He
conocido gente muy inteligente pero muy torpe. Y por favor no interpreten esto
como arrogancia de mi parte, sino como una constatación: muchas veces
inteligencia y vida no tienen demasiado que ver. No es una idea mía. Quienes
estudian la inteligencia emocional vienen planteándolo hace bastante tiempo.
Parecería
atendible que alguien con buena memoria, capacidad de abstracción, rapidez
mental, vocabulario amplio y buena educación tomara también mejores decisiones,
detectara mejor los errores y se protegiera con mayor facilidad de las
tonterías. Sin embargo, no necesariamente ocurre así.
Hace
algunos años comenté en este mismo blog La inteligencia emocional, de Daniel Goleman. Una de las ideas
que más me llamó la atención entonces fue aquella que Goleman resumía como
“cuando lo inteligente es tonto”: personas con alto CI y grandes capacidades
intelectuales a quienes, sin embargo, no necesariamente les va bien en la vida
porque carecen de otras competencias, especialmente en el dominio emocional.
La
trampa de la inteligencia,
de David Robson, retoma de algún modo esa vieja paradoja y la lleva bastante
más lejos. Su argumento es que las personas inteligentes se equivocan como
cualquier ser humano y, a veces, incluso pueden equivocarse con mayor
sofisticación, porque utilizan su inteligencia para construir mejores
argumentos en defensa de sus propios errores.
Robson
cuenta algunos casos llamativos. Por ejemplo, el de un físico brillante
engañado por una supuesta supermodelo en una estafa romántica online, que
terminó cruzando una frontera con dos kilos de cocaína sin saberlo. O la
historia de Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, convencido por dos
adolescentes de que habían fotografiado hadas.
El
CI mide bien ciertas cosas: razonamiento abstracto, memoria, velocidad de
procesamiento, comprensión verbal. Lo que no mide es casi todo lo demás:
humildad intelectual, curiosidad, apertura a la evidencia que incomoda,
capacidad de revisar lo que uno cree, conciencia emocional, disposición a
reconocer los propios límites.
La
inteligencia ayuda especialmente cuando sabemos cuál es el problema y aceptamos
las reglas del juego. Pero la vida rara vez se presenta así. Tenemos intereses,
emociones, identidades, pertenencias, ambiciones, miedos y deseos de tener
razón. Pensamos desde un lugar, no desde una sala blanca de laboratorio.
Cuando
lo que está en juego toca nuestra autoestima, nuestra ideología, nuestro
prestigio o nuestra pertenencia a un grupo, el pensamiento puede dejar de
buscar la verdad y comenzar a buscar cómo defenderse.
Robson
llama “disracionalidad” a una paradoja bastante incómoda: podemos ser muy
inteligentes y, sin embargo, razonar mal. La inteligencia no necesariamente
corrige nuestros sesgos. A veces ocurre justamente lo contrario: nos entrega
mejores herramientas para justificar lo que ya creemos, encontrar argumentos a
nuestro favor o detectar errores en los demás sin advertir los propios. Por
eso, tener una mente ágil y cultivada no es lo mismo que tener buen juicio.
Ahí
es donde aparece, con toda su fuerza, el razonamiento motivado. En vez de
razonar para descubrir si están equivocadas, razonan para explicar por qué
tenían razón desde el principio. Buscan evidencia, pero tienden a favorecer
aquella que confirma lo que ya querían creer. Y cuando aparece información
incómoda, pueden someterla a un estándar mucho más exigente que la información
favorable.
Ni
siquiera la experiencia profesional se libra de esta trampa. El experto ve
patrones que el novato no ve y eso es valioso. Sus repertorios, categorías e
intuiciones entrenadas le permiten actuar rápidamente. Pero precisamente por
eso puede reconocer demasiado rápido, dejar de preguntar y clasificar una
situación nueva dentro de un molde antiguo.
Esta
idea me recordó inmediatamente otro libro que comenté hace un tiempo en el
blog: Cuidado con tus virtudes, de Robert Kaplan y Robert Kaiser.
Ellos sostienen que nuestras fortalezas tienen dos caras. Bien utilizadas nos
ayudan a resolver problemas, alcanzar resultados y desarrollar una carrera.
Pero utilizadas rígidamente, en exceso o fuera de contexto pueden transformarse
en debilidades.
Tal
vez con la inteligencia ocurra algo parecido. Ser inteligente es, por supuesto,
una fortaleza. El problema aparece cuando confiamos tanto en esa capacidad que
dejamos de revisar nuestras propias conclusiones. Podemos volvernos muy hábiles
para argumentar y, al mismo tiempo, menos dispuestos a escuchar; encontrar
explicaciones con rapidez puede llevarnos a descartar demasiado pronto otras
posibilidades. Incluso saber mucho puede jugar en contra cuando la seguridad en
nuestros conocimientos termina desplazando la curiosidad.
Kaplan
y Kaiser hablan de modulación: usar la fortaleza en el momento justo y
reconocer cuándo hace falta otra capacidad que la complemente. Con la
inteligencia pasa lo mismo. No necesitamos menos inteligencia. Necesitamos
inteligencia acompañada de otras virtudes.
La
humildad intelectual consiste en aceptar que puedo estar equivocado incluso
cuando tengo buenos argumentos. Significa sostener una convicción sin
convertirla en una identidad cerrada y recordar que saber mucho sobre algo no
equivale a saberlo todo.
Cambia,
además, la manera en que conversamos. Una persona intelectualmente humilde no
escucha sólo para responder; escucha para ajustar su mapa. Puede defender una
posición sin hacer depender su valor personal de ella. Puede decir “no sé”,
“puede ser”, “no lo había pensado” o “tendría que revisar eso”.
