Un cliente me solicitó reunirme
con todo el equipo de colaboradores de la empresa para sensibilizarlos respecto
de la aplicación del cuestionario de riesgos psicosociales CEAL – Suseso. Me
pidió especialmente transmitir que contesten con franqueza sus opiniones
respecto de cómo ven a la empresa, para poder usar la información obtenida como
oportunidad de mejora. Estas son algunas de mis reflexiones.
Hablar hoy de riesgo psicosocial
en el trabajo no es una cuestión secundaria ni una exigencia meramente
normativa. Es, cada vez más, una conversación estratégica sobre cómo las
organizaciones logran sus resultados sin deteriorar la salud, la motivación y
la dignidad de las personas que las conforman.
La aplicación del cuestionario
CEAL se inserta precisamente en este desafío. No busca evaluar individuos, sino
abrir una mirada colectiva sobre las condiciones de trabajo y la forma en que
la organización está siendo vivida por quienes trabajan en ella. Comprender
esto es clave para responder el cuestionario con sentido y para aprovechar sus
resultados como una verdadera herramienta de mejora.
Una organización
Una organización
puede definirse como un conjunto de personas que comparten un propósito,
diferencian funciones, coordinan acciones y permanecen en el tiempo. Sin
embargo, lo que realmente da forma a la experiencia laboral cotidiana no es la
definición abstracta, sino la vivencia de cómo se coordina el trabajo para lograr ese propósito
compartido.
Organizar el trabajo implica
tomar decisiones —explícitas o implícitas— sobre cómo se distribuyen las
tareas, cómo se gestionan los tiempos, cómo se asignan los recursos y cómo se
entrega retroalimentación. Estas decisiones impactan directamente tanto en los
resultados que se obtienen como en la calidad de las relaciones internas.
Tarea, coordinación y
trabajo reflexivo: una distinción clave
En su libro “La
empresa emergente” Rafael Echeverría propone una distinción especialmente
útil para comprender cómo funciona el trabajo en las organizaciones. Todo
trabajo efectivo combina tres dimensiones:
- Trabajo de tarea individual, donde cada persona ejecuta acciones específicas asociadas a su rol.
- Trabajo de coordinación, que permite articular los esfuerzos individuales a través de compromisos, promesas, pedidos y ofertas.
- Trabajo reflexivo, orientado a observar, evaluar, aprender y rediseñar la forma en que se está trabajando.
Muchas dificultades
organizacionales no se originan en la tarea misma, sino en fallas de
coordinación o en la ausencia de espacios de reflexión. Cuando el trabajo
reflexivo desaparece —por presión de tiempo o exceso de urgencia— los problemas
se repiten, la carga subjetiva aumenta y el malestar se acumula.
La importancia del trabajo
reflexivo ha sido ampliamente desarrollada también por Chris Argyris, quien
mostró cómo muchas organizaciones operan atrapadas en rutinas defensivas que
dificultan el aprendizaje. Cuando los errores, tensiones o sobrecargas no pueden
ser conversados abiertamente, las personas aprenden a adaptarse en silencio, a
protegerse y a evitar conversaciones incómodas. El resultado no es la ausencia
de problemas, sino su invisibilización, una suerte de hipocresía organizacional.
Desde esta mirada, instrumentos
como el CEAL pueden funcionar como una oportunidad para interrumpir esas
rutinas defensivas, poniendo sobre la mesa temas que de otro modo quedarían
fuera de la conversación. La clave no está solo en medir, sino en qué hace la
organización con esa información: si la utiliza para justificar lo que ya hace
o si la asume como una invitación a revisar supuestos, prácticas y formas de
coordinación que pueden estar generando desgaste innecesario.
Resultados y relaciones:
dos dominios inseparables
En la misma línea, Laura
Bicondoa plantea que la gestión organizacional siempre ocurre en dos
dominios simultáneos: el dominio de los Resultados y el dominio de las
Relaciones.
Los resultados se vinculan con
metas, indicadores, productividad, plazos y calidad. Las relaciones, en cambio,
remiten a la confianza, el respeto, el trato, la colaboración y el sentido de
pertenencia. Pretender gestionar solo uno de estos dominios suele ser una
fuente importante de riesgo psicosocial.
