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viernes, 16 de octubre de 2026

Anatomía del guion (El arte de narrar en 22 pasos) por John Truby

 


En mis lecturas sobre storytelling llegué a Anatomía del guion, de John Truby. Mi interés era bastante simple: entender cómo se construyen las historias, especialmente por qué algunas películas nos atrapan y otras no, y cómo se transforma un personaje.

Hace unos meses, comentando Storytelling como estrategia de comunicación, de Guillaume Lamarre, me había quedado con la idea de que una historia avanza porque las cosas le ocurren a alguien: un protagonista.

Me pasó lo que me suele ocurrir: empecé a conectar la lectura con mi trabajo como coach ejecutivo. Como decía un antiguo eslogan televisivo, «pasa en las historias, pasa en la vida». Yo agregaría: pasa también en el coaching.

Una persona llega porque quiere delegar mejor. Otra necesita resolver un conflicto con su equipo o sentirse más segura en su nuevo cargo. A medida que el proceso avanza, aparecen otras preguntas. ¿Por qué le cuesta tanto delegar? ¿Qué teme perder si deja de controlarlo todo? ¿Qué historia se cuenta sobre el conflicto, la autoridad o el error?

En ese punto, el problema inicial empieza a parecerse a una historia de transformación.

Los 22 pasos de Truby

El subtítulo del libro promete el arte de narrar en 22 pasos. Truby desconfía de la estructura de tres actos cuando se aplica como un molde y prefiere pensar la historia como un organismo, en el que cada paso prepara el siguiente. Curiosamente, el primero se piensa desde el final: antes de escribir, el autor necesita saber qué descubrirá el protagonista sobre sí mismo, qué necesita aprender y qué desea (1).

Luego vienen los pasos que ponen la historia en marcha. Aparecen el fantasma que arrastra el protagonista y el mundo en que vive (2), su debilidad y su necesidad (3), un acontecimiento que lo saca de la inercia (4) y el deseo que lo pone en movimiento (5). Surgen los aliados (6), el oponente o un misterio por resolver (7) y un falso aliado, alguien que parece estar de su lado pero trabaja en su contra (8). Una primera revelación lo obliga a decidir y a ajustar lo que quiere y por qué lo quiere (9).

El desarrollo es una secuencia de acción y reacción. El protagonista traza un plan (10), el oponente responde con el suyo y lanza su principal contraataque (11), y la historia toma impulso con los intentos del protagonista por ganar (12). En algún momento un aliado lo confronta (13) y llega la derrota aparente, cuando todo parece perdido (14). Una segunda revelación lo empuja hacia su objetivo con más fuerza, a veces de manera obsesiva (15). El público descubre algo que el personaje todavía no ve (16), y una tercera revelación le entrega lo que le faltaba saber antes del enfrentamiento final (17).

El desenlace concentra la presión. El espacio se estrecha y el protagonista atraviesa una última prueba, a veces una suerte de visita a la muerte (18). Viene la batalla decisiva (19), la autorrevelación en la que el personaje por fin se ve como es (20), una decisión moral que no habría tomado al comienzo (21) y un nuevo equilibrio en el que ya no es el mismo (22).

De todos ellos, Truby distingue siete que considera el ADN de cualquier historia: debilidad y necesidad, deseo, oponente, plan, batalla, autorrevelación y nuevo equilibrio. Son los que más me sirvieron para pensar el coaching, y alrededor de ellos está construido lo que sigue.

Debilidad, necesidad y fantasma

Truby plantea que el protagonista comienza con alguna debilidad, y distingue dos tipos. La psicológica afecta principalmente al propio personaje, y la moral tiene consecuencias para quienes lo rodean.

Para pensar el liderazgo, la distinción es muy útil. Un jefe que teme al conflicto sufre cada vez que debe enfrentar una conversación difícil: esa es la dimensión psicológica. Pero si ese temor lo lleva a no aclarar expectativas o a tolerar incumplimientos, el problema ya alcanza al equipo, es decir, a quienes lo rodean. Una directora que necesita controlarlo todo quizás se siente más segura. Sus colaboradores, en cambio, aprenden que tomar iniciativa es peligroso y que conviene esperar instrucciones.

Los temores de un líder no permanecen dentro de él. Se convierten en maneras de conversar, decidir y supervisar. A veces, en el clima del equipo.

Junto a la debilidad está la necesidad: aquello que el personaje necesita aprender, aunque al comienzo no lo sepa. Puede querer ganar y necesitar humildad, o puede querer escapar cuando lo que necesita es enfrentar su miedo.

En el coaching, esa diferencia entre lo que alguien quiere y lo que necesita aprender es central. Una persona dice que quiere delegar, lo que puede estar muy bien. Pero ¿qué necesita aprender para hacerlo? Quizás confiar más, aceptar que otros harán las cosas de otra manera o tolerar que se equivoquen. El objetivo declarado orienta el proceso, pero la necesidad muestra dónde puede estar el aprendizaje.

Hace diez años, comentando Coaching, de John Whitmore, eché de menos en su modelo una mirada sobre el observador que está detrás de las acciones, con sus miedos e indecisiones. La distinción de Truby entre lo que alguien quiere y lo que necesita apunta justamente ahí.

Truby agrega el fantasma: una experiencia del pasado que sigue influyendo en el personaje. Me gusta la idea porque permite mirar muchas conductas sin juzgarlas apresuradamente.

Un gerente se formó con un jefe que castigaba duramente los errores, por lo que aprendió a revisar todo varias veces, anticipar cada riesgo y no mostrar dudas. Probablemente le sirvió durante años, aunque el problema comienza cuando, ya en un cargo de mayor responsabilidad, sigue actuando como si cualquier equivocación pudiera costarle el puesto.

Esas respuestas tuvieron sentido en su momento, ya que permitieron protegerse, pertenecer o sobrevivir en ambientes exigentes. El coaching puede ayudar a distinguir qué parte de esa respuesta sigue siendo una competencia y qué parte se convirtió en un problema que comienza a producir costos, especialmente cuando aparecen nuevos desafíos derivados de un cambio de rol o del desarrollo de la carrera.

El deseo como puerta de entrada

El deseo pone la historia en movimiento: el protagonista quiere ganar una competencia, resolver un caso o salir de una situación amenazante. En el coaching ocurre algo parecido. Sin un objetivo, el proceso corre el riesgo de convertirse en una conversación interesante, pero poco orientada.

La persona quiere delegar y empieza a intentarlo. En ese esfuerzo descubre cuánto necesita sentirse indispensable. Quiere influir y se da cuenta de que escucha poco. Al perseguir lo que quiere, comienza a conocerse mejor.

El oponente no siempre está afuera

Truby llama oponente a la persona o fuerza que se interpone entre el protagonista y su deseo. No tiene que ser un villano, aunque en las sesiones suele llegar con nombre y cargo: el jefe que bloquea las iniciativas, el colaborador que no cumple, el par que compite, el directorio que exige resultados contradictorios.

Esas dificultades hay que mirarlas. No todo depende de la persona y no todos los problemas son imaginarios. Pero el oponente también puede ser interno. Alguien quiere delegar, aunque una parte suya necesita seguir siendo indispensable. Busca poner límites y, al mismo tiempo, teme perder la aprobación de los demás.

En esos casos suelo pensar en una pregunta incómoda: ¿qué parte de uno se opone al cambio que uno mismo dice querer?

No se trata de culpabilizar. Los patrones que limitan también protegen algo: una identidad, una sensación de seguridad, una pertenencia. El desafío es reconocer qué se está protegiendo y evaluar si todavía vale la pena pagar el costo de esa protección.

El mundo y la red de personajes

El protagonista no vive en el aire. Habita un mundo con reglas, jerarquías y amenazas. En el coaching ejecutivo, ese mundo es la organización: su historia, sus incentivos, su estructura de poder y ese conjunto de reglas que nadie ha escrito, pero que todos parecen conocer. No es lo mismo pedir colaboración en una cultura competitiva que en una donde existe confianza.

Por eso desconfío de las interpretaciones que psicologizan todos los problemas. El extremo contrario tampoco ayuda: culpar siempre al sistema deja a la persona sin capacidad de actuar. ¿Qué parte del problema corresponde a la organización? ¿Qué parte tiene que ver con mi manera de responder a ella? ¿Dónde tengo influencia?

Truby también habla de la red de personajes: el protagonista se transforma en relación con aliados, rivales y figuras de autoridad. Aunque el ejecutivo llegue solo a la sesión, nunca llega realmente solo. Trae a su jefe, a sus pares y a su equipo.

Por eso, más que preguntar cómo es la persona, suele servir preguntar con quién aparece determinada conducta. ¿A quién no se atreve a contradecir? ¿Frente a quién necesita demostrar que sabe? Un gerente puede ser muy directo con su equipo y extremadamente cauteloso con su jefe.

Cuando bajamos de la «falta de confianza» en abstracto a una reunión o una relación concreta, el problema adquiere otra forma. Y aparecen posibilidades más claras de aprendizaje.

El plan como experimento

Para Truby, el plan revela cómo el personaje entiende el mundo. Una persona temerosa diseña estrategias defensivas. Una arrogante supone que los demás actuarán como ella espera.

En el coaching también hay que pasar de la comprensión a la acción: tener una conversación, formular un pedido más claro, delegar una decisión, intervenir menos en una reunión. Prefiero pensar estas acciones como experimentos y no como tareas que necesariamente deben resultar bien. Es la misma lógica que comenté a propósito de Microexperimentos, de Anne-Laure Le Cunff: mirar el error como información y no como fracaso.

Alguien delega una responsabilidad importante y el colaborador vuelve varias veces a preguntar qué debe hacer. Puede concluir que su equipo no tiene autonomía. O puede mirar cómo delegó: ¿entregó contexto?, ¿aclaró el resultado esperado?, ¿acordó momentos de seguimiento? Otra persona se propone poner un límite y lo hace de manera tan cuidadosa e indirecta que nadie alcanza a notarlo. También eso enseña.

El plan permite que la realidad responda. Pensamos, probamos, observamos qué ocurrió y volvemos a ajustar.

La batalla suele ser una conversación

En una historia, la batalla es el momento en que el protagonista enfrenta la resistencia principal. En el coaching ejecutivo suele adoptar una forma bastante menos espectacular: una conversación pendiente. Un pedido que no se ha formulado, un límite que falta establecer, un desacuerdo que no se nombra.

Desde afuera parece una reunión más. Para quien debe enfrentarla, puede ser el momento central del proceso.

He visto personas preparar durante varias sesiones una conversación que dura menos de una hora. Lo que está en juego no es solo lo que dicen, sino parte de la identidad que han construido. ¿Puedo ser un buen líder y, al mismo tiempo, decepcionar a alguien? ¿Puedo reconocer que no sé? ¿Puedo sostener una decisión cuando otros no están de acuerdo?

Mientras esas preguntas permanecen en la reflexión, admiten muchas respuestas. La conversación las lleva a la realidad.

Autorrevelación y nuevo equilibrio

Después de la batalla, dice Truby, el personaje descubre algo importante sobre sí mismo. No siempre es agradable.

En el coaching, estas revelaciones suelen ser menos dramáticas, pero pueden resultar decisivas. La persona descubre que no estaba haciendo pedidos, sino insinuando. Que decía delegar, aunque después corregía cada detalle. Que llamaba prudencia a su temor.

Esto no significa asumir que todo es responsabilidad propia. Se trata de reconocer la participación que uno tiene en lo que ocurre, porque eso devuelve capacidad de acción.

Truby cierra su secuencia con un nuevo equilibrio: el personaje ya no puede volver exactamente al punto de partida. En el coaching, la comprensión adquiere valor cuando se convierte en práctica. Si la persona descubrió que controla demasiado, ¿qué decisión entregará realmente? Si reconoció que evita el conflicto, ¿qué conversación tendrá?

Ahí también cambia la manera de usar el poder. Un cargo entrega atribuciones formales. La autoridad, en cambio, se construye en la forma de conversar, decidir, cumplir compromisos y reparar errores.

El nuevo equilibrio nunca es definitivo. Bajo presión, todos tendemos a regresar a nuestras respuestas habituales. La diferencia es que ahora la persona reconoce el patrón y puede verlo venir.

Para terminar

John Truby no escribió un libro de coaching. Escribió un libro sobre cómo se construyen las historias. Sin embargo, me ayudó a mirar de otra manera los procesos de transformación que viven muchas personas en sus roles ejecutivos.

Alguien llega con un deseo. En el camino descubre una resistencia, una historia antigua o una conversación que evita. Prueba algo diferente y observa qué ocurre. La historia no termina cuando encuentra la respuesta perfecta. Termina, quizás, cuando puede mirar con mayor claridad lo que viene haciendo y comienza a actuar de otra manera.

Sobre las historias que nos contamos he escrito antes en este blog. Hace cinco años, a propósito de La fábrica de historias, de Jerome Bruner, comenté que el yo es, en buena parte, un producto de nuestros relatos. Este año, comentando La especie fabuladora, de Nancy Huston, que las historias nos ayudan a vivir, pero a veces nos encierran. Truby agrega algo distinto: una estructura para mirar cómo cambian.

Me quedo con esa idea: pensar el coaching como una anatomía de la transformación. La persona llega con una historia sobre sí misma. Si el proceso resulta útil, se va con otra un poco más amplia.