Una
cosa es aceptar que podemos estar equivocados. Otra es hacer algo al respecto.
Ahí aparece lo que Robson llama pensamiento activamente abierto. No basta con
declararse abierto de mente: hay que buscar deliberadamente aquello que podría
mostrar que nuestra posición está incompleta. Significa intentar formular bien
el argumento contrario, examinar evidencia incómoda y evitar caricaturizar la
posición del otro sólo para derrotarla con mayor facilidad.
En
las organizaciones, el problema se multiplica. Un grupo de personas
inteligentes reunido alrededor de una mala premisa puede construir un desastre
perfectamente argumentado. Cuando nadie quiere parecer ignorante, disentir
tiene costos o la autoridad técnica se confunde con infalibilidad, el grupo
deja de poner a prueba sus propias ideas y puede converger rápidamente hacia
una conclusión equivocada.
Un
equipo no se vuelve más sabio sólo por reunir personas brillantes. Necesita
diversidad de perspectivas, seguridad psicológica y espacios reales para
cuestionar lo que todos parecen dar por cierto. Necesita, además,
procedimientos que obliguen a revisar los supuestos compartidos. De lo
contrario, la brillantez individual puede terminar convertida en soberbia
colectiva.
Un
buen líder tampoco necesita ser siempre quien entrega la respuesta más rápida.
Necesita crear las condiciones para que los problemas, las dudas y las malas
noticias puedan decirse. Eso supone escuchar objeciones, aceptar preguntas
incómodas y distinguir la lealtad de la complacencia. Supone, además, construir
mecanismos para detectar los errores antes de que se transformen en daños.
Pensar
bien tampoco significa pensar sin emociones. Las emociones entregan
información: señales de amenaza, entusiasmo, duda, rechazo o interés. El
problema no está en sentirlas, sino en no saber leerlas. Conviene preguntarse:
¿qué me está señalando esto?, ¿qué necesidad o miedo se activó?, ¿estoy
reaccionando al hecho o a lo que ese hecho amenaza en mi identidad?, ¿esta
seguridad viene de la evidencia o de mis ganas de tener razón?
Hay
otra trampa particularmente interesante: a las personas inteligentes a veces
les cuesta aprender. Si algo les resultó fácil durante muchos años, pueden
interpretar la dificultad como una señal de incapacidad en vez de verla como
una parte normal del proceso.
Que
todo haya resultado fácil al principio puede terminar jugando en contra. Se
desarrolla menos paciencia, menos método y menos tolerancia al error.
Esta
idea conecta directamente con Carol Dweck y su distinción entre mentalidad fija
y mentalidad de crecimiento, que comenté hace algunos años en este blog. Dweck
sostiene que, cuando creemos que la inteligencia es una cualidad fija, cada
desafío puede transformarse en una especie de examen: si soy inteligente
debería entender rápido, debería hacerlo bien, no debería necesitar demasiado
esfuerzo. Equivocarse deja entonces de ser sólo equivocarse y puede sentirse
como una amenaza a la propia identidad.
Si
uno construye parte de su identidad alrededor de la etiqueta de inteligencia,
enfrentarse a algo difícil tiene un costo adicional. Ya no está solamente
tratando de aprender algo nuevo; también está poniendo a prueba la imagen que
tiene de sí mismo.
Desde
una mentalidad de crecimiento ocurre algo distinto. La inteligencia no es una
credencial que hay que proteger, sino una capacidad que se puede seguir
desarrollando. El esfuerzo, la dificultad y el error dejan de demostrar que uno
“no es tan inteligente” y pasan a formar parte del aprendizaje.
Dweck
y Robson terminan diciendo, cada uno a su manera, casi lo mismo. El problema no
está en ser inteligente, sino en la relación que construimos con nuestra propia
inteligencia. Cuando necesitamos demostrarla permanentemente, evitamos
situaciones en las que podríamos parecer torpes, cometer errores o necesitar
ayuda. Y justamente por eso dejamos de aprender.
Robson
contrasta esta tendencia con culturas educativas en las que el esfuerzo, la
incomodidad y el error ocupan un lugar más explícito. Aprender de verdad suele
incluir frustración. Los “alimentos amargos”, como dice una de las imágenes del
libro, pueden ser necesarios para desarrollar profundidad. A veces la
dificultad indica precisamente que estamos saliendo de aquello que ya
dominamos.
Y
esto no termina cuando salimos del colegio o la universidad. Muchos
profesionales prefieren seguir haciendo aquello en lo que ya saben que son
competentes antes que volver a sentirse principiantes. Es comprensible. A nadie
le gusta demasiado sentirse torpe. Pero aprender algo nuevo supone
inevitablemente pasar durante un tiempo por esa experiencia. Entonces la
inteligencia puede empezar a servir para protegernos de la incómoda experiencia
de no saber.
Para
pensar mejor hay que aprender a mirar el error de otra manera: como información
y no sólo como amenaza. Hay que evitar buscar culpables demasiado rápido,
transformar cada desacuerdo en una lucha de estatus o utilizar permanentemente
el conocimiento como armadura. La mente más útil no es la que nunca falla, sino
la que detecta antes sus fallos y corrige con menos drama.
Hay
personas que usan su inteligencia para aprender. Otras la usan para defenderse.
Esa diferencia cambia casi todo.
Una
inteligencia madura no necesita ganar siempre la discusión. Puede salir
distinta de una conversación, reconocer un punto ciego antes de que se
convierta en una caída y entender que tener razón no es exactamente lo mismo
que pensar bien.
Vuelvo
entonces a Goleman y a aquella vieja idea de “cuando lo inteligente es tonto”.
Puede que la inteligencia sirva de verdad recién cuando dejamos de necesitar
demostrarla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario