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jueves, 16 de abril de 2026

Amigos por Robin Dunbar



La promesa de la amistad

Roberto Carlos tiene una canción muy conocida que habla de tener “un millón de amigos”. La idea es bonita. Sugiere una vida amplia, acompañada, hospitalaria; una existencia en la que siempre habría alguien cerca, alguien dispuesto, alguien con quien contar. A cualquiera podría gustarle una promesa así. Sin embargo, uno de los méritos del libro Amigos, de Robin Dunbar, consiste precisamente en aterrizar esta expectativa para investigar qué es la amistad, su importancia y otros interesantes temas.

La pregunta central del libro es entonces por qué la amistad importa tanto y por qué tiene límites tan claros. Dunbar responde que la amistad forma parte de la estructura básica de una vida lograda. Los amigos aportan apoyo, pertenencia, estabilidad, compañía y una cierta protección emocional que resulta difícil reemplazar por otras vías. Vivimos mejor cuando contamos con vínculos confiables. A veces bastan unos pocos, siempre que sean reales.

Uno de los aciertos del libro está en discutir una confusión muy propia de nuestra época: la tendencia a equiparar cantidad de contactos con riqueza relacional. Dunbar, conocido por el célebre “número de Dunbar”, recuerda que nuestra capacidad para sostener relaciones estables y significativas tiene un techo. Se suele citar la cifra de 150, aunque lo importante está menos en el número preciso que en el principio general. Los vínculos humanos requieren tiempo, memoria, atención y energía. Mantener una relación supone recordar historias, seguir cambios, interpretar estados de ánimo, captar expectativas y responder con cierta continuidad. Todo eso cuesta.

El punto, entonces, no pasa por la posibilidad de conocer a mucha gente. Conocer, podemos conocer a muchos. Otra cosa muy distinta es cuidar con intensidad a todos esos vínculos. Allí aparece una distinción que el libro formula muy bien: una cosa son los contactos, otra los conocidos, otra los amigos, y otra ese puñado de personas cuya presencia cambia de verdad la textura de la vida. Cuando se mira así, la amistad deja de ser una etiqueta amable y aparece como una relación exigente, selectiva y cara en términos humanos.

Capas, huella social y cerebro social

Dunbar sostiene además que nuestras redes sociales tienen forma. No están hechas de una multitud homogénea, ordenada al azar. Suelen organizarse en capas o círculos de cercanía. En el centro hay muy pocas personas íntimas. Luego viene un grupo algo más amplio de amigos cercanos. Después aparecen amistades frecuentes, valiosas, aunque de menor profundidad. Más afuera queda una periferia de relaciones livianas, útiles, gratas muchas veces, aunque menos intensas. Esta imagen ayuda bastante, porque muestra que la vida relacional no funciona como una lista plana. Cada vínculo ocupa un lugar distinto y recibe una inversión distinta.

Cada una de esas capas cumple una función propia. El núcleo íntimo suele ofrecer refugio, confianza, apoyo emocional y presencia en los momentos difíciles. Los círculos intermedios aportan compañía, continuidad, pertenencia y coordinación. La periferia mantiene abierta una red más extensa de conexión social que también importa. Mirado así, el mundo de los amigos tiene jerarquías, densidades y gradaciones. Y eso parece bastante razonable. Pocas cosas humanas son completamente parejas.

Relacionado con esto, Dunbar introduce una idea especialmente sugerente: cada persona tendría una especie de “huella social”. La cuestión ya no pasa solo por cuántos vínculos puede sostener, sino por la manera en que reparte su energía entre ellos. Hay personas muy concentradas en unos pocos lazos intensos. Otras distribuyen su atención en una red más amplia. Los nombres cambian con el tiempo, por supuesto, pero la forma general de la red suele conservar cierta estabilidad. Eso sugiere que la amistad también expresa un estilo personal de sociabilidad. Cada uno parece tener una manera relativamente constante de equilibrar intimidad, amplitud y compromiso.