Cuando los resultados se
persiguen a costa de las relaciones, aparecen el desgaste, los conflictos y la
desafección. Cuando las relaciones se cuidan sin claridad de objetivos, surgen
la ineficiencia y la frustración. La clave está en sostener ambos dominios de
manera simultánea, entendiendo que no compiten entre sí, sino que se potencian.
Competencias técnicas y
transversales: más allá del “saber hacer”
Esta forma de organizar el trabajo exige poner en juego distintos tipos de competencias. Los modelos de competencias desarrollados desde la psicología organizacional y la gestión de personas coinciden en distinguir, al menos, dos grandes categorías:
- Competencias técnicas, asociadas al conocimiento específico del oficio, la profesión o la función.
- Competencias transversales (o genéricas), como comunicación, trabajo en equipo, liderazgo, gestión emocional, aprendizaje continuo y resolución de conflictos.
Modelos clásicos —como los de Spencer
& Spencer— y enfoques más actuales coinciden en que las competencias
técnicas permiten ingresar y desempeñarse en un rol, pero son las competencias
transversales las que explican gran parte de la efectividad sostenida,
especialmente en contextos complejos, cambiantes y relacionales.
En materia de riesgo psicosocial,
estas competencias transversales son críticas: una misma carga de trabajo puede
vivirse de manera muy distinta según la calidad de la coordinación, el
liderazgo y las conversaciones que la sostienen.
Conversaciones que crean
realidad
Desde esta mirada, conversar no
es un acto accesorio, sino una competencia organizacional central. Como plantea
Echeverría, las conversaciones no solo describen la realidad: la crean. A
través de ellas se establecen compromisos, se aclaran expectativas, se
reconocen logros y se gestionan tensiones.
A veces el problema no es que
falten conversaciones, sino que se conversa poco o mal. A veces se evitan conversaciones
difíciles. Conversaciones ambiguas o mal conducidas suelen traducirse en
sobrecarga, conflictos de rol y sensación de injusticia, todos factores
centrales del riesgo psicosocial.
Edgar
Schein aporta una clave fundamental al señalar que la cultura
organizacional se expresa, entre otras cosas, en aquello de lo que se puede
hablar y en aquello que se evita. Las conversaciones difíciles —sobre carga de
trabajo, liderazgo, trato, justicia o reconocimiento— suelen ser precisamente
las que más influyen en el bienestar psicosocial, pero también las que más
fácilmente se postergan.
Desde esta mirada, recoger
opiniones a través del CEAL no es solo una práctica técnica, sino un acto
cultural. Es una señal de que la organización está dispuesta a escuchar
aspectos sensibles de la experiencia laboral y a legitimar esas percepciones
como insumo de gestión. Lo que ocurra después —si esas opiniones se transforman
en conversación, reflexión y acción— será determinante para fortalecer la
confianza o, por el contrario, para reforzar el escepticismo.
Un mundo del trabajo en
transformación
La creciente relevancia del
riesgo psicosocial no surge de la nada. Está profundamente vinculada a las
transformaciones que ha experimentado el mundo del trabajo en las últimas
décadas. Cambió el mundo, cambiaron las organizaciones y cambiaron las personas.
Y con esos cambios, cambiaron también las fuentes de malestar, estrés y
desgaste laboral.
Durante buena parte del siglo XX,
el trabajo estuvo dominado por lógicas relativamente estables: entornos más
predecibles, roles más claros, menor velocidad de cambio y una fuerte
centralidad del esfuerzo físico. En ese contexto, los riesgos laborales se
asociaban principalmente a accidentes, enfermedades profesionales visibles o
condiciones materiales deficientes. Los aspectos psicosociales existían, pero
eran poco nombrados, poco medidos y, en muchos casos, naturalizados.
Hoy el escenario es radicalmente
distinto, como ya anticipaba hace décadas Alvin
Tofler en “El shock del futuro”. El mundo se caracteriza por una
aceleración constante del cambio: transformaciones tecnológicas, digitalización
de procesos, automatización, inteligencia artificial, globalización de los
mercados, mayor incertidumbre económica y presión competitiva permanente. La
velocidad con que cambian las reglas del juego supera muchas veces la capacidad
de adaptación de las personas y de las propias organizaciones.
