Buscando
material para hacer una segunda edición de mi libro "Herramientas de trabajo colaborativo para equipos" me encontré con Hábitos de
equipo, de Charlie Gilkey, quien plantea una idea sencilla, pero poderosa:
muchas veces pensamos que tenemos un problema de personas cuando en realidad
tenemos un problema de hábitos.
Cuando
un equipo no funciona bien es muy fácil comenzar a buscar culpables. Alguien no
se compromete, otro comunica mal, alguien es desordenado, el jefe centraliza
demasiado, las reuniones son eternas, nadie responde los correos a tiempo o
cuesta muchísimo tomar decisiones.
Gilkey
invita a mirar algo distinto: antes de atribuir las dificultades a las
características de las personas, conviene observar cómo hemos aprendido a
trabajar juntos, ya que los equipos desarrollan hábitos del mismo modo que las
personas.
Hay
equipos donde todos llegan tarde a las reuniones y nadie parece sorprenderse.
Equipos donde cualquier decisión, por pequeña que sea, tiene que subir hasta el
jefe. Equipos donde nadie sabe muy bien cuáles son las prioridades, por lo que
todo termina siendo urgente. Equipos donde se copia a quince personas en cada
correo “por si acaso”. Equipos donde se hacen reuniones para informar cosas que
podrían haberse informado de otra manera. Equipos donde todo el mundo sabe que
algo no funciona, pero nadie hace nada para cambiarlo.
Después
de un tiempo esas prácticas dejan de llamar la atención. Son, simplemente, “el
modo en que trabajamos aquí” y así aparece el hábito.
El
autor usa una imagen que me gustó mucho: la impresora rota. En muchas oficinas
hay algo que funciona mal, todos lo saben, todos se quejan, todos pierden
tiempo con ello y, curiosamente, nadie lo resuelve. La impresora es sólo un
ejemplo. Cada equipo tiene sus propias “impresoras rotas”.
La
pregunta interesante entonces sería: ¿cuáles son las impresoras rotas de
nuestro equipo? De seguro no son máquinas. Pueden ser reuniones sin propósito,
responsabilidades ambiguas, decisiones que nadie sabe quién debe tomar,
prioridades contradictorias, exceso de mensajes, compromisos sin seguimiento o
conversaciones importantes que se postergan indefinidamente.
Para
mí, una de las virtudes del texto es bajar la conversación sobre trabajo en
equipo desde las grandes declaraciones hacia las prácticas cotidianas. ¿Quién
puede tomar una decisión sin pedir autorización? ¿Quién es responsable de una
tarea? ¿Cómo pedimos ayuda? ¿Quién necesita realmente participar en una
reunión? ¿Cómo nos aseguramos de que los acuerdos se transformen en acciones?
Esta
mirada me resulta muy cercana a algo que he venido sosteniendo hace tiempo en
este blog. En el post Trabajo
colaborativo para equipos proponía cinco herramientas para fortalecer
la colaboración: propósito compartido, reuniones efectivas, roles, reglas y
procedimientos. La idea era precisamente que la colaboración no podía quedar
entregada únicamente a la buena voluntad de las personas, sino que requería
prácticas que ayudaran al equipo a trabajar en común. Gilkey amplía esta
perspectiva y, sobre todo, agrega una idea que encuentro sugerente: cuando esas
prácticas se repiten se convierten en hábitos.
Gilkey
organiza su propuesta en varios dominios: pertenencia, toma de decisiones,
definición de metas y prioridades, planificación, comunicación, colaboración,
reuniones y hábitos básicos que permiten que las personas hagan bien su
trabajo.
Cada
una de esas dimensiones puede observarse como un conjunto de prácticas que el
equipo ha ido construyendo, muchas veces sin darse cuenta.
Tomemos,
por ejemplo, la toma de decisiones.