Otro de los aportes importantes del libro consiste en vincular la amistad con el cerebro social. Hacer amigos y conservarlos exige habilidades cognitivas complejas: leer intenciones, recordar historias compartidas, captar matices, interpretar emociones, ajustar expectativas. En términos más precisos, supone una capacidad de mentalización o, si se quiere, de teoría de la mente: la aptitud para imaginar qué siente, piensa, teme o espera el otro, y para modular la propia conducta a partir de esa comprensión. En una amistad profunda hace falta afecto, desde luego, pero también una comprensión fina del otro. Bajo esa luz, la amistad aparece como una capacidad humana elaborada, sostenida por nuestra aptitud para movernos dentro de mundos relacionales complejos.

A esa exigencia cognitiva se suma otra dimensión decisiva: la amistad cuesta. Cuesta tiempo, atención, memoria, disponibilidad y reciprocidad. Un vínculo importante necesita mantenimiento. Hay que aparecer, responder, acompañar, acordarse de lo que importa, sostener cierta lealtad práctica. El afecto, por sí solo, alcanza poco cuando no se traduce en conductas. Y esa misma capacidad de mentalización también interviene aquí, porque una amistad duradera exige registrar cómo va cambiando el otro, advertir cuándo necesita cercanía, cuándo espera una respuesta y cuándo empieza a percibir distancia. Dunbar observa además algo muy reconocible: en casi todas las relaciones existe alguna forma de contabilidad implícita. Tal vez no llevemos un registro consciente, pero sí advertimos quién estuvo, quién respondió, quién sostuvo el lazo y quién se fue retirando. Muchas amistades pierden fuerza por acumulación de pequeñas ausencias.

El tiempo, la conversación y la afinidad

Aquí asoma una de las ideas más fértiles del libro: el tiempo es la gran moneda de la amistad. La cercanía se construye con tiempo compartido. Hablar, verse, caminar juntos, acompañarse, coordinarse, reírse de las mismas cosas, participar en actividades comunes: así va creciendo la intimidad. Como el tiempo es escaso, la amistad se vuelve forzosamente selectiva. Eso ayuda a entender por qué ciertas etapas de la vida reordenan la red social. Una pareja, un hijo, una mudanza, una crisis, un nuevo trabajo o simplemente el paso de los años alteran la manera en que distribuimos ese recurso limitado. Muchas veces el cariño permanece, aunque la disponibilidad se reduzca.

Dunbar insiste también en algo que conviene subrayar: la amistad tiene una dimensión corporal. La presencia cuenta. La risa compartida cuenta. La sincronía, la experiencia en común y la conversación cuentan. Este último punto resulta especialmente interesante. El autor trata la conversación como una verdadera tecnología de vínculo. Hablar sirve para transmitir información, desde luego, aunque también cumple otra función igual de importante: crea cercanía, actualiza la relación, refuerza la pertenencia y mantiene viva la comunidad. El humor, las confidencias, los comentarios cotidianos e incluso el chisme ayudan a cohesionar la red. En sociedades complejas, la palabra cumple parte del papel que el acicalamiento tiene entre otros primates: mantener unidos a los miembros del grupo.

Otro eje central del libro es la afinidad. Solemos hacernos amigos de personas que se parecen a nosotros en dimensiones relevantes: lenguaje, valores, humor, trayectorias, intereses, visión del mundo, gustos culturales. En sociología, esta tendencia suele nombrarse con el concepto de homofilia. La idea es muy simple y muy potente: tendemos a acercarnos a quienes comparten con nosotros ciertos códigos básicos. La semejanza vuelve más fácil la coordinación, reduce fricciones y facilita la comprensión mutua. Eso no impide la amistad entre personas diferentes, por supuesto. Aun así, la afinidad suele ofrecer un terreno favorable para que el vínculo prospere. Por encima de todo, hay un factor que termina pesando más que cualquier coincidencia: la confianza. Un amigo verdadero es, antes que nada, alguien confiable.

Romance, género y desgaste

En la parte final del libro, Dunbar abre dos cuestiones especialmente interesantes. La primera es la relación entre amistad y romance. Ambos vínculos comparten una base parecida: intimidad, apoyo, tiempo compartido, coordinación, historia común. La pareja suele ocupar una cantidad muy importante de recursos relacionales y, por eso mismo, reorganiza el resto de la red. Muchas amistades sienten ese movimiento. A veces lo resisten bien; a veces se resienten.

