Buscando material para la segunda edición de mi libro Herramientas de trabajo colaborativo para equipos llegué a ¿Por qué cooperamos?, de Michael Tomasello, un libro breve, armado a partir de unas conferencias que dictó en Stanford. No trata de organizaciones ni de equipos de trabajo y, sin embargo, me dejó pensando varios días.
La pregunta que lo atraviesa es simple y, al mismo tiempo, profunda: ¿por
qué cooperamos? ¿Por qué ayudamos a otros? ¿Por qué compartimos información?
¿Por qué somos capaces de comprometernos con una tarea común, dividirnos roles
y confiar en que otra persona hará su parte?
Para Tomasello el protagonista de esta historia es el mutualismo: hacer
algo juntos porque existe una meta común y porque necesitamos de los demás para
alcanzarla. Tal vez no ocurrió que primero nos volvimos altruistas y que
gracias a eso aprendimos a colaborar. Puede haber ocurrido exactamente al
revés: aprendimos a colaborar porque necesitábamos hacer cosas juntos y, en ese
espacio de interdependencia, aparecieron después los comportamientos
altruistas.
Lo más entretenido del libro son los experimentos que Tomasello y otros
investigadores realizan comparando el comportamiento de niños pequeños y
chimpancés.
Entre los catorce y los dieciocho meses, mucho antes de recibir grandes
discursos sobre solidaridad o trabajo en equipo, los niños ya ayudan
espontáneamente a adultos que ni siquiera conocen. Si un adulto tiene las manos
ocupadas, le abren la puerta. Si se le cae algo que intenta recuperar, se lo
alcanzan.
Y no lo hacen mecánicamente. Si el investigador tira deliberadamente un
objeto al suelo, el niño no necesariamente se lo devuelve. Si choca contra una
puerta mientras parece estar haciendo otra cosa, tampoco corre a abrirla. El
niño no está ejecutando una conducta aprendida del tipo “cuando algo está en el
suelo hay que recogerlo”, sino que comprende lo que la otra persona está
tratando de hacer y decide ayudarla a conseguirlo.
El punto me parece importante, porque muchas veces hablamos de la
colaboración como si fuera una conducta que hubiera que instalar desde afuera.
Diseñamos talleres, incentivos, premios y reconocimientos para que las personas
“aprendan a colaborar”. Tomasello sugiere que esa disposición está mucho más
presente de lo que suponemos y que la pregunta interesante no es cómo
producirla, sino qué condiciones permiten que se despliegue.
Es algo que he comentado otras veces en este blog. Cuando un equipo no
colabora concluimos rápidamente que a sus integrantes les falta disposición,
generosidad o alguna competencia interpersonal. Puede ser así, por supuesto.
Pero quizás estamos mirando demasiado pronto a las personas y demasiado poco a
las condiciones en que les pedimos colaborar.
Hay otro experimento que me resultó revelador. Dos chimpancés deben tirar
simultáneamente de dos cuerdas para acercar una plataforma donde hay comida.
Ninguno puede conseguirla por sí solo. Cuando la plataforma tiene dos porciones
claramente separadas, una frente a cada uno, cooperan bien. Cuando hay una sola
porción amontonada en el centro, la colaboración prácticamente desaparece.
El problema no es cognitivo. Los chimpancés saben perfectamente qué
tienen que hacer y ya han demostrado que pueden coordinarse. El problema viene
después: ¿qué ocurrirá cuando llegue la comida?, ¿quién se quedará con ella?
Como no pueden resolver ese conflicto, prefieren ni siquiera comenzar.
Con los niños ocurre algo distinto. También discuten por el reparto,
desde luego, pero reclaman, negocian, protestan cuando alguien toma más de lo
que le corresponde y después vuelven a jugar.
Cuando leí esta parte pensé de inmediato en muchas salas de reunión. He
visto equipos y áreas que tienen todas las competencias necesarias para
trabajar juntos, saben perfectamente qué hacer e incluso están de acuerdo
respecto de lo que hay que hacer. Y, sin embargo, no colaboran.
Explicamos el problema hablando de personalidades difíciles, falta de
compromiso, poca confianza o escasas competencias de trabajo en equipo. La
explicación puede ser mucho más sencilla: no está claro cómo se repartirá el
resultado.