Un
problema muy común en las organizaciones es que no está claro quién puede
decidir qué. Frente a esa ambigüedad suelen ocurrir dos cosas. Algunas personas
deciden por su cuenta y después aparecen conflictos porque “eso debió haberse
consultado”. Otras, para protegerse, consultan prácticamente todo.
Gilkey
propone distinguir distintos niveles de decisión: decisiones que una persona
puede tomar autónomamente, decisiones que puede tomar informando a otros y
decisiones que efectivamente requieren autorización.
Parece
una distinción obvia. Sin embargo, ¿cuántos equipos la conversan
explícitamente?
Muchas
dificultades de coordinación no provienen de mala voluntad ni de falta de
competencia. Provienen de expectativas diferentes que nunca fueron conversadas.
Una persona cree que debía consultar, otra cree que debía actuar; una cree que
informar significa pedir permiso, la otra cree que informar significa
simplemente mandar un correo. Y después interpretamos el conflicto como un
problema de personalidad.
Este
tema lo he comentado antes a propósito de las
reuniones y de los mecanismos de toma de decisiones. Algo fundamental es
que los integrantes de un equipo sepan “qué juego están jugando”: hay
decisiones que corresponden al líder, otras pueden ser consultivas, otras
pueden tomarse por consenso o incluso por unanimidad. Lo importante es que el
procedimiento sea claro antes de tener que decidir. Cuando esto no está
conversado aparecen fácilmente malos entendidos, frustraciones y conflictos.
Algo
parecido ocurre con las reuniones.
He
comentado otras veces mi interés por las reuniones porque me parecen una
especie de laboratorio del funcionamiento de los equipos. En una reunión
aparecen el liderazgo, el poder, la participación, la escucha, la capacidad de
decidir, la claridad de propósito, la coordinación y también muchas de las
dificultades relacionales del equipo.
Por
eso resulta interesante observar los hábitos asociados a ellas.
¿Tenemos
claro para qué nos reunimos? ¿Están las personas que tienen que estar o
invitamos por costumbre? ¿Terminamos con acuerdos claros? ¿Alguien registra
quién hará qué y para cuándo? ¿Volvemos sobre esos acuerdos después?
Una
reunión puede ser perfectamente cordial y al mismo tiempo completamente
improductiva. Todos conversan, intercambian opiniones, se sienten escuchados,
alguien cuenta una anécdota interesante, pasa una hora y después cada uno
vuelve a su trabajo sin saber muy bien qué cambió producto de haberse reunido.
En
aquel post sobre reuniones planteaba que una reunión es finalmente un espacio
de conversación y que una organización puede entenderse como una red de
conversaciones. Enrique
Sacanell plantea que lo que caracteriza a un equipo son precisamente sus
conversaciones y que la cantidad y, sobre todo, la calidad de estas
conversaciones influye decisivamente en su funcionamiento. Mirado desde Gilkey,
podríamos agregar que esas conversaciones también desarrollan hábitos: modos
recurrentes de pedir, escuchar, decidir, discrepar, comprometerse o evitar
ciertos temas.
Otra
idea del libro que me gustó es no intentar cambiar todo de una vez. Cuando
detectamos muchas dificultades en un equipo existe la tentación de diseñar una
gran intervención: nuevos valores, nuevas reuniones, nuevos procedimientos,
nuevas plataformas, nuevos indicadores, talleres de capacitación y quizás hasta
una reorganización.
Gilkey
propone algo mucho más modesto: identificar un hábito concreto y comenzar por
ahí.
Los
equipos no se transforman porque alguien les presenta un PowerPoint con una
nueva cultura deseada. Cambian cuando comienzan a conversar y practicar de
manera diferente ciertas situaciones recurrentes.
Por
ejemplo, a partir de ahora toda reunión termina con tres preguntas: ¿qué
acordamos?, ¿quién se hace responsable?, ¿para cuándo?
Son
cambios pequeños, pero repetidos muchas veces terminan modificando la manera de
trabajar.
Esto
conecta con otra idea que me interesa mucho: la colaboración puede diseñarse.
No en el sentido ingenuo de que podemos ordenar que las personas colaboren.
Nadie puede decretar confianza, compromiso o colaboración mediante una
circular. Lo que sí podemos diseñar son las condiciones, las conversaciones,
las responsabilidades y las prácticas que hacen más probable que esa
colaboración ocurra.
Podemos
aclarar roles, establecer modos de tomar decisiones, diseñar mejores reuniones,
crear mecanismos de seguimiento, acordar cómo pedir ayuda, conversar sobre cómo
resolver desacuerdos y hacer explícitas expectativas que antes permanecían
implícitas.
Este
punto también conversa con un artículo que comenté hace algún tiempo, de Lynda
Gratton y Tamara Erickson. Una de las conclusiones de su trabajo era
precisamente que la colaboración no depende únicamente de reunir personas
competentes y esperar que se entiendan, sino de crear condiciones que la
favorezcan: desarrollar habilidades colaborativas, construir comunidad, contar
con liderazgos que atiendan tanto la tarea como las relaciones y, algo muy
cercano a Gilkey, aclarar los roles.
Leyendo
a Gilkey también pensé en algo que me parece importante: cambiar los hábitos de
un equipo no es un fenómeno puramente técnico. Tiene también una dimensión
política.
Cuando
cambiamos una práctica también cambiamos, aunque sea un poco, quién decide,
quién participa, quién tiene información, quién controla un proceso o quién
tiene que rendir cuentas.
Por
eso algunas prácticas sobreviven durante años aunque todo el mundo diga que son
absurdas. No siempre permanecen porque no exista una alternativa mejor. A veces
cumplen alguna función, protegen a alguien, distribuyen el poder de determinada
manera o simplemente se han vuelto parte de la historia del equipo.
Muchas
veces quienes trabajamos como consultores podemos observar una dificultad y
verla simplemente como una falla de coordinación: no se conversa claramente, no
se hacen buenas peticiones, no se cumplen compromisos o no se explicitan las
expectativas. Sin embargo, no siempre se trata simplemente de una falla de
coordinación. La ambigüedad puede proteger posiciones, evitar responsabilidades
o conservar espacios de poder. Por eso no todas las dificultades de
coordinación se resuelven simplemente enseñando una mejor técnica.
Esta
observación me parece importante porque permite evitar una ingenuidad habitual
en gestión: creer que basta con encontrar “la mejor práctica” para que todos
quieran adoptarla.
Los
seres humanos no funcionamos así y las organizaciones tampoco. Los hábitos
tienen historia y muchas veces también tienen intereses asociados.
Finalmente,
creo que Hábitos de equipo deja una pregunta interesante para quienes
lideran equipos: cuando algo no funciona, ¿dónde ponemos primero la mirada?
Podemos
mirar a las personas y preguntarnos quién está fallando. O podemos mirar el
sistema de trabajo y preguntarnos qué práctica estamos repitiendo que produce
una y otra vez este resultado.
Por
supuesto que las personas importan. Hay personas responsables e irresponsables,
generosas y egoístas, competentes e incompetentes. No todo puede explicarse por
el contexto o por los hábitos colectivos. Pero probablemente atribuimos
demasiado rápido a las personas problemas que se han ido construyendo en la manera de trabajar
juntos.
Tal
vez antes de pedir más compromiso convenga aclarar mejor las prioridades. Antes
de exigir autonomía, aclarar qué decisiones pueden tomarse autónomamente. Antes
de reclamar que las reuniones son malas, quizás valga la pena revisar cómo las
estamos diseñando.
Me
quedo entonces con esa invitación del libro: cuando un equipo tiene
dificultades, además de mirar a las personas, vale la pena mirar sus hábitos y
preguntarse qué pequeñas prácticas podríamos comenzar a cambiar.

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