Desde una mirada más amplia, Zygmunt
Bauman ayuda a comprender este escenario al describir la transición hacia
una “modernidad líquida”, caracterizada por la fragilidad de los vínculos, la
incertidumbre permanente y la dificultad para construir referencias estables.
En el mundo del trabajo, esta liquidez se traduce en trayectorias laborales
menos predecibles, identidades profesionales más frágiles y una sensación
persistente de inseguridad subjetiva, incluso en contextos de empleo
formalmente estables. En este tipo de entornos, los riesgos psicosociales no
solo aumentan, sino que se vuelven más difíciles de detectar, porque muchas de
sus fuentes se normalizan como parte del “funcionamiento habitual” de las
organizaciones.
Desde esta perspectiva, el
malestar laboral ya no proviene únicamente de condiciones materiales
deficientes, sino también de la dificultad para encontrar sentido, continuidad
y reconocimiento en un contexto cambiante. Lo que antes podía ser tolerado como
“parte del trabajo”, hoy es vivido como una carga injusta o insostenible. Esto
explica por qué las organizaciones se ven crecientemente interpeladas a hacerse
cargo de los factores psicosociales: no como un problema individual, sino como
una consecuencia estructural de cómo se organiza el trabajo en un mundo líquido
e incierto.
Las organizaciones, a su vez, han
debido transformarse para sobrevivir en este entorno. Han adoptado estructuras
más horizontales, modelos de trabajo híbridos, externalización de funciones,
énfasis en resultados de corto plazo, mayor control por indicadores y una
fuerte orientación al cliente o usuario. Si bien estos cambios han traído
eficiencia y flexibilidad, también han incrementado la complejidad del trabajo,
la ambigüedad de roles y la presión por responder rápido y bien a múltiples
demandas simultáneas.
En paralelo, las personas también
han cambiado. Hoy ingresan al mundo laboral trabajadores y trabajadoras con
mayor nivel educativo, mayor diversidad cultural, de género y generacional, y
con expectativas distintas respecto del trabajo. El empleo ya no se vive solo
como una fuente de ingresos, sino también como un espacio de desarrollo,
sentido y equilibrio con la vida personal. La tolerancia al maltrato, la
arbitrariedad o la sobrecarga permanente es significativamente menor que en
generaciones anteriores.
Además, el trabajo actual tiene
un componente cada vez más cognitivo y emocional. Se trabaja con información,
con personas, con problemas complejos y con demandas emocionales intensas. Esto
hace que factores como el liderazgo, la claridad de rol, la carga mental, el
reconocimiento y la calidad de las relaciones tengan un impacto directo en la
salud y el desempeño.
En este nuevo contexto, los
riesgos psicosociales dejan de ser un tema “blando” o accesorio. Se convierten
en riesgos críticos, porque afectan variables estratégicas: ausentismo,
rotación, errores, conflictos, calidad del servicio, accidentes, licencias médicas
y, en último término, la sostenibilidad de la organización. Lo que antes podía
invisibilizarse, hoy simplemente ya no puede ignorarse.
Qué evalúa —y qué no
evalúa— el CEAL
El cuestionario CEAL evalúa
condiciones de trabajo, no personas. Analiza factores como carga de trabajo,
exigencias emocionales, claridad de rol, liderazgo, compañerismo, inseguridad
laboral, equilibrio trabajo–vida privada, justicia organizacional, vulnerabilidad
y exposición a violencia o acoso.
No mide desempeño individual, no
califica a las jefaturas como buenas o malas y no es una encuesta de clima
laboral. Es una herramienta que permite escuchar sistemáticamente cómo las
personas están viviendo su trabajo.
Opiniones que abren
conversaciones
El CEAL recoge percepciones, no
verdades absolutas. Las opiniones no son hechos, pero tienen impacto real,
porque las personas actúan, se estresan y se motivan según cómo interpretan su
experiencia laboral.
Una opinión no cierra un tema: lo
abre. Si muchas personas perciben alta carga de trabajo, no significa
automáticamente que “haya demasiado trabajo”, pero sí que vale la pena revisar
procesos, prioridades, estándares, roles y formas de coordinación.
