decisivo. Si esas escenas no aparecen,
algo se siente incompleto.
En el coaching ejecutivo también hay escenas obligatorias. Tiene que
haber un motivo de consulta, una situación actual, una situación deseada, una
toma de conciencia, conversaciones difíciles, ensayos, recaídas, aprendizajes y
nuevas prácticas. Cuando alguien espera que el coaching sea solo recibir
consejos, se está saltando la escena principal: mirar de otra manera aquello
que está viviendo y hacerse responsable de acciones nuevas.
En el liderazgo ocurre algo parecido. No basta con declarar una visión.
Hay que mostrar por qué importa, qué amenaza o desafío enfrentamos, qué se
perdería si no cambiamos, qué fortalezas tenemos, qué papel juega cada uno y
cómo sabremos que estamos avanzando. Una estrategia puede ser técnicamente
correcta y, aun así, no convocar a nadie. Le falta relato. Le falta tensión. Le
falta una razón para moverse.
Todo esto descansa sobre una idea bastante simple: una historia necesita
conflicto. No basta con que exista un personaje; tiene que haber una tensión
que lo ponga en movimiento. Quiere algo, encuentra obstáculos, duda, insiste,
retrocede, aprende, y no sabemos del todo si lo logrará. Sin conflicto no hay
historia; hay información. Y la información, cuando no se organiza
narrativamente, suele pasar más rápido por la memoria.
Por eso las historias importan tanto en las conversaciones humanas.
Cuando alguien llega a coaching y dice “estoy agotado”, rara vez trae solo un
dato. Trae una historia de exigencia, reconocimiento, miedo, lealtad, culpa,
poder, expectativas propias y ajenas. El trabajo no consiste simplemente en
decirle qué hacer. Muchas veces consiste en ayudarle a escuchar la historia que
se está contando y preguntarse si esa historia todavía le sirve.
Storytelling, liderazgo y coaching
La conexión entre Lamarre y el liderazgo me parece bastante directa. La
historia permite construir propósito. No reemplaza la gestión, ni la técnica,
ni los indicadores. Pero les da dirección. Un equipo puede saber qué tiene que
hacer y, aun así, no entender por qué importa. Puede tener tareas, pero no
horizonte. Puede tener metas, pero no relato.
En el liderazgo uno a uno, las historias aparecen en las
conversaciones de confianza. Cada persona trae una narración sobre su carrera,
sus talentos, sus fracasos, sus miedos, su relación con la autoridad, su manera
de ocupar el poder. Escuchar esas historias no significa psicologizarlo todo.
Significa comprender mejor desde dónde actúa cada persona.
En los equipos ocurre algo parecido. Un equipo no es solo un
grupo de personas que trabaja junto. También es una narración sobre “quiénes
somos”, “cómo hacemos las cosas aquí”, “qué nos ha costado”, “qué hemos
logrado”, “qué no queremos volver a repetir”. Algunos equipos viven atrapados
en historias de derrota. Otros se inflan con historias de superioridad. Los más
maduros, quizás, logran construir relatos donde caben los logros, los errores y
los aprendizajes.
En coaching, la relación con el storytelling es todavía más directa.
Muchas veces el coachee no necesita que alguien le entregue una solución desde
afuera. Necesita descubrir que estaba atrapado en un relato estrecho: “no puedo
decir que no”, “si delego pierdo control”, “mi equipo no está preparado”,
“tengo que demostrar siempre que puedo”, “si muestro vulnerabilidad pierdo
autoridad”.
El cambio comienza cuando esa historia puede ser mirada como historia y
no como realidad absoluta. No porque sea necesariamente falsa. Puede tener
muchos elementos verdaderos. Pero quizás no es la única historia posible. Y
cuando aparece otra forma de narrar, también aparece otra forma de actuar.
Conclusión
Este libro me recordó algo que uno sabe, pero olvida con facilidad: las
historias son una de las formas más profundas de comunicación. Sirven para
pensar, recordar, coordinar, aprender, liderar y cambiar.
Salgari lo
sabía. También lo saben Apple, Pixar y los guionistas de Hollywood. Y debieran
saberlo los gerentes, los profesores, los consultores, los coaches, los jefes
de equipo y cualquier persona que necesite influir legítimamente sobre otros.”
Quizás por eso algunas historias se nos quedan pegadas desde la
infancia. Porque no solo nos dijeron algo. Nos ayudaron, por un momento, a
mirar el mundo de otra manera.

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