En la vida organizacional, gran
parte de lo que define la calidad del liderazgo no ocurre únicamente en
reuniones de directorio, presentaciones estratégicas o decisiones visibles,
sino en conversaciones pequeñas, cotidianas y, muchas veces, incómodas con los
integrantes de un equipo de trabajo.
Estas conversaciones se reconocen
porque suelen evitarse, postergarse o diluirse en silencios prolongados e
incómodos. Percibimos que algo importante necesita ser dicho, pero no se
encuentra el espacio, el tiempo o el modo adecuado para hacerlo.
Hoy mismo en varias sesiones de
coaching ejecutivo, este tema ha aparecido reiteradamente, cómo conversar con
alguien con quien se tiene una buena relación pero que no ha estado cumpliendo
o cómo conversar con alguien que puede interpretar la conversación de modo
negativo y enojarse, contaminando la conversación. No se trata de falta de
conciencia, sino de la dificultad real de sostener estas conversaciones sin
dañar la relación ni el clima del equipo.
He hablado antes de este tema en
el blog a propósito de conversaciones
cruciales, conversaciones
difíciles y conversaciones
difíciles 2.0
Las llamamos conversaciones
difíciles no porque sean extraordinarias ni altamente estratégicas, sino
precisamente porque son profundamente humanas y están cargadas de significado
emocional y relacional. En ellas se ponen en juego nuestra identidad, nuestras
emociones y la calidad de nuestras relaciones. Comprenderlas y aprender a
conducirlas constituye una de las competencias más críticas del liderazgo
efectivo.
Las situaciones que dan origen a las conversaciones
difíciles
Las conversaciones difíciles no
aparecen de la nada. Se gestan en situaciones concretas que se repiten una y
otra vez en muchas organizaciones:
- Un acuerdo se incumple reiteradamente y nadie lo
menciona.
- Dos áreas se culpan mutuamente por un error.
- Un colaborador rinde menos, pero es cercano al
jefe.
- Se toman decisiones sin consultar al equipo.
- Hay reuniones improductivas y nadie lo dice.
- Una persona interrumpe constantemente.
- Un conflicto antiguo reaparece indirectamente.
- Se evita hablar de carga laboral.
- Retroalimentación pendiente desde hace meses.
- Roles poco claros generan fricción.
- Expectativas distintas sobre prioridades.
- Falta de compromiso con plazos.
- Cambios comunicados a última hora.
- Desigualdad en la distribución del trabajo.
- Tensiones por liderazgo informal.
- Falta de reconocimiento sostenida.
- Errores que se repiten.
- Decisiones percibidas como injustas.
- Rumores que circulan.
- Mal clima que nadie nombra.
Estas situaciones no son solo
problemas operativos; son quiebres relacionales. Cada una tensiona
expectativas, compromisos, percepciones de justicia y sentido de pertenencia.
Cuando no se conversan, comienzan a acumularse como una deuda invisible que el equipo
paga con desmotivación, desgaste y pérdida de confianza.
Junto con ello, empiezan a
aparecer indicadores conversacionales claros: silencios incómodos, comentarios
indirectos cargados de ironía o sarcasmo, conversaciones privadas o “de
pasillo”, formación de bandos y, en algunos casos, confrontaciones abiertas y
agresivas.
El mundo emocional que habita lo difícil
Toda conversación difícil está
atravesada por emociones. No se trata únicamente de “decir las cosas bien”,
sino de reconocer que lo que está en juego no es solo el resultado, sino la
relación.
Entre las emociones más
frecuentes encontramos: Miedo a dañar la relación, rabia contenida, frustración
acumulada, inseguridad personal, cansancio emocional, resentimiento, culpa, vergüenza,
ansiedad, desconfianza, impotencia, enojo, tristeza, desmotivación, temor al
conflicto, sensación de injusticia, desánimo, defensividad, irritación, confusión
emocional.
Estas emociones rara vez se
declaran explícitamente. Más bien, se esconden detrás de gestos, silencios,
ironías o defensividad. Cuando no son reconocidas, no desaparecen; se filtran
en la conversación de maneras poco productivas, afectando la coordinación y el
compromiso.
De hecho, ya lo dice Goleman
– Boyatzis – Mc Kee en su libro “El líder resonante crea más”, señalan que
el rasgo distintivo del liderazgo es la comprensión del extraordinario papel
que desempeñan las emociones en el entorno laboral. Por eso, un liderazgo que
ignora el mundo emocional reduce las conversaciones a lo técnico, perdiendo de
vista que las organizaciones son, ante todo, sistemas humanos.
Patrones conversacionales que perpetúan el problema
Frente a situaciones
emocionalmente cargadas, las personas desarrollan patrones conversacionales
defensivos. Estos patrones no son casuales: cumplen la función de proteger la
identidad y evitar el conflicto. Sin embargo, su efecto suele ser el contrario.
Algunos de los más habituales
son:
- Evitar el tema.