Medir para aprender y
mejorar
Gestionar el riesgo psicosocial
no consiste en buscar culpables, sino en aprender sobre el sistema. Los
resultados del CEAL hablan de cómo está organizada la tarea, cómo se coordina
el trabajo y qué espacios existen para la reflexión.
En esta línea, Peter
Senge plantea que las organizaciones que aprenden son aquellas capaces de
observarse a sí mismas como sistemas. Desde el pensamiento sistémico, los
problemas no se explican por fallas individuales, sino por patrones recurrentes
de interacción, decisiones y estructuras. Medir riesgos psicosociales, desde
esta perspectiva, no es un ejercicio de control, sino una herramienta para
hacer visibles esos patrones y comprender cómo las distintas decisiones
organizacionales se refuerzan entre sí.
El valor del CEAL radica
precisamente en esa capacidad: permitir que la organización se mire en un
espejo colectivo y detecte dinámicas que, por cotidianas, pueden pasar
desapercibidas. Sin esa información, las acciones de mejora tienden a ser
parciales o reactivas. Con ella, se abre la posibilidad de intervenciones más
coherentes y sostenidas en el tiempo.
En definitiva, medir el riesgo
psicosocial es una invitación a conversar mejor, a equilibrar resultados y
relaciones, y a diseñar organizaciones que no solo logren sus objetivos, sino
que lo hagan cuidando y desarrollando a las personas que los hacen posibles.
Una de las consecuencias más
relevantes de este enfoque es cómo entendemos el valor de las opiniones
recogidas por el cuestionario.
Datos, opiniones y
aprendizaje organizacional
Uno de los aspectos que suele
generar más confusión en la evaluación de riesgos psicosociales es la relación
entre datos y opiniones. El cuestionario CEAL recoge percepciones, es decir,
opiniones de las personas sobre su experiencia de trabajo. Esto lleva a veces a
relativizar sus resultados bajo el argumento de que “son solo opiniones”.
Sin embargo, esta distinción
merece ser pensada con mayor profundidad. Las opiniones no son hechos
objetivos, pero tampoco son irrelevantes. Son interpretaciones que las personas
construyen a partir de su experiencia cotidiana en la organización. Y esas interpretaciones
tienen consecuencias muy concretas.
Las personas actúan, toman
decisiones, se comprometen o se desconectan según cómo perciben su entorno de
trabajo. El estrés, la motivación, la confianza y el desgaste no dependen solo
de las condiciones objetivas, sino del significado que las personas les
atribuyen. En este sentido, las opiniones no describen la realidad “tal como
es”, pero sí describen la realidad tal como es vivida.
El valor del CEAL no está en
recoger verdades absolutas, sino en transformar un conjunto de percepciones
individuales en información colectiva. Una opinión aislada puede ser
anecdótica; una tendencia compartida por muchas personas se convierte en un
dato organizacional relevante. El cuestionario permite pasar de relatos
dispersos a patrones que pueden ser analizados y gestionados.
Es importante subrayar que una
opinión no cierra un diagnóstico, sino que lo abre. Si muchas personas perciben
alta carga de trabajo, eso no implica automáticamente que exista objetivamente
un exceso de tareas. Pero sí indica que algo en la organización del trabajo
merece ser revisado: tiempos efectivos, interrupciones, estándares,
priorización, distribución de tareas o mecanismos de coordinación.
Desde esta perspectiva, el CEAL
no entrega conclusiones definitivas, sino pistas. Señala dónde conviene mirar,
dónde conversar y dónde aprender como organización. Usar bien sus resultados
implica evitar dos errores frecuentes: descalificar las opiniones por
“subjetivas” o tomarlas como verdades incuestionables. El desafío está en
utilizarlas como punto de partida para el análisis, la reflexión y la mejora.
Así entendido, medir el riesgo
psicosocial no es un ejercicio de fiscalización, sino una práctica de
aprendizaje organizacional. Es una forma de escuchar sistemáticamente a las
personas y de reconocer que, en contextos complejos, las percepciones también
son datos que importan.
En conclusión
La evaluación de riesgos
psicosociales, y en particular la aplicación del cuestionario CEAL, no es un
trámite ni una fotografía aislada. Es una invitación a mirar con mayor atención
cómo estamos organizando el trabajo, cómo coordinamos nuestras acciones y qué
espacios abrimos —o cerramos— para la reflexión y el aprendizaje.
En un mundo del trabajo cada vez
más exigente y cambiante, cuidar los factores psicosociales no es un gesto de
buena voluntad, sino una condición para la sostenibilidad organizacional.
Contestar el cuestionario con
honestidad es una forma concreta de contribuir a ese cuidado colectivo: no para
señalar culpables, sino para generar información que permita conversar mejor,
tomar mejores decisiones y construir entornos de trabajo que hagan posible, al
mismo tiempo, buenos resultados y relaciones sanas.

Estimado Carlos,
ResponderEliminarHe leído con mucho interés tu reflexión sobre la aplicación del cuestionario CEAL y el modo en que sitúas el riesgo psicosocial no solo como una exigencia normativa, sino como una conversación estratégica sobre cómo las organizaciones logran resultados cuidando a las personas. Comparto plenamente tu énfasis en la organización del trabajo, la coordinación, el trabajo reflexivo y la importancia de sostener simultáneamente los dominios de resultados y relaciones.
Tu análisis conecta muy bien con lo que observamos hoy en terreno: que muchas veces el malestar no proviene únicamente de la carga objetiva de tareas, sino de fallas en la coordinación, en los espacios de reflexión y en la calidad de las conversaciones, así como de la dificultad para encontrar sentido en contextos cada vez más exigentes y cambiantes.
Desde mi experiencia en intervención psicosocial en organizaciones, me parece especialmente relevante complementar esta mirada con lo que plantea Simon Sinek a través del “Círculo Dorado”. Muchas organizaciones hoy saben con claridad qué deben hacer y cómo hacerlo —procesos, indicadores, estándares, tecnologías—, pero han ido perdiendo nitidez en el por qué. Y es precisamente ahí donde emerge una parte importante de la crisis de liderazgo que observamos.
Cuando el propósito se diluye, el trabajo comienza a vivirse como una mera transacción: cumplo tareas, alcanzo metas, recibo una remuneración, pero sin una narrativa que conecte ese esfuerzo con algo más amplio —contribución, aprendizaje, desarrollo, impacto—. En ese vacío de sentido, la autoridad se vuelve frágil y el liderazgo pierde capacidad de movilizar. Las personas cumplen, pero no necesariamente se comprometen.
En ese contexto, coincido contigo en que los riesgos psicosociales no pueden abordarse únicamente desde ajustes técnicos en procesos o cargas de trabajo, sino también desde una revisión más profunda del estilo de liderazgo y de la experiencia subjetiva que viven los equipos. La falta de propósito, de protección psicológica, de reconocimiento y de desarrollo del talento termina traduciéndose en desgaste, desafección y aumento del riesgo.
Muchas veces las personas sienten que poseen capacidades técnicas relevantes, pero que estas no son plenamente aprovechadas ni desarrolladas; que su crecimiento profesional no es visto como un activo estratégico para enfrentar los cambios organizacionales, sino solo como una función que cumple lo mínimo necesario. Esa desconexión entre talento, aprendizaje y proyecto organizacional es, a mi juicio, una fuente silenciosa pero potente de malestar laboral.
En ese sentido, instrumentos como el CEAL se vuelven aún más valiosos cuando se insertan en una cultura de liderazgo que no solo quiere medir, sino comprender, dialogar y transformar. Cuando los resultados del cuestionario se traducen en conversaciones honestas sobre cómo se está ejerciendo la autoridad, cómo se están cuidando los equipos y qué relato de propósito está sosteniendo el trabajo cotidiano, el impacto puede ser realmente profundo.
Gracias por tu reflexión, que sin duda aporta una mirada madura y sistémica al debate sobre riesgo psicosocial. Creo que integrar estas distintas perspectivas —organización del trabajo, aprendizaje organizacional, liderazgo y sentido— es clave para diseñar organizaciones más sanas, sostenibles y humanas en el escenario actual.
Un cordial saludo,
Valentina Figueroa Valdés
Psicóloga Organizacional
Asesora Psicosocial
Consultora Psicosocial Valentina Figueroa E.I.R.L.
Muchas gracias Valentina por tu comentario.
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