La segunda cuestión se refiere a las diferencias promedio entre hombres y mujeres en sus patrones de amistad. Aquí conviene leer a Dunbar con prudencia. En promedio, sugiere que las mujeres suelen vivir la amistad de un modo más intensivo y más centrado en la relación de a dos: más conversación íntima, más intercambio emocional, más atención al estado del vínculo. En ese marco, la confianza suele crecer mediante la confidencia, el seguimiento mutuo, la conversación detallada y una presencia verbal muy activa. La amistad femenina, en esa descripción, aparece muchas veces ligada a la palabra y a la contención.

Entre los hombres, en cambio, Dunbar observa otro estilo promedio. La amistad masculina suele apoyarse más en actividades compartidas, en grupos, en lealtades prácticas y en formas de cercanía menos verbalizadas. Muchos hombres se sienten profundamente unidos a sus amigos aun cuando hablan poco de sus emociones o del vínculo mismo. El lazo se afirma en hacer cosas juntos, repetir ciertos rituales, sostener códigos compartidos, reírse de lo mismo, acompañarse de una manera menos explícita. Hay cercanía allí también, aunque con otra gramática.

Esas diferencias promedio también ayudan a entender por qué el deterioro de la amistad puede sentirse de maneras distintas. Una red más conversacional vuelve más visible la pérdida cuando se enfría el intercambio íntimo. Una red apoyada en actividades comunes acusa más el golpe cuando desaparecen los espacios compartidos. En ambos casos hay erosión del vínculo, aunque el proceso adopte formas distintas. Ese matiz enriquece bastante la tesis general de Dunbar: la amistad tiene una base humana común, aunque su experiencia concreta cambie según el tipo de relación que cada uno cultiva.

Otra observación lúcida del libro tiene que ver con el desgaste de las amistades. Muchas no terminan por conflicto abierto. Lo que ocurre suele ser más banal y más triste: baja el contacto, disminuye la inversión, cambian las rutinas, aparecen otras prioridades y el vínculo se enfría. Mudanzas, trabajo, pareja, hijos, cansancio, etapas vitales distintas: todo eso va erosionando relaciones que alguna vez fueron centrales. Hay algo melancólico en esa constatación, aunque también mucho realismo. Algunas amistades se pierden; otras se transforman; otras quedan suspendidas y reaparecen años después con una mezcla extraña de cercanía y distancia.

La amistad en tiempos de redes

Por último, Dunbar examina el papel de internet y de las redes sociales. Su conclusión es prudente. Lo digital ayuda mucho a mantener activa la periferia de la red: permite seguir en contacto, actualizar información, conservar una continuidad mínima con vínculos lejanos. El núcleo íntimo, en cambio, parece responder a otras exigencias. La profundidad relacional sigue dependiendo de tiempo, confianza, historia compartida y, en buena medida, de presencia. Las plataformas amplían la visibilidad de nuestros vínculos, aunque no alteran tanto su densidad. Es una observación sensata para una época fascinada con la promesa de la conexión permanente.

Cierre

En definitiva, Amigos reafirma una idea modesta y poderosa: la amistad vale tanto porque tiene límites. Exige tiempo, dedicación, memoria, cuidado. No admite expansión indefinida. Quizá por eso mismo pesa tanto cuando existe de verdad. Unos pocos vínculos bien cuidados pueden sostener una vida entera. Pueden acompañarnos, corregirnos, consolarnos, orientarnos y recordarnos quiénes somos. En un tiempo que suele confundir conexión con cercanía, Dunbar recuerda algo bastante elemental: la calidad de una vida depende mucho de la calidad de aquellos pocos con quienes realmente podemos contar.

Brindo, entonces, por los buenos amigos: los de siempre, los que pertenecieron a una etapa, los que la vida alejó sin borrar del todo su huella, y los que siguen ahí, haciendo más habitable el mundo. 

martes, 24 de enero de 2017

Networking Estratégico. Amigos, aliados, conectores poderosos. Sanguijuelas, psicópatas y malos actores. Judy Robinett.


Libro comprado en aeropuerto hace ya algún tiempo atrás. Muchas veces me he equivocado al escoger por la tapa o mirar el índice de manera rápida. Esta vez ha sido una excepción pues me he encontrado con un libro interesante, no que me haya removido como el ultimo que comenté sobre el poder, pero sí que me ha hecho reflexionar respecto como abordamos este tema.

Suelo señalar en clases, que muchas veces lo mejor de un curso es el café, el espacio en que conversamos con alguien que antes no conocíamos, donde intercambiamos unas tarjetas y donde se generan amistades, negocios y, muchas veces, hasta historias de amor. Sin embargo, es triste para uno como profesor que un alumno pueda decir algo como eso ya que pensamos que lo importante es la clase, sin embargo, tengo que reconocer que me ha pasado, como estudiante, que muchas veces, de verdad, lo mejor es el café. Por ello, procuro, cuando organizo un curso, que tanto el curso mismo como el espacio social que este genera sea valioso y trabajo a propósito que los participantes se conozcan y hagan redes entre ellos.

Plantea Judy Robinett que en cualquier lugar existen líneas conectoras invisibles entre las personas, conexiones imperceptibles que mantienen la economía andando. Dice que en los negocios, como en la vida, las relaciones son la “red de energía” que la gente inteligente utiliza para que las cosas se hagan más rápida y eficazmente. Creo que esto pasa en cualquier grupo de personas, rápidamente se establecen vínculos, simpatías, amistades, afinidades y también algunas antipatías, distancias. De alguna forma esto es lo que descubren los trabajos de Elton Mayo en sus estudios de Hawthorne, cuando describen la estructura informal de los grupos.

Por otro lado entiendo que este tema de las conexiones estratégicas tiene un espacio luminoso y uno oscuro. El luminoso es que, de manera espontánea, muchas veces sin proponérnoslo, hacemos amistad con otras personas, ya que descubrimos intereses comunes, gustos similares, afinidad interpersonal u objetivos compartidos. Ello es fantástico ya que permite conectarnos y, a partir de ello, generar colaboración. El lado oscuro, a mi juicio, es cuando se hace con un interés oculto, pensando sólo en la conveniencia, de manera manipuladora. Ello genera un sentimiento de falsedad, de utilización. Creo que ambas situaciones coexisten y es necesario aprender a administrarlas.

A juicio de la autora, es necesario entender las redes como un capital, es decir, un valor, una riqueza o unos activos en poder de alguien. Desde el siglo pasado que ha cambiado el concepto de capital, el que se ha movido desde “activos duros” a activos intelectuales. El capital relacional es “un bien intangible que se basa en desarrollar, mantener y cultivar relaciones de alta calidad con cualquier organización, individuo o grupo que puede influir o tener impacto en su negocio, incluyendo clientes, proveedores, empleados, gobiernos, socios, otros interesados y a veces hasta a los competidores”. Es importante distinguir entre relaciones formales como informales, las primeras se tienen en función del rol desempeñado, las segundas son por elección

Hace mucho tiempo ya me pareció muy poderoso el enfoque del capital intelectual para poder entender porque las personas son valiosas en las organizaciones y como los “recursos humanos” agregamos valor a cualquier actividad. Y eso tiene que ver con lo que dice el párrafo precedente. No son los edificios, ni la tecnología, ni el capital financiero lo que genera riqueza por sí mismo, sino que las personas y las conexiones que establecen. Esto es fundamental en cualquier actividad y más aún en negocios cuyo centro es el servicio o la relación humana proveedor - cliente.

Al aplicar estas distinciones al mundo del liderazgo destaco que el trabajo de los ejecutivos es conseguir resultados gestionando relaciones. Ya quisiera haber inventado yo mismo este concepto, sin embargo debo decir que se lo escuché a Laura Bicondoa. A mi entender es una interpretación poderosa que permite entender lo que hace un ejecutivo, como genera riqueza y como hacer coaching con él para que mejore su trabajo.

Según la autora del libro, se tienen muchos tipos de relaciones en el mundo organizacional. Por el lado de quienes “chupan energía” distingue las sanguijuelas, los psicópatas y los malos actores. Las primeras son aquellas que siempre toman pero nunca dan. Los psicópatas son personas encantadoras, atractivas, expertos en manipularnos pero que no sienten ninguna empatía ni apego por nada por lo que actúan estrictamente según sus intereses personales, pudiendo mentir, hacer trampa, robar y aprovecharse de los demás cada vez que puedan. Los malos actores son personas que no honran sus promesas y estafan a los demás robándoles su dinero, su tiempo o su poder, se ponen siempre en primer plano

Me ha tocado conocer de los tres, personas que me llaman de vez en cuando, abren una conversación aparentemente para saber cómo estoy y luego sólo piden. Si alguna vez los he llamado de vuelta para pedirles alguna ayuda me han demorado y no me han prestado ninguna colaboración. Conozco otros por ahí que, bajo la apariencia de una relación cooperativa, se han terminado aprovechando de la relación y la he pagado caro. Conozco una en particular, de mentalidad explotadora, que bajo la estrategia de futuras ganancias mutuas o de amenaza de pérdida de favores consigue que otros trabajen en sus proyectos de manera gratuita, llevándose ella las ganancias y, evidentemente, no compartiendo nada de ello ni en el presente ni en el futuro con aquellos que le colaboraron.

La autora, desde otra perspectiva, también distingue amigos, aliados y conectores poderosos. Amigos: aquellas personas con las que se comparten intereses comunes o historia personal. Aliados: personas que pueden ser amigos o colegas con los que se comparten los mismos objetivos. Tanto amigos como aliados pueden ser conectores poderosos: ciertos individuos que conectan a los diferentes vínculos, “nodos” que conectan muchos contactos. Un conector poderoso genera conexiones de alta calidad entre los individuos y sus redes, buscan agregar valor conectando a las mejores personas con los mejores recursos con el objetivo de producir más éxitos para todos los involucrados.

De lo anterior puede seguirse que es importante tener amigos y tener aliados, los que no hay que confundir ya que el espacio de sinceridad y confianza con ambos es distinto. Sin embargo para que una red personal genere mayor valor tiene que tener “conectores poderosos”, de modo que se multiplique el efecto interpersonal. También puede uno mismo aspirar a ser un  conector poderoso, por la vía de ocupar ese rol de nodo en las relaciones entre muchas personas.

Para ser un conector poderoso hay que desarrollar “una mentalidad”, la que implicará conectarse para generar valor a toda la red, Dice la autora del libro que, “los conectores poderosos buscan construir relaciones que les brinden beneficios a todos”, por ello son sensibles a los tomadores o aprovechadores, a quienes solo les interesa lo que puedan obtener a través de los demás. Un conector poderoso no se conecta para obtener, sino que tiene un interés genuino por los demás.

Por eso que un conector poderoso se caracteriza por: se conectan para crear beneficios mutuos (que todos ganen de alguna manera), se conectan en serio (saben que cualquier relación que deseen construir deba basarse en una conexión y consideración genuina por la otra persona), se conectan para el largo plazo (las inversiones que se hagan al conectarse con otros crecerán y generarán beneficios en el futuro), se conectan en todos los niveles (construyen relaciones que generan entradas a nuevos ecosistemas de contactos potencialmente importantes), tratan bien a todos (son inteligentes para tratar a todos con quienes se encuentran como seres humanos valiosos y valorados).


Concluye la autora con la ley de la reciprocidad. Cuando usted entrega su tiempo, sus esfuerzos, sus conexiones para ayudarle a alguien, naturalmente esa persona va  a querer corresponderle. Me río cuando mi gran amigo Roberto Rojas habla de “buen karma”, creo que se refiere a esto mismo. Lo que siembra se cosecha, lo que damos se nos devuelve. Por eso seguiré practicando estas ideas en beneficio de la gente que conozco y teniendo cuidado con sanguijuelas, psicópatas y aprovechadores varios.

martes, 20 de agosto de 2013

Amigos de avión

Desde que inicié mi carrera profesional he participado en proyectos que han significado viajar a otras ciudades, a veces solo por algunos días y otras veces por largos periodos. Así, si hago una lista rápida me ha tocado trabajar en Arica, Iquique, Antofagasta, Tocopilla, Calama, San Pedro de Atacama, Copiapó, Vallenar, Ovalle, Valparaíso, Rancagua, Talca, Concepción, Tomé, Chillán, Temuco, Puerto Montt, Valdivia, Coyhaique y, hasta Punta Arenas, sin dejar de considerar largas pasadas por Santiago.

Reconozco que desde que era pequeño me ha gustado viajar, por vacaciones, por campamentos scouts, por retiros con los curas, por lo que sea. Siempre me ha gustado ese sentimiento del día anterior al viaje, de preparar la maleta, de anticiparse a la aventura, de llegar al lugar y sentir otros olores, asombrarse con la gente, observar un lugar distinto o redescubrir lugares conocidos.

Por eso creo que un buen trabajo tiene que implicar viajar. No necesariamente vivir arriba de un avión o un bus, pero si cada cierto tiempo salir, moverse, visitar otras regiones, interactuar con otras personas.

Cuando viajo lo primero que hago es escoger un buen libro y aprovechar los tiempos muertos para leer. En la vorágine del día a día me cuesta darme tiempo libre para leer y viajar es una gran oportunidad para cultivar este hábito. Soy un lector ávido de lo que sea y me cuesta dejar tiempo libre para leer, viajar es una excelente oportunidad para leer sin culpa.

Y me suele pasar que me encuentro con gente conocida, que conozco de distintos mundos: la Universidad, antiguos clientes de la consultora, ex alumnos, incluso, gente que ni se el nombre pero de tanto vernos en los aeropuertos terminamos por saludarnos.

En el último viaje por ejemplo, iban dos personas conocidas que trabajaban en una empresa de Coquimbo, que se acaba de fusionar con una gran empresa de Santiago, uno de ellos gerente de recursos humanos, cliente mío muchos años. Me contaban la experiencia que ha significado para ellos esta fusión, con sus aspectos positivos y negativos. Por lo pronto han tenido que irse a vivir a Santiago con la dificultad familiar que ello implica. Y también les ha significado insertarse en una nueva cultura organizacional, donde las cosas se hacen distinto a la empresa que ellos trabajaban,  lo que conlleva gran aprendizaje.

Estoy convencido que viajar implica adquirir nuevas perspectivas, separarse de lo conocido y mirarlo con otros ojos o, derechamente descubrir nuevos mundos. Recuerdo haberme encontrado en el aeropuerto de Antofagasta con un apoderado del colegio de mi hija, quien trabaja en una compañía minera, con el que había cruzado solo algunas palabras y escucharlo hablar de su trabajo, de los minerales, de la propiedad minera, etc. Aprendí muchísimo de esa conversación, sobre todo de cómo él  prefería concentrar el conocimiento antes que explicitarlo en algún manual, como garantía de empleabilidad. Esto dio lugar a una interesante conversación sobre conocimiento tácito y explícito.

A veces me encuentro con gente que no he visto en mucho tiempo y es agradable darse un buen abrazo. El otro día me encontré a un viejo amigo del colegio, a Ignacio Salinas, no lo veía desde su matrimonio hace como 10 años o más años atrás, conversamos un buen rato, nos reímos de los viejos tiempos y prometimos llamarnos para encontrarnos en Santiago a tomar un buen café.

He quedado varado un par de veces en los aeropuertos, sobre todo cuando al de La Serena no se puede aterrizar. Una vez me tocó quedarme en Antofagasta, una de las pocas veces que llovió en esa ciudad. Ahí me encontré con la Patty, amiga de mi ex mujer, quien trabaja como vendedora de insumos de un laboratorio. Fue una oportunidad de conocer en que trabaja, hablar de nuestros hijos y reírnos de la vida y de la muerte.

Leyendo a Castells en “La era de la información”, hay un capitulo muy interesante acerca del nuevo significado que tiene el espacio en este mundo globalizado y tecnológico, como ha cambiado nuestro concepto de espacio. La carrera profesional ya no se desarrolla solo en una ciudad o área geográfica, uno puede residir en una ciudad, pero la profesión se ejerce en un territorio mucho más vasto.

Recuerdo que varias veces me han ofrecido trabajo en algún viaje, sin ir más lejos el otro día me encontré con un antiguo compañero de la Universidad, gerente de una consultora, quien me pidió le enviara mi curriculum para participar con él en un proyecto relacionado con coaching en Iquique.

Viajar es una oportunidad para fortalecer las redes informales, esas que se desarrollan al calor de un café, de una conversación de aeropuerto, con personas con las que no somos amigos, ni trabajamos juntos pero que pertenecen a nuestro circulo de contactos.


Cada vez que viajo miro a mi alrededor a ver si encuentro a alguien conocido, si es así, me dispongo a saludar. Y si no, como ocurre también frecuentemente, abro mi libro y me embarco en el placer de la lectura.