- Atacar a la persona.
- Justificar constantemente.
- Minimizar el problema.
- Ironizar.
- Hablar con terceros.
- Culpar al contexto.
- Victimizarse.
- Racionalizar en exceso.
- Cerrar la conversación.
- Imponer autoridad.
- Descalificar.
- Cambiar de tema.
- Sarcasmo.
- Silencio prolongado.
- Generalizar (siempre/nunca).
- Interrumpir.
- Defenderse automáticamente.
- Buscar culpables.
- Retirarse emocionalmente.
Estos patrones generan una
ilusión de tranquilidad momentánea, pero a largo plazo erosionan la confianza y
cronifican los conflictos. Lo no dicho comienza a gobernar la relación más que
lo explícitamente conversado.
En mi opinión, además, estos
patrones conducen a los equipos a un estado de ánimo de resignación: la
sensación de que “todo va a seguir igual”, de que “nada va a cambiar”, de que
es mejor hacerse los tontos. Aunque esta estrategia tiene costos evidentes,
abrir la conversación se percibe como una incomodidad innecesaria que,
aparentemente, no vale la pena asumir.
Conversaciones difíciles y liderazgo relacional
Desde una perspectiva de
liderazgo relacional, liderar no es evitar el conflicto, sino crear condiciones
para que este pueda ser conversado de manera constructiva. El liderazgo se
ejerce, en gran medida, en la forma en que se interviene en estas conversaciones.
En la mirada de Ronald
Heifetz, se trata de desafíos adaptativos, donde el liderazgo debe incomodar,
tensionar, de modo que los equipos de trabajo aborden precisamente sus
creencias, costumbres, valores, prácticas, de un modo tal, que les permita
progresar y avanzar.
Algunas prácticas clave marcan la diferencia:
- Declarar propósito.
- Escuchar sin interrumpir.
- Nombrar hechos observables.
- Reconocer emoción propia.
- Reconocer emoción del otro.
- Hacer un pedido claro.
- Clarificar expectativas.
- Explorar supuestos.
- Hacer preguntas abiertas.
- Pedir retroalimentación.
- Ofrecer retroalimentación respetuosa.
- Buscar acuerdos.
- Diferenciar hechos de juicios.
- Respirar y pausar.
- Reformular lo escuchado.
- Cuidar la relación.
- Asumir responsabilidad.
- Abrir opciones.
- Cerrar con compromisos.
- Agradecer la conversación.
Estas prácticas no eliminan la incomodidad, pero permiten
habitarla con mayor conciencia y responsabilidad.
Un buen mapa complementario se
encuentra también en los trabajos de Marshall Rosenberg sobre comunicación
no violenta, que invitan a conversar sin agresión, poniendo atención a
necesidades, emociones y pedidos claros.
Conversaciones difíciles como aprendizaje organizacional
Las organizaciones más maduras no
son aquellas donde no hay conflictos, sino aquellas donde existe la capacidad
de conversar lo difícil antes de que se transforme en resentimiento, rumores o
mal clima crónico.
En este sentido, la calidad de
las conversaciones difíciles es un indicador directo de:
- La calidad del liderazgo.
- El nivel de confianza del equipo.
- La capacidad de aprendizaje organizacional.
Conversar lo difícil permite
revisar supuestos, ajustar coordinaciones, clarificar roles y fortalecer
relaciones. Es una práctica exigente, pero profundamente transformadora.
Un desafío permanente para el liderazgo
Aprender a sostener
conversaciones difíciles no es una técnica que se domina de una vez y para
siempre. Es una práctica continua que requiere autoliderazgo, conciencia
emocional y disposición a exponerse.
El silencio puede parecer más
cómodo, pero suele ser más costoso. Las conversaciones difíciles, cuando se
abordan con respeto, claridad y humanidad, no debilitan al liderazgo; lo
fortalecen.
En definitiva, liderar es
atreverse a conversar lo que importa, incluso cuando resulta incómodo.
En mi rol de coach ejecutivo no
puedo tener las conversaciones difíciles por mis coachees, pero acompaño diseñando
la conversación, clarificando qué y cómo decirlo y luego reflexionando y evaluando
el curso de la conversación, para reforzar la valentía, el aprendizaje y el
avance en los desafíos de liderazgo.
Cada vez que un líder elige
callar lo importante, el sistema aprende a adaptarse a las dinámicas de
silencio; cada vez que se atreve a conversar con respeto, claridad y coraje, el
sistema aprende a crecer. No se trata de hablar perfecto, sino de hablar a
tiempo y con coraje; no de evitar la incomodidad, sino de ponerla al servicio
del aprendizaje. En un mundo organizacional complejo, liderar será, cada vez
más, la capacidad de sostener conversaciones humanas en medio de la tensión.
Porque, al final del día, las organizaciones no cambian solamente por los
planes que diseñan, sino por las conversaciones que se atreven —o no— a tener.
Te invito a esta conversación.