Quién recibirá el reconocimiento, quién aparecerá como autor de la idea,
a qué área se le imputará el logro, quién tendrá el presupuesto después, quién
ganará visibilidad frente a la gerencia, quién asumirá el costo si algo sale
mal.
Cuando esas conversaciones quedan pendientes, la colaboración se deteriora,
aunque todos sepan hacer su parte. No basta con tener una meta compartida.
También hay que conversar qué ocurrirá con los resultados y cómo se
distribuirán los beneficios y los costos del trabajo conjunto.
Hay otra idea del libro que encuentro todavía más interesante. Supongamos
que usted y yo acordamos caminar juntos hasta una tienda. Vamos conversando por
la calle y, de pronto, sin decir nada, tomo otra dirección y me voy. Usted no
sólo se sorprenderá: probablemente se moleste.
Y yo tenía todo el derecho del mundo a cambiar de opinión. Nadie puede
obligarme a ir a la tienda. Sin embargo, algo había ocurrido entre nosotros:
habíamos acordado hacer algo juntos y se había formado un pequeño “nosotros”.
Tomasello llama intencionalidad compartida a esta capacidad y la considera uno
de nuestros rasgos distintivos, más que la inteligencia individual.
Ese “nosotros” genera expectativas. Si quiero abandonar la actividad ya
no da lo mismo simplemente irme. Tengo que decir “cambié de idea”, “me tengo
que ir”, “sigamos otro día”. Cuando hacemos algo conjuntamente no sólo
coordinamos movimientos, también construimos compromisos, expectativas
recíprocas y ciertas obligaciones respecto de los demás.
Los niños muy pequeños ya lo comprenden. Cuando se han comprometido
explícitamente a jugar con otra persona y quieren abandonar el juego, tienden a
hacer algo antes de marcharse: miran al otro, le entregan el juguete, dicen
alguna cosa, se despiden. Reconocen que están terminando unilateralmente algo
que era conjunto.
Esta idea me resulta especialmente cercana al trabajo de coaching. Una
parte importante de los conflictos que escucho tiene precisamente esta
estructura. La queja no suele ser “no hizo su trabajo”, sino “cambió la
prioridad y no me dijo”, “se comprometió conmigo y después hizo otra cosa”, “me
enteré por otra persona”, “pensé que habíamos acordado esto”.
El problema no está solamente en la tarea. Está en la ruptura de ese
“nosotros” que las personas creían haber construido.
Hace algunos años escribí en este blog sobre expectativas
y promesas, distinguiendo entre esperar algo de otra persona y haber
construido efectivamente un compromiso con ella. Más tarde, comentando a Luis
Sota, volví sobre el
poder de las promesas como manera de coordinar acción. Tomasello agrega
algo a esa distinción: antes incluso de la promesa explícita existe esta
capacidad de constituir actividades compartidas y de sentir que, una vez
formado el “nosotros”, tenemos obligaciones con quienes participan de él.
Por eso una de las tareas importantes en cualquier equipo consiste en
transformar expectativas privadas en conversaciones y compromisos explícitos.
Muchas dificultades no aparecen porque alguien quiera incumplir un acuerdo,
sino porque las personas ni siquiera estaban de acuerdo respecto de cuál era el
acuerdo.
Tomasello da todavía un paso más. Cuando una actividad conjunta se repite
muchas veces y distintas personas comienzan a ocupar los mismos roles, las
expectativas dejan de estar asociadas a individuos concretos y se transforman
en reglas. Ya no decimos solamente “yo esperaba que tú hicieras esto”, sino
“quien cumple este rol tiene que hacer esto” y, finalmente, “esto se hace así”.
Los experimentos con niños vuelven a ser interesantes en este punto.
Cuando aprenden las reglas de un juego y después observan a otra persona
jugando de una manera distinta, protestan: “no es así”, “eso no se puede
hacer”. Y protestan, aunque la conducta no los perjudique en absoluto. Han
pasado de una expectativa individual a una expectativa colectiva.
Desde ahí no cuesta imaginar el camino hacia los roles, las reglas, las
instituciones, las jerarquías, los procedimientos y tantas otras construcciones
humanas que organizan nuestra convivencia. Mirada así, una organización podría
entenderse como una enorme red de “nosotros”: personas que participan en
actividades conjuntas, desempeñan roles interdependientes, construyen
expectativas recíprocas y desarrollan normas respecto de cómo se hacen las
cosas.
En un post anterior proponía cinco
herramientas para fortalecer la colaboración en los equipos: propósito
compartido, reuniones, roles, reglas y procedimientos. Tomasello ofrece un
fundamento más profundo para esas herramientas. Si colaborar implica construir
actividades conjuntas, expectativas y obligaciones recíprocas, entonces aclarar
el propósito, los roles y las reglas no es burocracia innecesaria, sino una
manera de hacer explícito ese “nosotros”.
El libro termina con una advertencia importante: la cooperación humana no
es necesariamente buena. La misma capacidad que nos permite construir equipos
extraordinarios nos permite coordinarnos para competir, excluir o atacar a
otros. Podemos cooperar maravillosamente contra alguien.
Esto resulta muy reconocible en las organizaciones. Hay equipos que
desarrollan una enorme cohesión interna gracias a que cuentan con un enemigo
muy claro: “la casa matriz”, “finanzas”, “los comerciales”, “recursos humanos”,
“el sindicato”, “la nueva administración”, “los antiguos”.
La estrategia funciona. Tener un adversario común genera identidad y
cohesión muy rápidamente. El problema es que esa cohesión se compra al precio
de destruir la colaboración con el resto de la organización. Después aparecen
los silos, la desconfianza y las guerras entre áreas, y terminamos contratando
consultores para reconstruir los puentes que nosotros mismos ayudamos a
destruir.
Es la puerta por la que la cooperación entra derechamente en el terreno
del poder, que es lo que trabajé en No
hay palacio sin intrigas. Construir un “nosotros” supone también trazar
alguna frontera entre quienes forman parte de ese nosotros y quienes no. Buena
parte de los juegos de poder de las organizaciones consiste exactamente en eso:
en disputar dónde se dibuja esa frontera y quién tiene poder para dibujarla.
Dependiendo de dónde quede, nuestra extraordinaria capacidad de cooperar sirve
tanto para incluir como para excluir.
Después de leer a Tomasello me queda dando vueltas una idea que vengo
rondando hace rato. Hace un tiempo comenté un artículo de Lynda Gratton y
Tamara Erickson sobre ocho
maneras de construir equipos colaborativos. Una de sus ideas centrales era
precisamente que la colaboración no depende sólo de reunir personas
competentes, sino también de crear condiciones que la favorezcan. Hace poco,
comentando Hábitos
de equipo, de Charlie Gilkey, escribí que muchas veces creemos tener un
problema de personas cuando en realidad tenemos un problema de hábitos, y que
la colaboración puede diseñarse: no decretarse, pero sí diseñarse.
Tomasello lleva esa idea bastante más atrás.
Cuando observo que un equipo no colabora, mi tendencia, y creo que la de
muchos de quienes trabajamos en organizaciones, ha sido mirar rápidamente a las
personas y preguntarme: ¿están comprometidas?, ¿confían unas en otras?, ¿son
generosas?, ¿necesitan desarrollar competencias colaborativas?
Todas esas preguntas son pertinentes. Quizás no deberían ser las
primeras.
Antes convendría preguntar si existe realmente una meta común, si las
tareas son verdaderamente interdependientes o sólo ocurren al mismo tiempo, si
está claro qué espera cada uno de los demás, si hemos conversado cómo se
repartirán los resultados, los reconocimientos y los costos, y si hemos
transformado las expectativas en compromisos explícitos.
Por supuesto que las personas importan. Hay gente más generosa que otra,
más confiable, más dispuesta a ayudar y más competente para relacionarse. No
todo problema de colaboración se explica por el contexto.
Pero lo que me deja Tomasello es que nuestra especie viene bastante bien
equipada para cooperar y que probablemente no necesita que le enseñemos tanto
como creemos.
Muchas veces no nos falta capacidad para cooperar. Nos faltan situaciones
donde cooperar tenga sentido. Y eso último no lo resuelve solamente la buena
voluntad: también se diseña.
